"Djiango" fue una película italiana, dirigida por Sergio Corbucci en 1966

"Djiango" fue una película italiana, dirigida por Sergio Corbucci en 1966

La noticia saltó como un certezo balazo al comienzo del pasado Festival de Cannes: el carismático autor de la sangrienta Reservoir Dogs podría dar marcha a un proyecto destinado a recuperar la magia del spaghetti western. En la Costa Azul, entre epopeyas kilométricas sobre la raza humana made in the brain of Terrence Malick y viajes por los lugares más emblemáticos de París de la mano de Woody Allen, Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, USA, 1963) volvió a sonar con fuerza en los dimes y diretes con aroma estelar; apaciguando los temores del personal por el posible hecho de que, después de Malditos bastardos, el realizador se hubiera puesto la camiseta de vendedor para hacerse cargo de algún videoclub estilo cult (aunque la tienda tendría que ser virtual, más que nada por los efectos que la piratería está causando en la industria del DVD).

Un personaje de los de programa doble con palomitas rancias, llamado Django, es el responsable de que el filmador de la premiada y excéntrica Pulp Fiction esté en estos momentos deshojando la margarita sobre si montar el mencionado remake o no. El pistolero de pasado oscuro -al que su creador identificó como antiguo soldado del ejército de la Unión- inventado en 1966 por el italiano Sergio Corbucci (Roma, 1926- 1990) volvería a la vida en formato de celuloide, en caso de confirmarse la materialización del esperado rodaje; y lo haría por todo lo alto, con más de un puñado de dólares como presupuesto y haciendo morder el polvo a la pléyade de entendidos que en su época despreciaron el argumento de la cinta original.

Franco Nero encarnó a Djiango en el filme original

Franco Nero encarnó a Djiango en el filme original

 Django nació en el segundo lustro de los sesenta con el simple objetivo de entretener a los espectadores. En su primera aventura a base de fotogramas en movimiento, el papel principal recayó en el por entonces sex symbol italiano Franco Nero. La mirada verdosa del que fuera marido de Vanessa Redagrave dotó al otrora militar de una personalidad insólita, en un guion (escrito y dirigido por Sergio Corbucci) que enfrentaba al explosivo guerrero con una banda de mexicanos, en la convlusa frontera entre el país de Pancho Villa y USA. El largometraje vio la luz en 1966, y fue bautizado como el gunman de rápidos reflejos; es decir, Django. Mientras que el elenco interpretativo contó con la colaboración de los españoles José Bódalo y Eduardo Fajardo; a la vez de lucir la belleza de la musa de no pocos péplums, Loredana Nusciak.

 

La popularidad de la obra de Corbucci fue tal que Nero dio su visto bueno para prestar su físico a otro fuera de la ley de similar naturaleza, esta vez llamado Keoma. Sin embargo, los resultados no fueron los mismos, y la estrella de Camelot tuvo que volver a enfundarse el colt de Django en una segunda entrega de este serial destinado a ser proyectado en la pantalla grande. El retorno del héroe (Nelo Rossati, 1987) supuso la resurrección del tipo de mirada opaca y uniforme oscuro. En esta secuela, Django se hallaba en su faceta más serena y responsable. El hombre quería dejar atrás la violencia de sus años mozos, por lo que había decidido tomar el hábito de monje para retirarse del mundanal ruido. Pero el secuestro de su hija por unos húngaros sin escrúpulos hace que los antiguos métodos del gunman reverdezcan, con el fin de salvar a su heredera de la esclavitud. Para esta película, el dinero invertido permitió al realizador contratar como malvado al camaleónico Donald Pleasence (el inolvidable doctor Loomis de La noche de Halloween y el perseguidor implacable de Peter Strauss en Soldado azul).

Hasta en "Malditos bastardos" se nota la vinculación de Tarantino con el western

Incluso en "Malditos bastardos" se nota la vinculación de Tarantino con el western

Hasta aquí, las apariciones del actor de Garibaldi en las costuras de Django; aunque esto no quiere decir que el papel se quedara quieto en el rincón de los ilustres titanes del spaghetti western del tiempo del hippismo (un lugar que sin duda comparte en nostálgico triunvirato con Sartana y Trinidad). De esta forma, las obras con el mediático ex militar en la Guerra de Secesión americana se fueron sumando con los rostros más variados y las tramas más llamativas. Terence Hill, en El clan de los ahorcados (Ferdinand Baldi, 1968); Anthony Steffer, en Django il bastardo (Sergio Garrone, 1969) y W Djiango (Edoardo Mulargia, 1971); y Glenn Saxon, en la alemana Yo soy Trinidad (Alberto de Martino, 1966) fueron algunos de los profesionales más destacados que pusieron rasgos al individuo del Far West inventado por Sergio Corbucci.

Entre los proyectos que se barajan sobre lo nuevo del realizador de "Pulp Fiction" se encuentra una posible tercera parte de "Kill Bill"

Entre los proyectos que se barajan sobre lo nuevo del realizador de "Pulp Fiction" se encuentra una posible tercera parte de "Kill Bill"

Dentro de ese ramillete de recreaciones del original de Nero, llama poderosamente la atención el remake libre que elaboró en 2007 el japonés Takashi Miike: Sukiyaki Western Django. Esta aportación es la que puede haber puesto al pistolero en la órbita audiovisual de Tarantino; ya que es conocida la pasión del estadounidense por el cine de artes marciales y de factura oriental.

Takashi Miike tomó el personaje de Django para una producción de 2007

Takashi Miike tomó el personaje de Django para una producción de 2007

En cuanto al reparto de Django Unchained (probablemente, el título cambiará en breve), todavía no hay nada que se pueda considerar oficial; pero la página del imdb apunta a la elección de Will Smith para encarnar al ex unionista. El intérprete de Soy leyenda tendría que dar su beneplácito una vez termine de grabar Hombres de negro III, y despeje las dudas respecto a su involucración en el nuevo proyecto de Lana y Andy Wachowsky. Smith ya se enfundó las cartucheras del salvaje Oeste en Wild, Wild, West; por lo que no le pillarían como novato los escenarios desérticos por los que transitaron las atormentadas almas de Jesse James y Billy El Niño. Además, la seguridad de acertar con su puntería aumentaría en el caché del Prícnipe de Bell Air si el resto de los tocados por la productora de Tarantino diera al creador el “sí quiero”. En concreto, la lista del cuadro dramático se completaría con Idris Elba (Ladrones); Christoph Waltz (es tarantiniano desde su caracterización del coronel Hans Landa, en Malditos bastardos); Samuel L. Jackson (sería la cuarta peli con Quentin, después de Kill Bill: volumen 2, Jackie Brown y Pulp Fiction); Keith Carradine (Los duelistas); Treat Williams (Deep Rising); y Franco Nero (homenaje por todo lo alto al genuino Django).

El cineasta de Tennessee es un admirador confeso del spaghetti western

El cineasta es un admirador confeso del spaghetti western

Aún es pronto para adelantar cuál será el próximo largo del natural de Tennessee; pero sería una lástima que, cuando cuelgue la claqueta, solo hubiera tocado el género del western de la manera tan tangencial como lo ha venido haciendo hasta ahora. En todas las cintas de QT hay algo del Far West; y su perspectiva del antihéroe transalpino que materializa Django sería cuanto menos intensa. No obstante, Kill Bill 3 amenaza con alejar al decimonónico fuera de la ley de la estela creativa del autor de Death Proof. Los próximos meses hablarán por boca del hijo de Knoxville.

