Fernando Sansegundo es uno de los protagonistas destacados de la adaptación de Navidad en casa de los Cupiello: la obra original del dramaturgo italiano Eduardo de Filippo, que ocupa la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero de Madrid, hasta el próximo 8 de enero de 2017.

Fernando Sansegundo interpreta al patriarca en el montaje llevado a cabo por Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez

Fernando Sansegundo interpreta a un patriarca napolitano, en el montaje llevado a cabo por Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez

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Janfri Topera se pone el pantalón corto y la camiseta sin tirantes para sudar hasta la última gota, con el fin de estrangular los michelines en Runners.

La obra, cuya dirección corre a cargo de Ernesto Caballero, supone el debut como dramaturgo de la también actriz Karina Garantivá.

La historia gira en torno a un matrimonio con la vida asegurada económicamente, aunque arruinada desde el punto de vista de las ilusiones perdidas por la inercia de la rutina.

Janfri Topera estará en los Teatros Luchana de Madrid hasta el 30 de octubre, con "Runners"

Janfri Topera estará en los Teatros Luchana de Madrid hasta el 30 de octubre, con “Runners”

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Juan Eslava Galán inicia su particular serie sobre los pecados capitales con Lujuria (Editorial Planeta), un libro sobre la historia sexual de los compatriotas de Cervantes, al que seguirá Avaricia (cuya salida al mercado está prevista para el 11 de noviembre).

Juan Eslava Galán declara que "Lujuria" ha sido una obra "fácil de escribir"

Juan Eslava Galán declara que “Lujuria” ha sido una obra “fácil de escribir”

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Pedro Miguel Lamet extrae la humanidad escondida de Pablo de Tarso, en El resplandor de Damasco (La esfera de los libros). El texto recorre la existencia del polémico ideólogo del Cristianismo, desde una perspectiva cercana y comprensible.

Pedro Miguel Lamet ha investigado durante un tiempo considerable la figura de San Pablo

Pedro Miguel Lamet ha investigado durante un tiempo considerable la figura de San Pablo

Corre el año 64, y Roma reduce a ascuas su fulgor pretérito, en un incendio de dimensiones considerables. Las llamas explotan alimentadas por las maderas imperiales, mientras la lira de Nerón descerraja notas inconexas. Pronto, los dedos acusadores del césar y de sus correligionarios apuntan hacia los cristianos, como los causantes del desastre…Y la venganza se desata con la sinrazón de la violencia. Sumido en este decorado de cenizas desenfrenadas, Pablo de Tarso espera en una prisión provincial para escapar al mundo, con la palabra de Jesús de Nazareth en los labios y un sinfín de epístolas que redactar.

Así comienza El resplandor de Damasco (La esfera de los libros): la obra que el periodista, escritor y jesuita Pedro Miguel Lamet acaba de presentar en el circuito editorial. Un volumen con poros de vitalismo escénico que huye de las hagiografías de cartón piedra, y que revela al santo de la iluminación como alguien humanizado y verosímil. Actitudes que -sin embargo- no merman su famosa rabia dogmática, heredada de su tradición farisea.

Página a página, Pablo adquiere el porte de un ser paradójico y complejo, fuerte y vulnerable, tierno y duro, amable y severo…

El libro está orquestado desde la perspectiva de un soldado llamado Marco Julio Severo. ¿Por qué optaste por esta fórmula?

En otras novelas he utilizado mucho la primera persona; es decir, personajes testigos. Sin embargo, esta no está escrita así. Quizá al final, cuando el personaje de Julio relata su encuentro con Pablo en el viaje famoso del naufragio y demás… Toda la primera parte de la novela es investigación de él; pero está escrita en tercera persona, como un relato. Aunque sí es cierto que diríamos que he elegido el personaje de Julio como motor, porque conoció a Pablo y le trató con muchísima consideración. Era muy importante conseguir ese grado de confidencialidad, porque en esta obra he querido dar un aspecto que la mayor parte de las biografías de Pablo no dan: hacer vivo el mundo greco-romano que él experimentó. Y hacerlo de forma que fuera un texto casi televisivo, que se viera al leerlo.

Pedro Miguel Lamet: "He querido hacer vivo el mundo greco-romano que Pablo vivió"/ Photo Credits: Jesús Martín

Pedro Miguel Lamet: “He querido hacer vivo el mundo greco-romano que Pablo experimentó”/ Photo Credits: Jesús Martín

Pablo de Tarso guardaba en su interior un background de culturas diversas (judía, helénica, romana, cristiana…) ¿Ese mestizaje fue determinante para que el Cristianismo dejara de ser una religión local?

En ese tiempo se vivía una especie de globalización. Lo que hoy conocemos como Europa y Oriente Medio era una sola entidad del imperio romano, cruzado por unas vías extraordinariamente bien hechas, y con una organización cultural importante… Con los circos, los anfiteatros, los dioses…. Eso fue esencial, porque en  Pablo se da una conexión de todas esas muestras. Por una parte es judío casi fanático y fariseo, y se pavonea de ello. Por otra, es ciudadano romano, porque muy posiblemente sus padres pertenecieran a la diáspora y se ubicaran en Tarso. Y además, tiene una cultura griega. Es decir, ha estudiado a los griegos y habla y escribe en esa lengua. Por lo tanto, es un hombre equivalente a una persona del Renacimiento: un hombre de la globalización, que viaja a todas partes….

Tu protagonista ha sido siempre un santo bastante controvertido. ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de él?

Lo que más me asombró fue que, si Pablo era un converso, habría ido a los pies de los apóstoles para aprender el Cristianismo de sus labios, y luego predicarlo. Pero no fue así. Es un caso verdaderamente sorprendente, porque estuvo solo quince días con Pedro, Juan y Santiago. (Reflexiona un momento para continuar con el argumento) Siempre era un poco peligroso, por lo apasionado que era. Él recibe realmente todos los conocimientos por una visión, por lo que llamaríamos una iluminación… directamente de Dios. Por eso algunos, que no son creyentes, afirman que estaba loco. Pero Pablo hace una campaña de marketing impresionante por todo el mundo. Y él es el enlace más eficaz posible. Fundó el Cristianismo de una forma práctica y real. Jesús es el inspirador, pero su trabajo es de de tipo histórico, de hechos. Es decir, Jesús es narración; mientras que lo que transmite Pablo es Teología…

Pedro Miguel Lamet: "Pablo fundó el Cristianismo de una forma práctica y real"/ Photo Credits: Jesús Martín

Pedro Miguel Lamet: “Pablo fundó el Cristianismo de una forma práctica y real”/ Photo Credits: Jesús Martín

Algunos historiadores piensan que Pablo sí pudo conocer mínimamente a Jesús cuando este fue crucificado, sin embargo en tu texto queda claro que no fue así…

Yo creo que no; por una razón muy sencilla, porque él no da cuenta de eso. Pablo es un judío estricto, y sigue escrupulosamente todas las normas judías. Pienso que el problema de Pablo es que es un apóstol que se reivindica continuamente como tal, y eso sin haber conocido a Jesús, sin haberlo tratado, y sin haber sido de los testigos directos de su palabra. Y eso está presente en todas las cartas que escribe.