No sería de extrañar que el trabajo de Miike haya incentivado al gusto de Tarantino por Django

No sería de extrañar que el trabajo de Miike haya incentivado el gusto de Tarantino por Django

Los actos previstos para celebrar el centenario de su muerte comprenden conciertos, archivos en mp3 y reediciones de sus biografías y correspondencia privada

Los actos previstos para celebrar el centenario de su muerte comprenden conciertos, archivos en mp3 y reediciones de sus biografías y correspondencia privada

Más allá de las modas y de los movimientos musicales de la época, las melodías del hijo de Kaliste traspiran tragedia en sus notas, sufrimiento en las corcheas y dolorosos recuerdos espectrales en la atmósfera de cada una de sus diez sinfonías. Un 18 de mayo de 1911, el cuerpo del admirado director de orquesta, e inmenso compositor de la banda sonora de una humanidad en estado de continua depresión emocional, dejó de funcionar por culpa de una endocarditis bacteriana; y con él –como le ocurría al protagonista de Muerte en Venecia– la sensibilidad en clara comunión con los ideales renacentistas quedó algo más huérfana, más aislada frente al acoso del materialismo y la inmediatez.

Pero el genio de Gustav Mahler (Kaliste, República checa, 1860- Viena, 1911) no sucumbió entre luces crepusculares como la juventud del efebo Tadzio, deThomas Mann; sino que se levanta sobre sus aparentes cenizas en este siglo XXI -con una centuria de por medio- como lo que fue: un inmortal creador de universos y lamentaciones a golpe de cuerda, viento y percusión. Con motivo de tan importante acontecimiento –como es el centenario de la defunción del compositor nacido en Bohemia Oriental– la urbe alemana de Leipzig le está rindiendo –desde el pasado 18 de mayo– un merecido homenaje a modo de festival. Durante las catorce jornadas de las que se compone tan especial cita para los amantes de la música clásica de altura, maestros de la batuta de la raza de Valeri Guerguiev o el italiano Daniele Gatti se ponen al frente de las más destacadas orquestas internacionales (la Filarmónica de Viena, la de Nueva York o la Sinfónica de Londres). Tal esfuerzo organizativo está destinado para dotar de la adecuada calidad interpretativa el amplio repertorio del vástago de posaderos, cartel en el no falta el famoso Adagietto de la sinfonía número 5, que utilizó el realizador transalpino Luchino Visconti en su mítico filme Muerte en Venecia (1971).

Al más que recomendable certamen teutón, se le unen diversas celebraciones concertistas por todo el planeta; como las que se están llevando a cabo en la capital del país de Sissi y Francisco José -en cuyo camposanto de Grinzing descansan los restos del creador checo-, o la actuación orquestal que tendrá lugar en la Casa Museo Fuente del Rey, de Madrid (C/Fuente del Rey, 11), montada para el próximo 23 de mayo a las 19:00 horas (dentro del ciclo Clásica Total “Canción de la Tierra”).

De carácter dado a la melancolía, Gustav Mahler estuvo desde su infancia rodeado de una sensación de muerte prematura, provocada por la defunción de muchos de sus hermanos menores. Tal situación generó en el espíritu del autor de Canciones de un camarada errante una huella de amarga relación con la vida, que envolvió la totalidad de su producción sonora. Virtuoso de las teclas (a los cuatro años se cuenta que ya aporreaba con soltura y maneras el viejo piano de sus abuelos), tras su graduación en el Conservatorio de Viena, el compositor se dedicó a lograr fama y fortuna poniendo en escena las obras de otros genios; en concreto las de Mozart y Wagner. Su habilidad incuestionable con la batuta le propició cargos tan llamativos como el de director de la Hofoper vienesa o, a principios del siglo XX, el de máximo responsable artístico de la Metropolitan Opera House de Nueva York.

Sin embargo, lo que menos se valoró de su legado en su momento es lo que ahora todos los entendidos y amantes de la música reconocen: su decálogo en forma de sinfonía. El trabajo de Mahler goza de una suavidad casi de raso metafórico; de sutileza de pinceles vaporosos transformados en acordes, que se introducen sin esfuerzo en las ánimas de los oyentes. Esa capacidad para ahondar en la esencia más oculta de hombres y mujeres es lo que hace que los sueños audibles del que fuera católico reconvertido no perezcan con el silencio, ni siquiera cuando los intérpretes guardan sus instrumentos en sus respectivas fundas.

La calidad de las obras del autor de las dolorosas Canciones a los niños muertos se sobrepone a su desvalida existencia – marcada profundamente en sus últimos momentos por el revés emocional que supuso la separación de su esposa Alma y la defunción de la hija de ambos-. Esa contundencia para retratar melódicamente los lamentos propios y los de sus congéneres es lo que se conmemora en la centuria de su desaparición material. Sin embargo, aunque la carne y los huesos de Mahler estén sepultados en la fosa que lleva su nombre; el espíritu de este autor prohibido en la Alemania de Hitler se rebela constantemente ante las mismas barbas de la Dama de la Guadaña. Y logra el triunfo sin tregua con la reproducción de un simple extracto de su variado y prolífico hábitat de pentagramas y notas manuscritas.

En 1971, Luchino Visconti utilizó el "Adagieto" de la Sinfonía nº5 para "Muerte en Venecia" (1971)

En 1971, Luchino Visconti utilizó el "Adagietto" de la Sinfonía nº5 para "Muerte en Venecia" (1971)

 

Nota.- Aparte de los conciertos, también se han reeditado numerosas biografías sobre el creador checo –entre ellas la que le dedicó su pareja Alma-; además de la correspondencia privada de Mahler, publicada por Franz Willnauer. Asimismo, el Museo Técnico de Viena ha puesto a disposición de los internautas  un completo archivo compuesto por grabaciones de las voces de la Hofoper, que se puede consultar en la dirección http://www.mediathek.at/mahler

El extravagante cineasta Kenn Russell rodó una película sobre el músico checo -titulada "La sombra del pasado"- en 1974

El extravagante cineasta Kenn Russell rodó una película sobre el músico checo -titulada "La sombra del pasado"- en 1974

El Museo de Arte Moderno (Moma) dedica una muestra al Expresionismo germano

El Museo de Arte Moderno (Moma) dedica una muestra al Expresionismo germano

En la sociedad de la apariencia, desnudarse interiormente –y soportar con ello las miradas más incisivas de los espectadores anónimos- es una tarea que requiere un comportamiento resignado con el dolor; a la par de hacerlo con el descubrimiento de las heridas que tienden a quedar ocultas. Tal vez por eso, el añejo expresionismo teutón (da lo mismo en su categoría figurativa o abstracta) fue un movimiento artístico demasiado visceral e impactante, ya que se dedicó a mostrar al mundo las costras supuradas de la asfixia de los hombres y mujeres; como si se tratara de una confesión colectiva de los padecimientos de la humanidad. Y lo hizo en uno de los períodos más conflictivos en la historia contemporánea: de los comienzos del siglo XX hasta, más o menos, el estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939).

Semejante esfuerzo, destinado a rozar el alma sensible de los hijos de Adán y Eva a través de la creatividad, ha animado al Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York (MoMa) a vestir sus salas del 11 West 53 Street, hasta el próximo 11 de julio, con una completa y extensa selección de maestros surgidos de las tesis promulgadas inicialmente desde el grupo Die Brücke (El Puente). Así, nombres como los de Otto Dix, Max Beckmann, Vasily Kandinsky, Emil Nolde o Paul Klee arropan con sus denuncias cromáticas una excelente exhibición, en la que quedan retratadas las lejanas décadas de un mundo en llamas; el mismo que deambuló con los vaivenes propios de los pinceles y los plintos por el imperialismo del kaiser Guillermo, la Gran Guerra de las trincheras y los años precedentes al alzamiento nazi. Más de 250 obras en distintos formatos (lienzos, esculturas, dibujos, carteles, litografías…) de unos treinta autores distintos -pertenecientes en su gran mayoría a los fondos conservados en la institución de la urbe de la Estatua de la Libertad- componen la muestra titulada German Expresionism: The Graphic Impulse. Un trabajo de recopilación y estudio de cuatro años de preparación, que consta de un más que meritorio catálogo digitalizado; y en el que han prestado su inestimable ayuda Starr Figura y The Phyllis Ann and Walter Borter Assciate Curator Of Prints and Illustrated Books. Sin olvidar la impagable labor y el detallismo ejercido por The Anneberg Foundation.

Desde 1905, cuando un grupo de estudiantes de arquitectura de Dresde (Ernst Ludwig Kirchner, Fritz Bleyl, Erich Heckel y Karl Schmidt-Rottluff) se plantearon dar consistencia a la organización conocida como Die Brücke, el naciente Expresionismo se expandió más como una especie de posicionamiento conceptual de carácter sensitivo, que como un estilo uniformado del tipo del que hacían gala en esas convulsas fechas El Futurismo o El Cubismo. Las únicas reglas para ser miembro activo de la corriente surgida en Alemania era la de abandonarse por el sendero de las emociones, a golpe de paletas emborrachadas de color, de cinceles retorcidos en busca del descoyuntamiento y de buriles hundidos en lo contrario a la indiferencia.

El MoMa procura no olvidar a ninguno de los genios que marcaron con sus imágenes la evolución y trasiego de un equipo activo de visionarios que asumió, con cada una de las piezas de su producción, la incomprensión y el miedo de un planeta en proceso de profunda metamorfosis. La libertad con las que se concitaban las obras de estos autores fue casi el único nexo común que unió las visiones al borde de la locura del ecléctico colectivo de artistas. Ya fuera a través del neurótico vitalismo suicida de Oskar Kokoschka, de los potentes testimonios de mortandad latente de Otto Dix, o  de las profecías de pesimismo existencial de Max Beckmann, cualquier variante plástica era susceptible de ser acogida por el Expresionismo; sin cortapisas en cuanto a las resoluciones de los particulares laberintos del subconsciente, y sin miedo al tratamiento de toda temática capaz de protagonizar una escena (religión, espiritualidad, el cuerpo humano, la realidad aunque fuera imaginada, etc.).

El período que cubre The Graphic Impulse da un fiel reflejo de la riqueza creativa de un tiempo en el que la genialidad era independiente del formato utilizado. Bien por medio de las consideradas hermanas mayores (como la pintura y la escultura) o de las artes más jóvenes (fotografía y cine), el lapso de algo menos de cuarenta primaveras con el que se vio alumbrado el siglo XX mostró su pecho al descubierto, ante los balazos de cromatismo recalcitrante y psicoanálisis emocional de unos señores que arrojaron las máscaras; y expusieron su iconografía sin tapujos, con sus deformidades y sus pasiones, con sus vicios y sus virtudes.

Más información en http://www.moma.org

Nota.- Las fotografías del reportaje pertenecen al Museum Of Modern Art de Nueva York

El antiguo responsable del Théâtre Des Bouffes du Nord trae a los Teatros del Canal su adaptación de la obra de Mozart

El antiguo responsab en el pentale del Théâtre Des Bouffes du Nord presenta en el Festival de Otoño su adaptación de la obra de Mozart

Cuando Wolfgang Amadeus Mozart estrenó su ópera más simbólica, la muerte ya empezaba a asomarse en su rostro a través de la extrema y macabra palidez. Tan solo dos meses después del tibio acogimiento que ocasionó el estreno de esta melodía orquestal en 1791– albergado en el Teatro de Viena-, el genio nacido en Salzburgo emprendió su viaje -sin curso definido- por la Laguna Estigia. La explicación de esta especie de fracaso popular en la puesta de largo de La flauta mágica se achacó a que muchos creyeron ver, en el encargo musical del empresario Emanuel Schikaneder (amigo personal y compañero de logia del creador dieciochesco), insinuaciones veladas de mensajes favorables a la masonería  (hermandad prohibida en el imperio austro-húngaro). Semejantes sospechas propagaron –cual venonosa ponzoña- una cierta pátina de escándalo, que sepultó en gran medida la riqueza sonora de la composición del autor del Réquiem. Pero los años pasaron, y tras ellos las centurias; y la singspiel (término con el que se conoce a las piezas que alternan partes cantadas y escenas dialogadas) del irrepetible centroeuropeo empezó a alzarse como un ejercicio de virtuosismo liberador: un reducto de artística trascendencia ajeno a las rígidas normas que gobernaban el género. Ese espíritu rebelde y juvenil que desencadena cada nota  de La flauta mágica es precisamente el que ha debido llamar la atención de un niño con cuerpo de octogenario: el magistral y sorprendente Peter Brook (Londres, 1925), quien ahora recala en la ciudad del Museo del Prado para exhibir los tesoros que guarda tan inusual y atrayente partitura. “Proponemos una visión ligera, efervescente, en la que la intimidad con los intérpretes permita aflorar la ternura y la profundidad del original”, afirma el veterano director londinense.

Hasta el próximo 22 de mayo, el hasta hace poco mandamás del parisino Théâtre Des Bouffes du Nord regala al público español la representación del fantástico mundo de Tamino, Papageno y la Reina de la Noche;  bajo los mismos planteamientos con los que triunfó en la capital francesa el pasado noviembre de 2010. Y lo hace en el marco de los Teatros del Canal (C/ Cea Bermúdez, 1), dentro del programa del XXVII Festival de otoño en primavera de la Villa y Corte, al lado -como en la cita gala- del compositor Franck Krawczyk y la adaptadora Marie-Hélène Estienne.

El escenógrafo británico toma como referente la desnudez formal, sin adornos ni elementos que puedan desviar la atención de los espectadores, para montar su incursión en la fantástica imaginación vertida en los pentagramas por Wolfgang Amadeus. Esta postura contribuye a reforzar la idea de intemporalidad de la historia, como si fuera un cuento de hadas teñido por la tragicomedia de reinos surrealistas. Semejante minimalismo se sublima en el mobiliario utilizado, compuesto por una simple alfombra y unos juncos como meros soportes que se despliegan sobre la tarima del escenario; suelo rústico y con aroma a maderas hechizadas en el que amortiguan sus pisadas los actores.