Uno de los puntos más oscuros en la vida del autor de Epístola a Filemón es su iluminación. ¿Realmente fue tan inmediata como se nos ha contado?

Hay escrituristas y biblistas que dicen que eso pudo ser un proceso, que a lo mejor no fue de una manera tan instantánea. Sin embargo, algo brusco debió pasar. Puedes decir que no crees en eso, pero lo que no se puede negar es que ese hombre cambió 180 grados su vida; se dedicó completamente a sus nuevas creencias; e hizo un trabajo de difusión encomiable, distinto y completamente superior a sus fuerzas. Allí (en el camino hacia Damasco) pasó algo fuerte. Aunque no sabemos exactamente qué.

Pedro Miguel Lamet: "La de Pablo fue una iluminación sorprendente"/ Photo Credits: Jesús Martín

Pedro Miguel Lamet: “La de Pablo fue una iluminación sorprendente”/ Photo Credits: Jesús Martín

En lo que nos ha llegado de su existencia, ¿cuánto hay de verdad y de mentira respecto al predicador de Tarso?

Pues mira, lo que hay de verdad es la base del carácter. Cuando empecé a escribir este libro tenía un problema con la complejidad del personaje. Pero sobre todo, porque en gran parte hasta me caía gordo. (Sonríe para recapitular) Esa especie de orgullo que tenía y esa manera de tratar a la gente… un poco dura en los textos… Te da la sensación de que es un personaje bastante intratable y difícil. Sin embargo, después de profundizar, he matizado algunos aspectos. Por ejemplo, el tema de la mujer… Hay que darse cuenta de cómo estaba la mujer en la época, que no podía ni hablar… Sin embargo, Pablo hace tantas migas con las mujeres que su red de implantación del Cristianismo es una red basada en iglesias domésticas, familiares, en casas, a veces en talleres; lugares donde la mujer tiene un papel preponderante. Por ejemplo, se sabe de mujeres que sí celebraban las reuniones de los cristianos. O sea, que eso la mala fama de Pablo en ese sentido es relativa. En cuanto a su carácter, es de contrastes. Pero su manera de ser le ayudó en su tarea. (Para un momento para enfatizar su discurso) Luego he descubierto también un Pablo enormemente tierno con sus amigos y con su gente, a los quiere y que está pendiente de ellos. Esto lo muestra La Carta a Filemón, donde defiende a un esclavo con una ternura extraordinaria. En definitiva, es un tipo complejo, con mucho carácter y mucha fuerza; pero con un corazón tierno al mismo tiempo. Y ese Pablo no se conoce tanto. Por ejemplo, su famosa Carta del Amor es un maravilloso tratado. Además, él consigue un marketing extraordinario para el Cristianismo. En esa época, la religión era muy compleja; y Pablo simplifica tanto el mensaje, que dice que lo único que hay que hacer es amar: uno se salva por la Fe y por el Amor, y ya está. El único rito que hay que hacer es comer con dos manos a Cristo. Y eso facilita las cosas.

Pedro Miguel Lamet: "Pablo dice que lo único que hay que hacer es amar"/ Photo Credits: Jesús Martín

Pedro Miguel Lamet: “Pablo dice que lo único que hay que hacer es amar”/ Photo Credits: Jesús Martín

Sin embargo, esa violencia interior le llevó en su juventud a ser miembro activo de los fariseos, participando implícitamente en la lapidación de San Esteban…

Sus padres eran judíos y él fue educado a la vez en la ley mosaica y en la cultura griega. Él estaba lo mismo tirando la jabalina con sus amigos, que en el estadio oyendo a los filósofos, que en la sinagoga… Pero ya te digo, hay tantas teorías… Ahora hay varios libros que defienden la tesis de que nunca dejó de ser judío, y de que lo que pretendía era abrir el Judaísmo una vez llegado el Mesías; pero que seguía siendo judío. Yo no creo eso, porque a pesar de que él no rompe con el Judaísmo, sí le añade la visión de Cristo: esa visión universal y rompedora que extiende los brazos a todo el mundo, incluso a los esclavos. Eso no es judío.

¿Es acertado afirmar que los apóstoles primitivos construyeron el armazón del Cristianismo y San Pablo lo amuebló?

A mí, la palabra amueblarlo no me gusta, porque creo que hay como dos vertientes. Jesús y los apóstoles son el núcleo vivencial y casi encantador, por la sencillez y humildad que llevan los evangelios. Pero, una vez construida esa casa, lo que pone Pablo no son solo muebles; sino que añade datos esenciales al edificio. (Piensa un momento) Él convierte el pensamiento inicial en teoría y en Teología. Diríamos que es hacer la gran difusión: llevar a las masas de entonces la ideología cristiana, y abrir las puertas del mundo judío a la universalidad de ese momento y a toda la geografía.

Pablo era un hombre culto, y se puede afirmar –por su oratoria con los sabios y sus prédicas públicas- que Jesús también. Si esto es así, ¿por qué Cristo no dejó ningún evangelio?

Suele decirse que fides ex auditu: la Fe viene por la palabra, es person to person, es una cosa vivencial. No es algo que se produzca por la mera cultura. Eso es lo que ve Pablo. El evangelio es sobre todo vida; desde nuestro punto de vista creyente, es el Dios que se hace hombre y la Palabra que se hace carne y habita entre nosotros. Pero Jesús no era un rabino ilustrado, era un hombre del pueblo. Lo que pasa es que tenía la difusión de su conexión con el Padre, con Dios. Esa relación la transmitía al modo del predicador de la época, y un predicador rural que va muy poco a Jersusalén. Luego lo transmiten los evangelistas. Pero Pablo es al revés. La vida que recibe por la iluminación, la transmite a través del escrito.

Pedro Miguel Lamet: "Jesús no era un rabino ilustrado, era un hombre del pueblo"/ Photo Credits: Jesús Martín

Pedro Miguel Lamet: “Jesús no era un rabino ilustrado, era un hombre del pueblo”/ Photo Credits: Jesús Martín

¿Por qué los apóstoles tenían esa fijación de expandir su doctrina desde Roma y no a partir de Judea?