"La flauta mágica" fue estrenada meses antes de la muerte de Mozart

"La flauta mágica" fue estrenada meses antes de la muerte de Mozart

A medias entre el francés y el alemán, Brook expone una versión en la que los conceptos y los personajes más serios abandonan la impostura acicalada por la pluma de Mozart; para centrar la acción -a lo largo de cerca de dos horas– en los ingeniosos encuentros entre el príncipe Pamino y el simpático Papageno. Aunque la majestuosidad de arias como la famosa Der Hölle Rache Kocht In Meinem Herzen -que entona la enigmática y peligrosa Reina de la Noche- sigue avisando a los incautos oyentes de que la magnitud de esta ópera es mucho más profunda que la de una simplista identificación infantil.

Ese carácter festivo, lo resume el creador inglés en un resurgimiento de la figura del propio Mozart como un joven maestro que se mezcla entre los intérpretes –tenía treinta y cinco años cuando su mente albergó La flauta mágica-; un hacedor de movimientos orquestales al que la frescura de su escasa edad le otorgó en la vida real una extraña e insuperable capacidad para desgarrar los pesados ropajes de la operística más lustrosa.

La mencionada naturaleza desmitificadora que seduce al ex del Bouffes Du Nord, casi de juego continuo, es la misma que atrajo a realizadores cinematográficos como Kenneth Branagh (2006), Hollingsworth Morse (1970) y el más que notable Ingmar Bergman (1975). Todos ellos únicamente tuvieron que dejarse llevar por la sana ironía fabulista de una excelsa creación, cuyo misterio y contagiosa alegría constituyen el espejo de Dorian Gray en el que esta obra se mira constantemente; sin envejecer y sin notar que las arrugas surcan las páginas de su partitura. Esa adolescencia -perdida y reencontrada- es la que se puede localizar en la representación que comanda el casi siempre sobresaliente Peter Brook. Un vehículo para disfrutar y pernoctar, con pase vip, en el embrujado casitllo de Sarastro.

Más información en http://www.madrid.org; http://www.teatroscanal.com; http://www.bouffesdunord.com

Los autores de "When The Sun Goes Down" persentarán en el FIB las canciones de su nuevo álbum

Los autores de "When The Sun Goes Down" persentarán en el FIB las canciones de su nuevo álbum

Los “monos” de Sheffield (Inglaterra), representantes sin tregua de los sonidos guitarreros y de las muchas horas de intuición compositiva, regresan al circo mediático con un álbum de estudio, que saldrá el próximo 6 de junio bajo el sugerente título de Suck It And See (mejor es ahorrarse la traducción). De esta forma, la mochila curricular de los que eclipsaron la actualidad Brit en el inicipiente lustro de la pasada década completan su particular tetralogía; en la que se pueden observar los rasgos distintivos, de los vertiginosos ascensos al trono iconográfico de los pentagramas de la modernidad (siempre más figurados que literales).

Después de que en 2009 los seguidores de Arctic Monkeys tomaran constancia del giro menos salvaje de la banda norteña, con el tibio Humbug (pese a ello, el disco mostraba tonadas que guardaban parte del desgarbo sonoro de antaño, como lo reflejan Crying Lighting y Cornerstone); Alex Turner  (Guitarra y voz), Jamie Cook (Guitarra y coros), Matt Helders (Batería) y Nick O’Malley (Bajo) se han puesto de nuevo en las manos del veterano productor James Ford (con el que ya colaboraron en el anterior trabajo) para capitanear un barco compuesto por doce temas, de los que solamente han trascendido a las ondas de internet el enérgico track Brick By Brick y el interesante corte bautizado como Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair’.

Ha llovido mucho desde el lejano 2001, cuando dos chavales de una barriada obrera de las islas –para más inri en unas latitudes no muy halagüeñas desde el punto de vista del reparto del capital en Reino Unido- llamados Alex y Jamie pidieron a sus papás -por navidad- un instrumento musical, con el que colmar sus ansias de sentirse diferentes en medio de un paisaje algo rutinario. Sus progenitores, o Santa Claus, les hicieron caso; y les regalaron a ambos sendas guitarras, con las que los entonces amigos –hasta la fecha actual, siguen conservando tal relación- aplacaron sus mensajes de rebelión generacional. Sin apenas saber lo que era un punteo como mandan los cánones del rock más señero, los chavales aprendieron a hacerse notar a base de oído y muchas ganas por salir adelante, entonando versos surgidos de su entorno más inmediato. Pronto, se unieron a la pareja de artistas en ciernes otros jóvenes con similares inquietudes: en concreto, Matt Helders, Andy Nicholson y un descartado Glyn Jones. Y así nacieron para el planeta Tierra Arctic Monkeys.

El cuarteto de súbditos de Isabel II de Inglaterra debutó en directo ante sus colegas en 2003, en The Grapes; mientras iba dejando constancia de sus ideas pautadas a modo de pistas -y como cancionero- en los Yellow Arch Studios, de Neepsend (¿serán algún día como los Abey Road de The Beatles?). De esa manera, mezclando actuaciones y melodías grabadas, el equipo de trovadores del siglo XXI alumbró en 2005 el EP, tildado de post-punk-revival, Five Minutes With Arctic Monkeys. Un exitoso proyecto hecho realidad que precedió a su álbum de inicio en la senda rockera: el brillante Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not (2006).

Turner y sus guerreros tenían muy claro desde el principio que, si querían sobrevivir en la jungla sinfónica, debían evitar venderse a las grandes discográficas. Y cumplieron con su filosofía al firmar con un sello de escaso calado internacional, como era el familiar Domino Records (manejado con pretendido individualismo por el inteligente Domino Laurence Bell).

Whatever… fue todo un pelotazo en la escena del British underground, en la que se repartían el imperio de ganancias y beneplácitos nombres tan consagrados en los templos indies como los de Franz Ferdinand, Kaiser Chief y Bloc Party. Pero Arctic Monkeys tenían a su favor la impostura de la bisoñez; esa característica que provoca que la genialidad acabe silenciada por la frescura de los estribillos, y el vitriolo de unas letras marcadas por el desánimo y la asfixia. Desde su sencillo de arranque, el supuestamente hedonista I Bet You Look Good On The Dancefloor, los oyentes fueron testigos de la irrupción de algo distinto, de una propuesta que alternaba el extenuante metal de sus instrumentos con reflexiones sobre la incomunicación, todo ello regado con la paradoja de concitarse en la era de las redes sociales y la globalidad de internet.

Whatever… se colocó en los puestos de honor de las listas de Gran Bretaña, y en el Billboard estadounidense; además de conseguir situar a Arctic en la estela de las preferencias de mass media tan selectos como la revista NME, que llegó a calificar al disco como el quinto álbum británico mejor de todos los tiempos.

Tras un comienzo tan fulgurante, el 24 de abril de 2006 vio la luz el EP Who The Fuck Are Arctic Monkeys?; un trabajo en el que la banda renegaba en parte de las menciones y premios obtenidos con su anterior CD. Estos escrúpulos de identificación humana coincidieron con la retirada de la banda del bajista Andy Nicholson, y la contratación del ex de The Dodgems: Nick O’Malley. Seguido a este aperitivo, salió a la venta Favourite Worst Nightmare (2007), que incluía composiciones tan reveladoras como Brianstorm.