Porque era la forma de romper, Pablo sintió esa llamada. Gracias a eso, el Cristianismo dejó de ser una cosa de gueto judío, para ser algo universal y de todos los hombres. Fue realmente una llamada en su iluminación. Pablo tuvo problemas, porque fue perseguido, fue apaleado… Tuvo toda clase de dificultades. Cuando estuvo preso en Cesárea es porque el mundo judío no lo acepta y quiere matarlo. Se salva porque apela al César. Y lo hace porque en el fondo lo que quiere es ir a Roma y a las civilizaciones occidentales. Sabe que Roma es el centro de difusión del mundo culto de la época, y que lo que haga allí lo puede difundir a todas las partes conocidas. Por eso escoge Roma y no Jerusalén, y eso es lo que hace que se amplíen los horizontes del Cristianismo. Luego hay también una discusión de si vino o no a España, pero ese es otro asunto…

Sin embargo, la actitud de los romanos al principio no era de condena ni de persecución…

Sí, los romanos con los judíos tienen una cierta tolerancia, pero también tienen problemas. Creo que esas dificultades vienen de enfrentarse con la idea de un Dios único, que les espanta. Aparte, es la religión más desarrollada que hay: la del Dios único y la del Dios Rey. Y eso empieza a molestarles. Pienso que el tema fundamental es que, para los romanos, los cristianos representan una secta peligrosa y secreta, que desestabilizaba la sociedad de la época. También coincide con el imperio de Nerón, que estaba como una cabra, y que atribuye el incendio de Roma a los cristianos. Y claro que hay persecución. Todos los historiadores de la época cuentan cómo se atribuyó a los cristianos el delito de la destrucción de la ciudad; y cómo lanzaban historias sobre que se comían a los niños y tenían constantes bacanales… Esto demuestra que se les temía. (Calla unos segundos) Pero en el fondo estaba la línea del Dios único y de la ruptura con la esclavitud y la forma de vida de crápula del romano. Al principio no hacen ni caso a ese predicador rural al que se han cargado (Jesús); pero, cuando aquello empieza a crecer como una mancha de aceite…

Después de la instauración del Cristianismo en el imperio parece que hubo una especie de pérdida de los valores tradicionales. Según tú, ¿a qué se debió?

Bueno, creo que el problema viene desde que Constantino convierte el Cristianismo en religión oficial. Diríamos que es lo que en España llamábamos Nacionalcatolicismo. En ese momento empezó a entrar el poder en la Iglesia. Y ese poder ha sido la causa de la Inquisición y de muchos de los males. Sin embargo, yo creo que a partir del Concilio Vaticano II hay un esfuerzo por volver a la Iglesia como pueblo de Dios, y por regresar a esa Iglesia doméstica, de cédulas, de cristianos que se reúnen a partir el pan y a recordar la palabra de Dios y a vivirla… como en las primeras comunidades que visitaba Pablo. Ahora vamos a vivir la beatificación del mártir Romero, en mayo: esa es una prueba de una Iglesia volcada hacia el pueblo, y testimonial. Esa es una vertiente de nuevo presente en la Iglesia. Y con la llegada del Papa Francisco, no digamos. Es una vuelta a la misericordia, al amor… Y no es un problema de izquierdas o derechas, de progresistas o conservadores… Es un problema de testimonio, de volver a las raíces de los evangelios y a Pablo.

Pedro Miguel Lamet: "A partir del Concilio Vaticano II hay un esfuerzo por regresar a esa Iglesia doméstica de Pablo"/ Photo Credits: Jesús Martín

Pedro Miguel Lamet: “A partir del Concilio Vaticano II hay un esfuerzo por regresar a esa Iglesia doméstica de Pablo”/ Photo Credits: Jesús Martín

¿Puede ser la Teología de la Liberación la puerta a través de la que se acceda a ese cambio en la senda espiritual que me comentas?

Bueno, es una de las teologías que están en esa línea. Está también la Teología Popular… En general, todo lo que sea volver a las raíces, al pueblo y a la gente… Es decir, arrancar de la vida de los individuos y hacer a partir de ahí una teología…(Retoma el argumento) Esa Carta a Filemón de Pablo sería una práctica de la Teología de la Liberación de esa época.

¿Es posible semejar las acciones del Papa Francisco con las que llevó a cabo Pablo de Tarso?

El Papa Francisco tiene personalidad, pero no tanto carácter como Pablo (Sonríe). Es decir, es más dulce. Yo creo que el Papa es mezcla de muchas cosas. Por una parte: de la centralidad del evangelio, de la palabra de Jesús… Es también un predicador en la calle, es un hombre que descentraliza la Iglesia y que se da cuenta de la importancia del Concilio Vaticano II y del pueblo de Dios. Creo que más que una ideología, es una manera de vivir el Cristianismo… Ojalá Dios le dé fuerza y vida para concluir esta misión. Francisco sintetiza los evangelios y a Pablo; y, sobre todo, es un rostro creíble y comprensible de la Iglesia de hoy. Al Papa se le entiende, cosa que con otros pontífices y obispos era imposible, ya que se dedicaban simplemente a condenar. Francisco tiende la mano y da alegría a la gente.

¿Ese rumbo confuso del Vaticano, hasta la aparición del actual Papa, puede ser la causa de la evidente desconexión de la Iglesia con los problemas derivados de la crisis?

No hay que simplificar. Hay una iglesia que está en Cáritas, en las ONGs, y en la calle; trabajando codo con codo en pos de la solidaridad en el mundo. Ha habido curas muy comprometidos con la cuestión social, que se mueven por los derechos humanos. Hemos vivido últimamente verdaderos mártires de esos deseos. (Toma un respiro) Sin embargo, también es cierto que es posible que la jerarquía, o un sector de ella, y algunos papas hayan estado dando unos criterios muy generales y no comprometiéndose… Yo creo que Francisco se juega el pellejo en algunas de las denuncias que hace, y está volviendo a la calle. Durante el pontificado de Juan Pablo II se produjo un regreso a los castillos de invierno, y se volvió a la Iglesia siempre a la defensiva contra los males del mundo. La de ahora es una Iglesia más pensada para ser vivida y compartida. Evidentemente, muchos obispos eso aún no lo han comprendido; pero no son todos.

¿Benedicto XVI fue clave para iniciar ese viraje?

Ratzinger era un intelectual. Durante el período de Juan Pablo II, se convirtió un poco en martirio de herejes porque él se lo pidió. Pero era un hombre muy inteligente que, cuando fue nombrado Papa, dio un salto haciendo a la Iglesia un poco de todos; no quedándose solo en unos movimientos concretos. Y, aunque era un hombre más de gabinete -al que lo que más le gustaba era investigar-, dio ejemplo de universalismo. Sus textos son muy valiosos, y pienso sinceramente que fue honrado consigo mismo al renunciar. Además, es quien ha propiciado todo este cambio. A esto se suma el hecho de que él fue quien denunció con su actitud los problemas de corrupción, de pederastia, de situaciones difíciles dentro de la Iglesia.

Pedro Miguel Lamet: "Francisco se juega el pellejo en algunas de las denuncias que hace"/ Photo Credits: Jesús Martín

Pedro Miguel Lamet: “El Papa Francisco se juega el pellejo en algunas de las denuncias que hace”/ Photo Credits: Jesús Martín

Tras la elaboración de El resplandor de Damasco, ¿cómo percibes ahora a Pablo de Tarso?

Para mí, realmente lo más importante de Pablo es su centralidad en Cristo. Creo que es un enamorado de Jesucristo. Se me ha humanizado la figura, porque he encontrado muchos matices que hay de tipo afectivo, cariñoso, de encuentros con personas que le quieren, su amistad con Áquila y Priscila, por ejemplo… Y luego esa capacidad enorme de seguir adelante, de gran estratega, de sentido del marketing, de ir a las grandes ciudades para difundir la Palabra y ahorrar tiempo. Y también diría que me quedan puntos no comprendidos de Pablo, como el de esa especie de aguijón que tiene, que muchos piensan que es por la malaria o por el tema de la sexualidad… Siempre hay un misterio en él. Al final, cuando has profundizado un poco más, siempre hay un misterio… La tremenda soledad de este hombre… Y luego el contraste de un tipo realmente feo: un poco patizambo, con las piernas arqueadas, cejijunto, la nariz larga, barba de chivo, poco pelo… Pero, pese a sus condicionantes físicos, era capaz de emanar un magnetismo y un atractivo que vienen de su interioridad, de esa aura extraordinaria que tenía. Y, por último, está su mezcla de debilidad y valentía. Esa mezcla de orgullo y fragilidad, esa complejidad. Así como los santos son como monolíticos, como piezas hechas de una sola línea; Pablo se presenta en toda su humanidad: es un santo con toda su fragilidad, con todos sus miedos, con toda su grandeza, con toda su fuerza… Una mezcla muy apasionante.

Pedro Miguel Lamet escoge el medallón de la Catacumba de Priscilla en Roma como la imagen más fiel de San Pablo

Pedro Miguel Lamet escoge el medallón de la Catacumba de Priscilla en Roma como la imagen más fiel de San Pablo

San Pablo ha sido modelo de muchas obras de arte a lo largo de la historia. En tu opinión, ¿qué artista es el que mejor ha captado la esencia de ese hombre tan misterioso?

Creo que el rostro más auténtico que hay de Pablo está en La Catacumba de Priscilla, en Roma, que es un medallón donde se puede ver su rostro auténtico, según los testimonios de la época. Pero, desde el punto de vista artístico, de la creación, estoy convencido de que el que más se parece es el del Greco. Ese retrato transmite magnetismo y fuerza, y tampoco es un personaje guapo. Justo como debió ser Pablo de Tarso.

Pedro Miguel Lamet piensa que El Greco fue quien mejor captó la humanidad de Pablo de Tarso

Pedro Miguel Lamet piensa que El Greco fue quien mejor captó la humanidad de Pablo de Tarso

Javier Krahe trae a la capitalina Sala Galileo Galilei su eterno cancionero de ironías y verdades. Un dossier extenso y elocuente, que el creador de Valle de lágrimas completó en 2013, con la aparición de su última obra: Las diez de últimas. La cita es el 25 de marzo.

Javier Krahe aún sigue llenando los espacios en los que da sus conciertos/ Photo Credits: Jesús Martín

Javier Krahe aún sigue llenando en sus conciertos/ Photo Credits: Jesús Martín

La tarde noche madrileña comienza a armar pinceladas de tenebrismo, ocultas tras las estrecheces de la Calle del Pez. Al son de la barahúnda cansina del mundanal ruido, la urbe del imperio enmudecido parece entonar cantos desesperación, con la letra de las realidades hechas jirones. El mes de marzo resulta particularmente despiadado con la city del paro y los desahucios: frío medioambiental, que ha dejado las farolas de la razón a la mitad de su potencia.

Pasados unos minutos de las siete, el cantautor Javier Krahe (Madrid, 1944) aparece en la distancia, con su andar desprotegido y su aura a lo Georges Moustaki.  Con la bohemia insomne agarrada de los hombros, el autor de Un burdo rumor posa con cierta desgana para ser carne épica de un par de fotografías, mientras su discurso figurado se vuelve humo y vaho.

Un monólogo de existenciales ironías y melódicos contornos que este hijo del barrio de Salamanca presentará el próximo 25 de marzo, en la Sala Galileo Galilei, ubicada en la Villa y Corte (Galileo 100.- Metro: Islas Filipinas y Canal). Textos de trovador contemporáneo que en el directo permanecerán ajustado a los cortes que componen su último álbum de estudio: Las diez de últimas. Y en el que habrá algún guiño a sus éxitos más laureados, cuando visite las extensiones pretéritas del CD de homenaje bautizado En el Café Central de Madrid.

Javier Krahe no es partidario de interactuar con su público/ Photo Credits: Jesús Martín

Javier Krahe no es partidario de interactuar con su público/ Photo Credits: Jesús Martín

Desde 2013 llevas rodando por España con Las diez de últimas. Supongo que está siendo una promoción intensa…

  • Sí, la presentación de este trabajo me llevó por muchas emisoras de radio y muchas publicaciones. No quería defraudar a mi mecenas.

 

Este disco con temas inéditos coincidió en tiempo y espacio con En el Café Central de Madrid

  • Sí, lo que pasa es que ese estaba hecho antes de éste.

 

¿El público que asiste a tus directos se reconforta más con las composiciones antiguas o con las nuevas?

 

  • El público me sigue pidiendo los mismos temas, pero no los canto. Entonces, escuchan lo que yo interpreto y ya está (sonríe, al tiempo que pide al camarero un café con leche y un bollo para mojar).

 

Javier Krahe piensa que la aparición de Podemos en el marco político español es un fenómeno necesario/ Photo Credits: Jesús Martín

Javier Krahe piensa que la aparición de Podemos en el marco político español es un fenómeno necesario/ Photo Credits: Jesús Martín

En otras entrevistas, siempre te preguntan por qué no actúas en recintos con mayor capacidad. ¿Eliges tú los lugares en los que das los conciertos?

 

  • No mucho, porque no es tan fácil seleccionar las salas. Quizá, un poco en Madrid sí; pero en otros sitios, a lo mejor solo hay dos salas adecuadas para mí. Entonces, no se puede.

 

¿Es más fácil interactuar con el auditorio en salas más pequeñas?