Tres años esperaron los de Sheffield para grabar su tercer disco, Humbug; y lo hicieron en Estados Unidos apadrinados por Queens Of The Stone Age y el líder de estos, Josh Homme.

Sin embargo, más allá de los álbumes de estudio, la fuerza de Turner y sus muchachos se encuentra en el directo. Sin sus conciertos, la formación habría perdido sus señas de identidad, en medio de la apatía y la mercadotecnia. La vitalidad que supone ofrecer las actuaciones cara a cara con su público -sin trampas generadas en las mesas de mezclas- es lo que explica el triunfo de las tesis de Arctic Monkeys: unos músicos a los que la intuición, y sus ganas de convertirse en potentes voces contra la hipocresía social, les ha otorgado una notoriedad que no está al alcance de la gran mayoría de los mortales.

Las influencias punk, viscerales y atronadoras, de los “monos” de Sheffield podrán ser degustadas en su salsa en tierras españolas con la celebración del FIB de Benicassim (Castellón), que se celebrará entre el 14 y el 17 de julio. Junto al cuarteto británico,  bandas del tipo de The Strokes y Primal Scream harán las delicias de los que se pasen este año por el famoso certámen.

Más información en http://www.arcticmonkeys.com

El director de "Elephant" exhibe "Restless" en el Festival de Cannes

El director de "Elephant" exhibe "Restless" en el Festival de Cannes

El mármol se suele quejar con rumor de humanidad latente entre las lápidas de los camposantos. Envueltos en una atmósfera de continua tristeza y dolorosa quietud, los nombres ilustres sepultados por varios metros de tierra comparten su sabiduría con los ciudadanos anónimos; los aristocráticos panteones abren sus puertas a los democráticos nichos y las cruces monumentales dan la bienvenida a los espíritus de cualquier credo y religión. Por ejemplo, hay quien confiesa que los fantasmas de Abelardo y Eloísa siguen amándose en secreto tras las verjas del parisino cementerio del Père-Lachaise, el mismo centro neurálgico de admiradas ánimas en el que Molière recita sus textos cada noche de luna de llena con voz espectral, solo para oyentes de eterna vecindad. No se sabe si Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, USA, 1952) es de los que encuentran la paz en las extensiones surcadas por inqulinos inmóviles; pero lo que sí se puede asegurar -con cierta rotundidad- es que en su última película la relación entre la vida y el Más Allá está presente en cada poro de sus fotogramas en movimiento.

Restless es el título de la obra que el realizador de El indomable Will Hunting ha presentado esta semana en el Festival de Cannes. Un guion escrito por Jason Law sirve al autor de la asfixiante Elephant para poner en escena la crisis emocional de una chica, consciente de que le queda poco tiempo de existencia. La protagonista del filme es portadora de una enfermedad terminal que está acabando con sus defensas. En su caso, la huida no es un simple capricho de rebeldía veinteañera; sino el camino para hallar una razón que la ayude a comprender el proceso que está experimentando. En su viaje emocional, la muchacha conoce a un chaval que siente una extraña atracción por los cementerios. Tras verse, los dos comienzan a sentir que el amor llama a sus respectivas puertas; y juntos se abandonan a su pasión por introducirse en los lugares del reposo por los siglos de los siglos. Allí, la pareja entabla una misteriosa amistad con un piloto kamikaze de la Segunda Guera Mundial, de origen nipón; y, a través de sus charlas, la visión de la joven -condenada por la medicina a un fallecimiento prematuro- empieza a cambiar.

La cada vez más solicitada Mia Wasikowska (a quien los espectadores podrán ver próximamente en la adaptación de Jane Eyre) encabeza el equipo artístico de la cinta, acompañada por la presencia del casi debutante Henry Hooper (el hijo del mítico y recientemente fallecido Dennis Hopper tiene de la mano del autor de Mi nombre es Harvey Milk la oportunidad de darse a conocer internacionalmente) y por el japonés Ryo Kase (cuya caracterización de soldado descreído en la producción Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood, le valió el beneplácito de la crítica).

Parece ser que la historia de Restless es original; aunque sus ecos retrotraen la mente hacia la magnífica obra cinematográfica, de Hal Asby, Harold y Maude (1971). En este largometraje setentero, el argumento versaba sobre la amistad –tal vez amor intergeneracional– entre una casi octogenaria interpretada por la magistral Ruth Gordon y un adolescente –al que dio vida Bud Cort-, cuya obsesión mutua por los camposantos une sus destinos de manera incalculable. Probablemente, Van Sant se haya sentido inspirado en algún momento por esta película de culto, en la que la ilusión por la existencia se narraba a través de la serena prestancia albergada en la tierra de los muertos.

El lirismo romántico, con el que el admirador de Alfred Hitchcock nacido en Kentucky ha querido imprimir a Restless, está mucho más cerca de la perspectiva de Asby que de la mercadotecnia teen mostrada por Burr Steers, en Siempre a mi lado (Charlie St. Cloud); o de las tensiones macabras de Fantasma, de Don Coscarelli.

 Los espectros surgidos de la cámara de Gus Green Van Sant Junior no dan miedo, no causan sustos, ni generan espantadas pesadillescas. Son partes de cada uno de los hombres y mujeres, conciencias de una destrucción de la que es imposible escapar. Aunque, la esperanza en la trascendencia reside en posos de esencia enérgica, como si el final de los días no fuera tan conclusivo como muchos se empeñan en creer.

Una reedición de sus obras destaca entre los actos programados

Una reedición de sus obras destaca entre los actos programados por su centenario

Periodista con miles de sombras a su alrededor; inventor de sueños medievalistas; trovador de raíces celtas enjauladas en caseríos oscuros, siempre teñidos por los nubarrones existencialistas de un norte añorado, refugio de palabras en completa libertad… Estas y otras muchas hebras de fino encaje compusieron el uniforme creativo del inmortal Álvaro Cunqueiro Mora (Mondoñedo, Lugo, 1911- Vigo, 1981).

Un siglo después de su nacimiento, la Biblioteca Castro saca a la venta una completa recopilación de sus obras en castellano más relevantes y laureadas, en un intento por mostrar la riqueza redactora de este prolífico hombre, al que se acusó de muchas cosas y que, en todo momento, supo defenderse de sus defenestradores por medio de sus geniales textos, normalmente acompañados de un aura imaginativa -como de incipiente realismo mágico- ajena a los vaivenes de las modas literarias y de los estilismos más demandados. La edición que se presenta estos días, y que coincide con los numerosos homenajes de los que será objeto el antiguo director del rotativo El Faro de Vigo, está compuesta por dos extensos volúmenes, prologados convenientemente por el periodista Miguel González Somovilla. El cuidado díptico pretende erigirse como una especie de fuente esencial relativa a la producción del escritor lucense, en la que sus surtidores recogen el caudal desbordado en novelas como Merlín y familia, Las crónicas del sochantre, Las mocedades de Ulises o Flores del año mil y pico; a la vez de hacerlo también por los intrincados fluidos de la poesía (Elegías y canciones) y del teatro (Rogelia en Finisterre).