 

  • Bueno, vamos a ver. A mí la interacción no me interesa nada, ni como espectador ni como cantante. Si se ponen a cantar los que asisten, a mí me molesta. No lo digo porque me tengo que callar, pero me jode. Estoy acostumbrado de toda la vida a que cuando leo un libro me fijo en él, pero no tengo que meter mano y decir qué es lo que puedo cambiar. Cuando oigo música, me pasa lo mismo. Una cosa que ha inventado otro y me la ofrece, no tengo por qué interactuar con ella. Rechazo la palabra interactuar.

 

Entonces, ¿no eres de los que necesita encender al personal?

 

  • No lo sé. Si uno va a ver a los Rolling Stones, ¿en qué participa el público más que en aplaudir y gritar? En el repertorio, no participa.

 

Javier Krahe aún recuerda a Tierno Galbán como el hombre que cerró La Mandrágora/ Photo Credits: Jesús Martín

Javier Krahe aún recuerda a Tierno Galván como el hombre que cerró La Mandrágora/ Photo Credits: Jesús Martín

A propósito de la aparición de Las diez de últimas, leí en un medio de comunicación que insinuabas una posible retirada de los circuitos. ¿Es cierto?

 

  • No, no. No lo dije en ningún lado. Me lo han preguntado montones de veces, y yo siempre he dicho que espero que no sean las últimas. (Se queda unos segundos en silencio) Lo cierto es que me voy a tomar un año sabático, pero eso es otro asunto. Es por cansancio físico y mental.

 

¿Ese cansancio al que te refieres, tiene algo que ver con la mala situación del sector musical en España?

 

  • No, a mí me va muy bien. Está relacionado con que llevo treinta y seis años sin parar. Bueno, parando los veranos. Creí que sería suficiente, y lo ha sido.

 

Javier Krahe explica el título de "Las diez de últimas" como un recurso para marcar el número de cortes del disco

Javier Krahe explica el título de “Las diez de últimas” como un recurso para marcar el número de cortes del disco

Cuando comenzaste, ¿imaginabas que ibas a llegar donde estás hoy?

 

  • Sí. Sí. Yo sé más o menos lo que hago, y lo hago desde hace muchos años. Mi idea de cantar lo conseguí enseguida. (Degusta un trozo de cruasán) Pero, lo de querer dedicarme a ser músico es muy tardío. Estudié un año de Económicas… Estas cosas son casualidades de la vida.

 

Tras cerca de cuatro décadas en los escenarios, ¿notas que han cambiado mucho los gustos del público?

 

  • No lo sé. Yo represento una manera determinada de hacer canciones, y si siguen gustando. Supongo que no habrán cambiado tanto. Siempre salen voces nuevas que harán más o menos lo mismo, y son los avances técnicos los que provocan los cambios. Al fin y al cabo, cantar es decir palabras sobre una melodía.

 

Javier Krahe vivió una segunda censura con el documental "Esta no es la vida privada de Javier Krahe"

Javier Krahe vivió una dura censura con el documental “Esta no es la vida privada de Javier Krahe”

¿Hay relevo generacional en el terreno de la canción satírica española?

 

  • Sí, siempre hay relevo. ¿Qué hace Albert Pla? De todas formas, yo hago poca sátira.

 

La aparición en el marco político de nuevas fuerzas, como Podemos y Ciudadanos, parece haber revitalizado la canción protesta. ¿Has notado esta tendencia?

 

  • No tengo ni idea. Escucho poquísima música. No sé lo que se hace. Sí conozco algunas cosas, porque me regalan muchas maquetas. Pero sí veo que hay canción política y de broma. Otra cosa es que… No tengo un criterio muy exigente. Suelo oír las maquetas, pero cuando no me guste la primera… No estoy al tanto de la actualidad de la música, no la sigo, no pongo la radio. Yo simplemente grabo discos (sonríe).

 

Javier Krahe actúa el 25 de marzo en la sala Galileo Galilei, al módico precio de 10 euros por entrada

Javier Krahe actúa el 25 de marzo en la sala Galileo Galilei, al módico precio de 10 euros por entrada

En tu opinión, ¿a las instituciones de este país les interesa preservar el legado musical?

 

  • No están interesadas en absoluto. ¿Tú imaginas a Rajoy escuchando un disco? No les interesa. La subida del IVA lo demuestra. Parece como si hubieran dicho: “vamos a dar un castigo a los del mundo de la Cultura”.

 

Hace poco, tuviste la ocasión de conocer a Pablo Iglesias, el líder de Podemos. ¿Qué sensaciones te produjo?

 

  • Lo que atisbé es que se tenía que producir un fenómeno social de rechazo a todos, que tardaba en llegar. Y, de pronto, ha aparecido un movimiento que está recogiendo las ganas de ese rechazo de tantísima gente. En el aspecto concreto que preguntas, no tengo una opinión personal sobre él. Me hizo una entrevista y también vino a cantar conmigo. He estado dos horas a su lado, pero no he hablado nada con él.

 

Javier Krahe fue uno de los primeros en traducir las canciones de Georges Brassens al idioma de Cervantes

Javier Krahe fue uno de los primeros en traducir las canciones de Georges Brassens al idioma de Cervantes

En ese encuentro en La Tuerka TV, interpretaste con Iglesias Cuervo ingenuo. ¿Canta bien?

 

  • Mejor que yo (sonríe ante la confesión).

 

¿Se sabía la partitura?

 

  • Sí, la letra se la sabía desde los diez años.

 

Tú saltaste al ruedo al compás de La Movida madrileña. ¿Fue un fenómeno cultural tan impactante?

 

  • Sí. Sí lo fue. Porque los lunes por la noche estaba todo lleno, y el martes y el miércoles… Todas las noches durante un par de años. Y todo ello debido a lo que significaba el personaje de Tierno Galván. Representaba una corriente política interesada en promover esos fenómenos. Pero también estaban interesados en que se cerrara La Mandrágora [el local donde Krahe actuaba al lado de gente como Sabina y El Reverendo]. Tierno Galván nos la cerró. En ese sentido, yo no tenía nada que ver con La Movida, aunque sucedió a la vez de mis inicios.

 

Javier Krahe ha sido objeto de estudio

Javier Krahe ha sido objeto de estudio en el libro escrito por Miguel Tomás-Valiente y Octavio Colis

Por tus palabras, da la impresión de que La Movida que fue más un lavado de cara político que otra cosa…

  • Sí, seguro que tenía mucho de pantalla. Pero luego había gente que hacía música y había un ambiente… Esto favorecía a que el que formaba un grupo pudiera actuar.

 

Resulta un poco paradójico que en un período tan mediáticamente liberal te impusieran una censura silenciosa en 1986, a raíz del tema Cuervo ingenuo.

 

  • Pues sí, me sorprendió. Bueno, no tanto. Primero, porque sabía que Felipe González era un farsante desde el primer momento. Farsante que pudo tener su utilidad, pero esa libertad de la que hablas no me la iba a permitir, si iba a burlarme de él. Sobre todo porque mi canción era irrefutable. Como quedaba como un embustero, eso no le podía gustar. No obstante, en un marco democrático era ilegal que prohibiera la canción, y yo la cantaba en los garitos. Aunque sí podía silenciarla con sus medios.

 

Javier Krahe reconoce no escuchar música actual

Javier Krahe reconoce no escuchar música actual

Ese castigo se efectuó sobre todo a través de los mass media afines al ejecutivo de entonces…

 

  • La televisión era de ellos. Aquí los gobiernos siempre han pensado que le televisión es suya. Tampoco los ayuntamientos son de los que ganan las elecciones. A mi modo de ver, no. Eso sigue incluso peor en la actualidad, con Rajoy.

 

¿Echas de menos en la televisión espacios del tipo de Si yo fuera presidente, donde colaborabas con frecuencia?

 

  • No, yo no echo de menos nada; porque la televisión no me gusta mucho. No veo ningún programa. Suelo ver El Intermedio, pero los otros no. Me gustan las películas y los documentales. Además, el Gran Wyoming es amigo mío y tengo que verle. Pero nunca pienso en términos de televisión. Creo que todo está manipulado. Siempre lo ha estado, y supongo que siempre lo estará. Es constante. Hay otras escapatorias… afortunadamente muchas.

 

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Javier Krahe lamenta la facilidad con se ningunea el talento de las personas en España

¿Lo que no aparece en televisión, o no está en la Radio o en la Prensa nacional, no existe?

 

  • Como caricatura está bien. Lo que no aparezca en El País, ABC, El Mundo, La Vanguardia… no existe. Lo que no aparezca en televisión, no existe. No es cierto. Yo me he pasado muchos años sin aparecer en televisión, y seguía cantando. No obstante, mucha gente me preguntaba por qué no volvía a cantar. Aparecer en televisión favorece para que te conozcan, pero puedes existir sin eso. Incluso en Estados Unidos.

 

Internet, por lo menos, parece haber democratizado más el flujo informativo…

 

  • Sí. Pero, claro, cierto tipo de información. Sin embargo, hay otra más difícil de transmitir. Por ejemplo, el día de las elecciones europeas para el gran público existió Podemos, pero los que lo votaron sabían que estaba ahí por Internet. Es un resquicio que hay en la actualidad.

¿El periodismo tradicional está perdiendo la partida para ser el transmisor de la nueva realidad política en España?

 

  • Sí, claro. Es evidente. La Prensa apoya a los grandes partidos… Es incomprensible que Rajoy no esté en la cárcel, por ejemplo. Porque si hace campañas con dinero ilegal… (Calla para reflexionar) En países con el mismo sistema, no te cuelan una; por lo menos, no estas cosas tan clamorosas. ¿Por qué es todavía presidente Rajoy? Es incomprensible. Y la respuesta está en que los poderes internos han favorecido la corrupción.

 

Javier Krahe afirma estar pensando en tomarse un año sabático

Javier Krahe afirma que va a tomarse un año sabático

Ante semejante panorama, ¿resulta fácil hacer trovas satíricas?

 

  • Pero es que no es la política actual, es la de siempre. Con Franco se podían hacer muchas canciones satíricas, pero te hostiaban. Había muchos más motivos para la sátira que ahora. En Francia, a propósito de Charlie Hebdo, se han pasado setenta años de su vida metiéndose con todos los gobernantes franceses. Pero allí se podía hacer eso por tradición…. Y en cualquier país con una democracia consolidada. En España, lo ponen realmente difícil para hacer canción protesta. Creo que no hay miedo en los autores, pero sí lo hay en las emisoras de radio.

 

Retomamos un poco tu presente artístico. ¿Por qué el título de Las diez de últimas?

 

  • Suelo meter once canciones en mis trabajos… y como metí diez. Tenía once, pero no me gustaba una. Es como el que se lleva la última baza. De hecho, ya tengo canciones nuevas… pocas, pero…

 

Actualmente, Javier Krahe está en el proceso de componer nuevas canciones

Actualmente, Javier Krahe está en el proceso de componer nuevas canciones

¿De dónde extraes la inspiración para escribir canciones?

 

  • Se saca, joder, al ponerse a ello. No vas andando por la calle y ves una canción (sonríe).

 

Georges Brassens siempre aparece como una figura determinante en tu currículo. ¿Qué te atrajo de él?

 

  • Lo que me llamó la atención de Brassens fueron las canciones maravillosas que tenía. Lo llamativo es que en Francia tú no encuentras un hogar donde no haya un disco de Brassens, aunque sea alguien de derechas o facha. Recuerdo que en España nadie le conocía, e incluso me llamaron de Radio Nacional para preguntarme por él.

 

La trayectoria de Javier Krahe se conforma con catorce discos de estudio a lo largo de treinta y seis años de carrera

La trayectoria de Javier Krahe se conforma con catorce discos de estudio a lo largo de treinta y seis años de carrera

¿Cuesta reconocer lo bueno en este país?

 

  • El caso es que cuando se editaba un disco de Brassens en España, las ventas no llegaban a los cinco mil ejemplares. Lo mismo que pasó durante años con Leonard Cohen. Esos a los que me refería antes [por los especialistas musicales de la época] hablaban como si les conocieran de toda la vida, y me llamaban a mí para que les contara cosas de ellos. Es todo como una tragicomedia.

 

¿Se valora el talento en la llamada Piel de Toro?

 

  • No, no se valora. No se valora nada. Es un país muy duro para muchos artistas, y supongo que también para los cirujanos. España es un país que socialmente es muy desgraciado y mísero, muy poco agradable. A mí no me gusta nada. Para mí es una vergüenza la historia de España. Aunque, seguramente, la historia de cualquier país es una vergüenza…

 

Da un poco de envidia lo que ocurre con el apoyo a los creadores de otras naciones, como en el caso Francia…

 

  • Sí. Además, todos los grandes han tenido la suerte de pertenecer a países donde el hecho artístico está mucho más reconocido que aquí. Y países más potentes económicamente que España, algo que facilita mucho las cosas. Si saliera un Bob Dylan en Portugal, lo iba a tener bien difícil. De todas formas, hay ideas confusas. Por ejemplo, en Estados Unidos la mayoría de la población no sabe quién es Tom Waits no le conoce. Me lo ha dicho gente que está estudiando allí.

 

Javier Krahe fundó su propio sello discográfico, 18 Chulos. Hoy, en una situación financiera bastante mala

Javier Krahe fundó su propio sello discográfico, 18 Chulos

¿Esta tierra es especial en eso de olvidar a la gente?