Estudiante en su juventud de Filosofía y Letras, en la Universidad de Santiago de Compostela, Cunqueiro se mostró muy pronto seducido por el periodismo, una profesión que le acercaba a una realidad que, muy a su pesar, no se convertiría en la materia prima de las páginas construidas por su fantasiosa mente. Tal vez, esta vena o gusto por la imaginación sin cortapisas le viniera de su dedicación inicial a la poesía, en la que estableció el intenso amor por el idioma gallego a través de los versos reglados en libros como Mar ao norde (1932), Poemas do si e do non (1933) y Cantiga nova que se chama Riveira (1933). Eran tiempos en los que don Álvaro departía con soltura, entre humos de fogones y seductores aromas torrefactos, junto a gente como Gonzalo Torrente Ballester y Francisco Fernández del Riego, habtitualmente en una mesa del compostelano Café Español.

Pero la aparente felicidad de la bohemia acabó con el estallido de la Guerra Civil Española, un conflicto en el que el autor de Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca (cuyo título puede remitir vagamente a La saga fuga de JB, de su colega Ballester) se alió con el bando nacional. Adscrito al partido falangista, las ideas del natural de Mondoñedo le abrieron las puertas de los medios de comunicación del régimen; motivo por el que viajó a Madrid, donde trabajó en el diario ABC. Sin embargo, Cunqueiro no era de los que seguía con los ojos cerrados los dictados de organización alguna, y en 1943 abandonó el seno de la formación de José Antonio Primo de Rivera, para realizar su tarea sin los acomodaticios reclamos del gobierno de Franco. Esto le supuso la retirada del carné de periodista; aunque los amigos que fue ganando en su camino profesional le ayudaron a ejercer como colaborador habitual en cabeceras del estilo de El Progreso.

Tal fue la calidad de su labor que, en 1965, el cerebro de Un hombre que se parecía a Orestes (Premio Nadal en 1968) fue nombrado director de El Faro de Vigo, cargo que detentó hasta 1970. A la par, el informador ingresó en la Real Academia Gallega en 1961.

Exportador de la cultura galaica y fiel defensor de su gastronomía (publicó algunos de los mejores recetarios de su cocina), don Álvaro Cunqueiro es recordado en la fecha en que cumpliría cien inviernos (alumbró su existencia un mes diciembre) como un inmenso y prolífico escritor, cuya literatura tiene la particularidad de generar visiones suspendidas en el abismo casi surrealista de la psique humana. Un puñado de relatos de tradición boscosa y legendaria que permiten a los lectores volar por encima de la rutina, y evadirse de la insoportable pesadez del aburrimiento adocenado por falsos  intelectualismos de postín.

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Granada Television adaptó tres de las novelas de Catherine Cookson en 1979 y 1980

Granada Television adaptó tres de las novelas de Catherine Cookson en 1979 y 1980

Un mechón blanco en el cabello dibujaba la marca del diablo que perseguía  a los descendientes de Sir Thomas. El decimonónico aristócrata era un hombre degenerado y dado a los excesos, cuya crueldad tenía atemorizados a todos los habitantes de sus posesiones situadas en Northumberland (Inglaterra). Los genes que transmitía estaban destinados a la autodestrucción prematura: así había sido en el pasado, y de la misma manera sería en el presente y el futuro. Ahogado en su pecaminosa existencia, el clan que protagonizó la saga novelada más célebre de Catherine Cookson (Tyne Douk, South Shields, U.K, 1906- Londres, 1998) fue objeto de dos exitosas minieries de televisión, rodadas en escenarios naturales, en 1979 y 1980.

Los textos de The Mallen Streak, The Mallen Girls y The Mallen Litter se convirtieron en la base argumental de una producción de Granada Television que –bajo el título globalizador de Los Mallen– intentó recuperar para la pequeña pantalla made in Britain parte de los laureles obtenidos por la competencia con Poldark, de la BBC. Unas obras de carácter romántico y pasiones encontradas como las de Cookson, con intrigas familiares y odios enraizados a través de las décadas, parecían el vehículo adecuado para volver a seducir a los espectadores con una apasionada recreación del pretérito anglosajón, acentuado por los páramos sombríos y los paisajes tormentosos. Con ese planteamiento, los responsables del serial contrataron a Jack Russell, uno de los guionistas originales de las aventuras de Ross Poldark que también había brillado como autor de la genial Devil’s Crown. Tal control de la situación, animó a los financieros de Granada Tv a lanzarse a la piscina, para presentar al personal el nuevo hit a seiscientas veinticinco líneas horneado en Reino Unido. Y no se equivocaron del todo en las previsiones.

Es cierto que Los Mallen no alcanzó la fama de Poldark, pero las peleas ideadas por la narradora de The Black Velvet Gown sí concitaron a una buena legión de seguidores, que sufrieron como en sus propias carnes los padecimientos de las víctimas de Donald, Thomas y Barbara. Durante los trece capítulos –de una hora de duración cada uno- en los que se dividió la propuesta, la audiencia no defraudó a los ejecutivos de la cadena, que alcanzaron una más que interesante cuota de pantalla.

El asunto empezaba fuerte desde el episodio inicial. En una de las primeras escenas, una mujer era violada por el gigante Sir Thomas. Fruto de esta vil acción nacía un vástago: Donald, cuyo oscuro origen se erigía ufano en forma de un mechón blanco coronando su melena azabache. En los tiempos del siglo XIX -en los que se desarrollaba la trama- era casi imposible denunciar a un terrateniente por semejante acto; por lo que los Radlet criaron al muchacho bajo su seno, junto al hijo natural de estos: el dulce y bondadoso Matthew.

No obstante, el castigo por sus maltratos le iba a llegar a Thomas Mallen, cuando su heredero legal le despoja de su casa y tierras. Solo y abandonado, el hombre acaba recluído en un pequeño cottage, en compañía de sus sobrinas (Barbara y Constance Farington) y de la institutriz de las chicas, Anna Brigmore. Sin embargo, la maldad continúa constante en el aristócrata; algo que transmitirá a sus incautas y jóvenes parientes y a las relaciones amorosas de estas con los muchachos Radlet (Donald y Matthew).

Sin muchos actores de renombre en su reparto, el elenco dramático escogido por Richard Martin, Mary McMurray, Brian Mills y Roland Wilson estuvo compuesto de intérpretes que parecían ser los alter egos perfectos de sus personajes. Para empezar, el esbelto John Hallam (Lisburn, Irlanda del Norte, 1941- Clifton, Oxfordshire, Inglaterra, 2006) se hizo cargo de Sir Thomas, antes de que su rostro adquiriera notoriedad internacional a través de filmes como Flash Gordon, El príncipe de los ladrones y El dragón del lago de fuego. Liderazgo veterano en el que le acompañaron Caroline Blakiston (la actriz que encarnó a la Srta. Brigmore tiene un abundante currículum de papeles secundarios, en títulos como El retorno del jedi y Scoop) y la entonces prolífica June Ritchie (como Constance Farington de mayor). En cuanto a la parte más juvenil del equipo artístico, los creadores del casting optaron por John Dutine (en la piel de Donald Radlet; algo que le favoreció para formar una carrera en la tele con recordadas apariciones en Toda una mujer y Midsomer Murders), Pippa Guard (perteneciente a una saga dedicada a los escenarios, la escocesa dio vida a Barbara Farington, antes de mostrar su físico en Scarlett y la película Un trabajo no apropiado para mujeres), Ian Saynor (el galés se convirtió en un sex symbol tras su materialización del rubio Matthew Radlet; posteriormente se le ha podido ver en Doom Castle o, más recientemente, en Los Tudor), Julia Chambers (nacida en Bristol en 1956, la bella Constance Farington ha frecuentado las producciones televisivas más diversas, desde Poirot a la versión de 1981 de Sentido y sensibilidad), Juliet Stevenson (la encargada de meterse en la desquiciada psique de Barbara Mallen es quizá la que más fama ha logrado con posterioridad, gracias a su labor en largos como Quiero ser como Bekham y La sonrisa de Mona Lisa) y el tristemente malogrado Gerry Sudquist (el atractivo Michael Radlet tenía todo para triunfar, pero un misterioso suicidio, en una estación de tren en 1993, truncó con su currículum cuando apenas contaba 37 años de edad).