  • Bueno, no sé. Es así. ¿Crees que alguien reconoció a Cervantes en su día? Ahí lo tenían, medio muerto de asco, un poco hambriento…

 

¿Cómo afrontas los problemas económicos de tu sello 18 Chulos?

 

  • Bueno, el último disco no lo ha producido 18 Chulos [Las diez de últimas ha sido financiado por Krahe, Andreas Prittwitz y Javier López Guereña], no tenía dinero… Solo lo ha distribuido. Lo lógico es el cierre. Allí trabaja solo una persona, y éste se las ingenia para sacar su sueldo. Crea cosas nuevas, como lo de las representaciones… y así va subsistiendo.

 

"Las diez de últimas" le dan la partida a Javier Krahe, pero no le retiran del juego

“Las diez de últimas” le da la partida a Javier Krahe, pero no le retira del juego

¿Ya tienes una idea sobre cómo será tu decimoquinto álbum?

 

  • Bueno, primero debo ponerme a escribir más canciones. Solo tengo tres nuevas…

“La de actor es una profesión totalmente exhibicionista”

José Luis de Madariaga colabora en La hermandad, una cinta dirigida por Julio Martí Zahonero que transita entre el terror y el drama.

Videobook de José Luis de Madariaga

Escondida tras La Gran Vía, la calle Leganitos da sombra de alquitrán a la mediática arteria madrileña, otrora luz y candil de las carteleras cinematográficas, y hoy triste consuelo de marcas comerciales y salas de juegos.

No muy lejos de allí, y con el sol impenitente de una primavera en flor -que se antoja como imán de convulsiones sociales-, el actor José Luis de Madariaga espera la hora del preestreno de La hermandad (Julio Martí Zahonero, 2011); filme en el que el intérprete de multitud de series de televisión, películas, cortos y obras de teatro comparte títulos de crédito con la conocida Lydia Bosch, y en el que da vida a un callado monje dedicado a la farmacología y las plantas, el cual reside junto a su congregación en un templo tarraconense. En realidad, un tipo normal, sin filos barojianos y mucho más amoldado a la intrahistoria unamuniana, justo como los que suelen llenar el currículo de este actor de gestualidad estudiada, alegre, profundo y de sueños cervantinos. “Muchas veces he hecho de ese hombre que nadie sabe quién es”, asegura con una sonrisa este versátil trabajador de las emociones, mientras acomoda su discurso entre los tapices manufacturados de un céntrico hotel capitalino.

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

 

Tu papel en La hermandad es el de un religioso un tanto ambiguo y bastante metijón…

 

–          Sí, es algo cotilla… Se trata de que no se sepa muy bien si es bueno o malo. Es un personaje que no está muy definido. Yo creo que Alessandro está ahí, entre Pinto y Valdemoro. También era lo que pretendía el director (Julio Martí Zahonero): hacer un papel que el público pensara por momentos que le iba a hacer algo malo a Lydia, o  todo lo contrario… Según la secuencia…

 

¿Qué fue lo que te decidió a vestir el hábito?

 

–          Mira, lo primero que me atrajo fueron las pruebas para el papel. Era la primera vez que asistía a un casting tan extraño, tan bonito y tan eficiente. Julio me dijo que recreara una parte de mi personaje a mi manera. Mientras, él iba cronometrando mi intervención. Cuando terminé, me dijo que muy bien, y que volviera a hacerlo con el mismo ritmo, aunque cambiando la velocidad. Y lo hice. (Reflexiona un poco) Tenía que mantener la misma intención, pero jugar con el ritmo de las palabras. Y eso me maravilló. Al ser seleccionado, ya me fue atrapando más. No sólo Alessandro, sino también los otros que aparecen en el filme. Y creo que fue un trabajo de seducción de Julio. Me pareció uno de los mejores directores de actores que he conocido, y eso se traduce en la película. Lo que yo no he dado en pantalla es porque no he sabido sacarlo, no porque él no lo haya incentivado.

 

La Hermandad es una historia que modifica el género con cada giro de guion. Eso también debió llamarte la atención…

 

–          Cuando me dijeron que se trataba de una película de terror, pensé en una de las habituales de ese género. Pero el relato no evoluciona como las cintas de miedo normales. De repente, se transforma en un drama, y ese giro es muy bonito. (Se queda en silencio con una sonrisa) No obstante, estoy hablando en la teoría, ya que aún no he visto la película (todavía quedan unas horas para el preestreno). Es muy diferente hablar a través de la lectura del guion.

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

 

Debió resultar un poco angustioso rodar en un escenario tan aparentemente espartano como un monasterio…

 

–          Efectivamente, fue muy complicado para los técnicos. Y creo que está muy bien resuelto.

 

Esta noche, en el preestreno, tendrás la ocasión de comprobar la calidad de tu trabajo. ¿No te asusta observar tu caracterización en una sala de proyección?

 

–          Es muy difícil verse bien en pantalla. Creo que es muy natural percibirse distinto respecto a lo que se quería aportar antes de rodar. Por eso siempre hay una especie de decepción. Cuando ruedas, no te ves. Entonces crees que tu gesto y expresión es lo que corresponde. Pero, luego, miras y dices: “levanté mucho la ceja, la levanté poco, tenía que haberme enfadado un poco más o menos…” Cuesta estar muy satisfecho.

 

¿Hubo alguna secuencia en La hermandad que te pareciera particularmente dificultosa?

 

–          (Sonríe abiertamente). Sí, tuve una escena que me resultó un calvario. Era una en la que Lydia estaba en la cama, y yo creo que sentado junto a ella. Cuando tocó mi plano, el director me pidió una cara absolutamente neutra, que no expresara ni la más mínima sonrisa, aunque lo que decía invitaba a la misma. Calculo que hicimos catorce tomas, porque Julio siempre decía: “Muy bien, José Luis. Pero no sonrías…” Y así todas. Hasta que alguien le dijo que si no se había dado cuenta de que era un rictus de sonrisa. La corrección fue que pusiera un pelín de enfado, y así eliminé el gesto. Eso no lo veía… Lo que capta la cámara es muy diferente a lo que se hace en la realidad. La primera vez que grabé cine me parecía que era otra persona al verme. La única forma de sentirse satisfecho en esto es que el público te diga que lo has hecho bien; si el público no te lo dice, ya puedes estar tú muy contento, que es un fracaso. Nuestra profesión es totalmente exhibicionista.

 

¿No es raro que una película de las características de la de Zahonero haya tardado tanto en estrenarse?