Todos ellos dieron alas a Los Mallen: un folletín de altura que marcó una época de “grandes relatos”, jornadas de disfrute mediático en el salón -en color o en blanco y negro- que fundían, con inusitada y envidiada soltura, el placer por los libros y por sus historias versionadas en formato audiovisual.

Alianza Editorial saca al mercado las primeras aventuas de Hans Castorp

Alianza Editorial saca al mercado las primeras aventuras de Hans Castorp

El tiempo cambia su faz a capricho, y distorsiona su naturaleza en las habitaciones del Sanatorio Internacional Berghof. Allí, en el cubículo 34, se aloja un enfermo imaginario, un joven con la mente en continuo modelaje, un inconformista llamado Hans Castorp. Perteneciente a una aburguesada familia de Hamburgo, en la época colindante con la Primera Guerra Mundial, este ingeniero civil acudió un día a la institución para visitar a su tuberculoso primo, Joachim Ziemssen; y se quedó para experimentar en su propia carne el alejamiento del mundanal ruido, recluido junto a la muerte disfrazada con bata y pijama de seda. Semejante protagonista fue el vehículo de ficción del que se valió el narrador germano Thomas Mann (Lübeck, Alemania, 1875- Zúrich, Suiza, 1955) para redactar los dos volúmenes de los que se compone La montaña mágica.

El libro original fue editado en 1924

El libro original fue editado en 1924

Publicada inicialmente en 1924, aunque tuvo que sufrir diversos parones en la producción por el estallido de la contienda de 1914, la obra fue un rotundo éxito; y se situó como uno de los exponentes más claros de un género que mezclaba la novelística y la filosofía. Ochenta y siete primaveras después, el autor polaco Pawel Huelle (Gdansk, 1957) recupera las ansias vivenciales del personaje principal diseñado por Mann, para firmar una precuela del inmortal título. Castorp, que saca a la venta con cuidado y mimo este mes Alianza Editorial en España, sigue las andanzas del pariente de Joachim mucho antes de que recalara en la clínica de reposo de los Alpes suizos. En el relato del compatriota de Lech Walesa, Hans se halla en el momento crucial de abandonar su Hamburgo natal, para buscar aventuras en el Instituto Politécnico de Danzig. Pese a la oposición de su poderoso tío, el chico consigue viajar a la ciudad, donde se hospeda en la pensión de la un tanto notoria Frau Wibe. Deambulando por los callejones de la urbe, el estudiante conoce por casualidad a la bella Wanda Pilecka, una aristócrata polaca -amante de un oficial ruso- de la que cae profundamente enamorado.

El autor de "Muerte en Venecia" concibió la historia como un relato breve de corte humorístico

El autor de "Muerte en Venecia" concibió la historia como un relato breve de corte humorístico

Huelle culmina con Castorp un ambicioso proyecto profesional, cuya gestación fue muy similar a la de su insuperable modelo impreso. Para empezar, tal cual le ocurriera a Mann, la idea inicial era la de redactar un texto breve en clave simplemente humorística; pero, poco a poco y como aconteció en el cerebro de su magistral predecesor, la historia fue cobrando vida, y las páginas se fueron sucediendo sin parar hasta alcanzar una magnitud muy superior a la pretendida.

Hans W. Geissendörfer adaptó el texto para televisión en 1982

Hans W. Geissendörfer adaptó el texto para la televisión germana en 1982

Sin embargo, en la apuesta del literato de la Europa del Este –quien ya se había acercado a la figura de Castorp anteriormente en 2007, con Castorp Seppent’s Tail– existen ausencias que marcan un poco la nostalgia de los miles de fans de La montaña mágica. Probablemente, las más importantes sean las de los mentores del protagonista: el literato italiano Lodovico Settembrini y el excitante Leo Naphta. Las discusiones sobre los asuntos más diversos entre estos dos personajes, que sacaban a colación los problemas más sustanciales del momento histórico en el que habían tenido que desenvolverse, fueron los verdaderos causantes de que el texto de Mann alcanzara una dimensión más allá de la de ser un mero referente de una prosa eficaz e inteligente. Estos dos señores personificaron, con sus opiniones distantes y ferozmente humanas, la esencia de los miedos y terrores que asolaron al Viejo Continente en los prolegómenos de las dos guerras mundiales del siglo XX. A través de ellos, el lector se convertía en Castorp, y comprendía que las palabras manuscritas en ocasiones no son simples frases rimbombantes; sino que también pueden tornarse en dardos susceptibles de captar lo más escondido en los hombres y las mujeres, pese a las innumerables capas de domesticación intelectual.

Pawel Huelle es uno de los escritores actuales más internacionales de su país

Pawel Huelle es uno de los escritores actuales más internacionales de su país

Dice Pawel Huelle que, en su opinión, el argumento primordial de La montaña mágica es el amor; aunque para el responsable de Muerte en Venecia, esa capacidad para sentir una pasión incontrolada por otro ser adquiría dimensiones épicas y globalizadoras desde los primeros capítulos de los siete de los que se componía su obra. Y eso que en la trama original, Castorp perdía el rumbo de sus reflexiones en cuanto se cruzaba en su camino la misteriosa Clawdia Chauchat.

"La montaña mágica" es uno de los puntales de la literatura contemporánea, como también lo es "Muerte en Venecia"

"La montaña mágica" es uno de los puntales de la literatura contemporánea, igual que "Muerte en Venecia"

Empapar el intelecto con las profundas aguas del intenso universo dibujado por Mann, en torno al Sanatorio Internacional Berghof, es siempre un motivo de goce para la fantasía y el pensamiento; por lo que la recomendación debería pasar por iniciar la lectura con Castorp, y luego continuarla con el libro de 1924; eso sí, sin comparar: solo aceptando la dualidad en la perspectiva, como apuntaría el discurso de Naphta al respecto. Tras tan apasionante ejercicio frente a una potente lámpara, los que aún tengan ganas de más diálogos rebosantes de desnudo humanismo pueden hacerse con una copia en DVD de la adaptación de la novela que realizó para la televisión teutona Hans W. Geissendörfer, en 1982; y que contaba en su reparto con los tristemente fallecidos Rod Steiger, Marie-France Pisier y Hans Christian Blech.

Huelle nunca ha ocultado la fascinación que le transmite el libro del genio nacido en Lübeck

Huelle nunca ha ocultado la fascinación que le transmite el libro del genio nacido en Lübeck

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El excesivo cineasta prepara una adaptación de "El gran Gatsby"

El excesivo cineasta prepara una adaptación de "El gran Gatsby"

Por un balazo traicionero, el cuerpo de Jay Gatsby quedó inmóvil en medio de la piscina de su palacio de cristal, construido con los adoquines de la decepción constante. Allí permaneció durante un tiempo indeterminado -flotando sobre el agua y con rumor de cortinas- este caballero sin espada y abundante patrimonio, el mismo hombre de paja que apostó a escondidas su propia existencia, por salvaguardar el honor de su amada Daisy Buchanan: una muñeca rota y sin decisión, unida a un esposo que ansiaba la pareja de otro individuo. Gastby cargó con las culpas de un atropello con sangre de venganza; y el ultraje condenó al solitario millonario a un fallecimiento prematuro. Al final, se fue como había deseado: sin grandes lamentos ni revelaciones impactantes. Así comenzaba la historia de El gran Gatsby, la excelente novela con la que Francis Scott Key Fitzgerald (St. Paul, Minnesota, 1896- Hollywood, USA, 1940) surcó las penumbras de los sentimientos prohibidos, a través de unos seres incapaces de alcanzar sus sueños de juventud; abonados a las consignas de una América derrumbada por la tragedia, el misterio y la amargura.

Leonardo DiCaprio podría interpretar a Jay Gatsby

Leonardo DiCaprio podría interpretar a Jay Gatsby

La hondura dramática, de frases alimentadas con la savia de los perdedores, que logró exhibir el narrador de Suave es la noche en este texto –publicado originalmente en 1925– ha apresado con fuerza la parte creativa del realizador australiano Baz Luhrmann (Nueva Gales del Sur, 1962); animándole a completar su barroca filmografía, compuesta a base de intuición megalómana y mucha epopeya de diseño, con esta obra de desbordante humanidad y abismal romanticismo.

La británica Carey Mulligan es la preferida para encarnar a Daisy Buchanan

La británica Carey Mulligan es la preferida para encarnar a Daisy Buchanan

El responsable de Australia parece encantado con poder adaptar la célebre historia pergeñada por un autor que receló en cada página manuscrita, con vulnerabilidad bohemia, de la utopía de la felicidad. Los personajes que pueblan la producción literaria de Fitzgerald son como ejemplares de otro planeta, que interiorizan sus emociones hasta el extremo de la locura. Los tipos ideados por el natural de Minnesota no conocen los finales dichosos, ni los bálsamos deudores de las sociedades compasivas; son autodestructivos, y provocan la insatisfacción con cada acto que llevan a cabo. A semejante fauna de heroicismo escasemente reconocido pertenecen el gentil Jay Gatsby, la malcriada Daisy Buchanan, la caprichosa Mirtle y el frío Tom Buchanan. Tan solo algunos remansos de entendimiento, como el que personofica el sincero Nick Carraway en El gran Gatsby, muestran un cierto conato de esperanza en la negrura de un horizonte oscuro, mortuorio y devastador.

Fitzgerald publicó la novela en 1925

Fitzgerald publicó la novela en 1925

Sin duda, Lurhmann tiene entre manos un material narrativo de primera; aunque, si el cineasta oceánico de Moulin Rouge lo mira por el lado audiovisual, tampoco puede quejarse. Versiones del libro de Scott F. las hay para casi cualquier gusto o paladar cinéfilo. Nueve años después de la defunción del escritor de La última vez que vi ParísElliott Nugent abrió el fuego con su homónima cinta protagonizada por el mediático Alan Ladd (como Gatsby) y la fotogénica Betty Field (Daisy) en los principales papeles. Sin embargo, fue en 1974 cuando el relato de Fitzgerald conoció su traslación de mayor empaque y calidad en el séptimo arte. El cerebro de semejante producción fue el realizador británico Jack Clayton (el genial artista que firmó uno de los mejores títulos del género del terror psicológico con Suspense, y que bordó la idea del romanticismo malsano en Un lugar en la cumbre). Ya en el cénit de su carrera profesional, Clayton se dejó llevar de la mano del cosmos descrito por el narrador nacido en St. Paul, para grabar una obra de tempos precisos y milimétricos; en la que se pasaba con la fiereza de la contención de la sobriedad parsimoniosa a lo desgarrado de las pasiones truncadas por la realidad. Tal trabajo de maestría escénica fue posible, en gran parte, gracias a la estrella de sus actores protagonistas: Robert Redford (captó sin problemas el encanto de Gatsby) y Mia Farrow (su aspecto de frágil ausencia mostró a una Daisy difícil de superar). Un equipo técnico más que notable (el mismo Francis Ford Coppola se encargó del guion) contribuyó a hornear un filme que ganó dos Oscar en la ceremonia de 1975 (los destinados al Mejor Vestuario y a la Banda Sonora).

La versión más recordada hasta la fecha es la realizada por Jack Clayton en 1974

La versión más recordada hasta la fecha es la realizada por Jack Clayton en 1974

Después de un largometraje de altura como el mencionado del creador de Brighton, una adaptación televisiva rodada en 2008 (con Mira Sorvino y Toby Stephens, a las órdenes de Robert Markowitz) completa el repaso por las traducciones al lenguaje audiovisual del inmortal argumento.

Mia Farrow y Robert Redford dieron vida a la pareja protagonista en la película de los setenta

Mia Farrow y Robert Redford dieron vida a la pareja protagonista en la película de los setenta

Es lógico pensar que Luhrmann presentará una visión particular y sorpresiva de los amores desafortunados de Jay y Daisy. Con semejante meta, el director australiano está seleccionando un reparto moldeable y versátil, para el que está testando los nombres de Leonardo DiCaprio (el intérprete de Titanic repetiría con Baz, después de que ambos colaboraran con resultados más que eficaces en 1996, para Romeo+Julieta), Carey Mulligan (la actriz inglesa de Nunca me abandones se ocuparía de Daisy), Isla Fisher (como Myrtle) y de Tobey Maguire (tras renunciar a seguir en el disfraz de Spider-Man, la star de El buen alemán está hambrienta de proyectos en los que destacar, y el role ofrecido de Nick Carraway bien podría ponerle nuevamente en el candelero).

El filme de Clayton se hizo con dos Oscar en 1975, y contó con Francis Ford Coppola en calidad de guionista

El filme de Clayton se hizo con dos Oscar en 1975, y contó con Francis Ford Coppola en calidad de guionista

A tenor del currículum en la dirección del oceánico, tal vez los escenarios poco dados a las excentricidades de Fitzgerald no se ajusten demasiado al barroquismo conceptual que suele exponer el cineasta de Nueva Gales del Sur. No obstante, los títulos del autor de Moulin Rouge se caracterizan por encomendarse a la ausencia de catalogaciones rutinarias. Aún habrá que esperar al estreno de la cinta para comprobar los resultados; pero lo que sí se puede asegurar de antemano es que El gran Gatsby no pasará desapercibida, aunque simplemente sea por la riqueza de matices que despliega su emotiva trama.

A primera vista, parece que la contención narrativa de Fitzgerald no casa muy bien con el estilo de Luhrmann

A primera vista, parece que la contención narrativa de Fitzgerald no casa muy bien con el estilo de Luhrmann