 

–          Dos años de retraso. El drama del cine español es ése. Yo tengo rodadas tres películas en Las Palmas sin estrenar. He trabajado en una producción con Serbia (Montevideo vidino se!, de Dragana Bjelogrlica) y, a los trece meses, se ha puesto en las carteleras sin problemas. Al estreno acudieron 3.600 personas, eso al pase de la noche con los actores… cinco mil y pico espectadores en el día de estreno, en Serbia. Esto en España es imposible…

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

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JOSÉ LUIS DE MADARIAGA OPINA SOBRE EL CINE ESPAÑOL

Y eso por qué piensas que ocurre. ¿Hay una guerra contra el cine español?

 

–          Creo que el público está divorciado del cine español. Conozco a infinidad de personas que se me acercan para contarme que no les gusta el cine español por antonomasia. En España, como en cualquier cinematografía, hay cine bueno, malo, regular… (Retoma con determinación el hilo de la respuesta) Sí, hay un divorcio. No sé la razón. Creo que pertenece a otras esferas distintas a la de los actores. ¿Qué ha pasado para que no se vaya a ver una película porque su nacionalidad sea española? A mí, me aterra que suceda esto. Con la película de Serbia que te comentaba, todos me preguntan que cuándo iba a llegar a España; pero nadie me cuestionaba lo mismo con La hermandad, sólo porque es de aquí.

 

Entre el conjunto de filmes que están a la espera de distribución se encuentra Los chicos del puerto, de Alberto Morais, una obra que sin embargo es bastante interesante desde el punto de vista artístico…

 

–          Ha estado en montón de festivales… Yo no voy a juzgar la película por los demás, sino por mí mismo. El problema es que siempre califican las películas los que no van a ir a verlas. Eso es lo que me duele y no acepto. Y ése es el problema del cine en España. Lo tenemos en el mismo gobierno, el Ministro de Hacienda dice que somos una porquería haciendo cine. Pero eso que dijo el Sr. Montoro lo dicen muchos más.

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

 

Volvamos a La hermandad. La atmósfera del filme puede recordar por momentos a la de El nombre de la rosa. ¿Tuviste algún modelo sobre el que montar tu actuación?

 

–          Nunca busco referentes, porque me cuesta imitar, entendido esto en el buen sentido de la palabra. Soy muy mal imitador. Siempre intento sacar el papel desde mi propia personalidad, porque soy malo incluso para copiar de broma. Evidentemente, con los años aprendes de los demás. Pero siempre mis únicos referentes son el papel y el director. Y Julio, como director de actores, es maravilloso. Hablaba mucho con nosotros, y después de cenar ensayábamos en el hotel la escena del día siguiente. Así iba a rodar por la mañana con el personaje metido dentro y cargado. Mi experiencia con todo el equipo ha sido maravillosa, y por eso espero que la película devuelva por lo menos un diez por ciento de lo que viví. Se lo merece.

 

¿Qué es lo que peor llevaste de la vida monástica?

 

–          Aislarme, sobre todo en las escenas que no están rodadas en el monasterio, sino en los decorados. Aislarme de la realidad de que se trataba de un decorado requería una aclimatación. De hecho, si ves fotos mías, observarás que son en el plató, porque yo me iba allí en vez de quedarme en el camerino, únicamente para aislarme en él. Todos los días, antes de rodar, me veías vestido de monje y en el plató, para reconocerlo como una estancia.

 

¿Tuviste algún mal trago en tu etapa escolar, como los niños del guion, con profesores vestidos con hábitos?

 

–          No, porque no tuve ningún tipo de experiencia con religiosos, ni negativa ni positiva. Tuve la suerte, o la desgracia, de salir exiliado con mis padres cuando tenía cuatro años a Argentina, y volví a España con treinta y ocho. Nunca hice la primera comunión, no pisé nunca una iglesia… No obstante, sí me interesó mucho estudiar los temas de la historia de la religión. (Hace una mueca cómplice) Por eso soy menos religioso, si cabe.

 

Eso te haría más incomprensible alguien como Alessandro.

 

–          Nunca entendí, por ejemplo, a las monjas de clausura y a los monjes. Es lo contrario de lo que predican. Están llenos de contradicciones flagrantes e importantes. Mi castigo ha sido que, quizá, los de curas y los de mafiosos son los papeles que más he hecho en mi vida.

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

 

Por lo menos, en La hermandad no te asesinan, como en la mayor parte de tus trabajos.

 

–          A mí me llegan a matar incluso en la primera escena. Una de las cosas que mis amigos de Tenerife siempre me preguntan es si me liquidan. De hecho, una de las cosas más graciosas fue cuando participé en un capítulo de Águila roja, donde les dije a mis conocidos que no me mataban, ya que me suicidaba. (Sonríe) Debería ser candidato a un Goya al que más matan en el cine español.

 

En otro filme donde no mueres violentamente es en Los chicos del puerto, donde tu personaje del abuelo es bastante impactante…

 

–          Sí, es un hombre que sólo quiere llevar una chaqueta… (Se toma un respiro con el hilo musical del hotel como fondo de rigor) Se acoge sólo a su tabaco. Es una cosa dura… Pero ésos son los personajes que más me gustan. Me atraen los tipos contenidos, porque siempre me ha gustado ver películas con esta clase de individuos. No me cuesta nada meterme para adentro, disfruto mucho. Aunque la mayoría de los que me han tocado hayan sido más superficiales.

 

Alessandro entra de lleno en esa categoría de hombre corriente, sin aristas visibles.

 

–          No, no tiene cosas que le definan. Y esos retos me gustan. La ansiedad por este estreno no la he tenido con ninguna otra película. Recuerdo que hice Óscar, una pasión surrealista, en la que encarnaba a un paranoico que tocaba la flauta. Con esos personajes tienes más a lo que agarrarte. Pero en La hermandad no podía tirar de eso.

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

 

JOSÉ LUIS DE MADARIAGA SE LICENCIÓ EN ECONÓMICAS EN LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

Planeemos un poco por el tiempo. Tú empezaste como economista y luego te convertiste en actor. ¿Cómo fue eso?

 

–          La cosa vino al revés. Yo iba para actor, no para economista. Tenía muy buena relación con mis padres, y ellos decían que no les importaba que actuara, pero consideraban que debía hacer una profesión de hombre de provecho. (Ríe al rememorar esa expresión) Me casé muy joven, y mi mujer tenía el mismo criterio. No sé por qué me metí en Económicas, pero iba a llorar todos los días al teatro por estar en el patio de butacas. Me fascinaban los actores. Era donde estaba mi vida. Estuve mucho tiempo en coros, veinticinco años. Cuando vine a España, me metí en una multinacional francesa… En Las Rozas, me apunté a un grupo que dirigía Juan Carlos Pérez de la Fuente, en sus comienzos, y montamos Los intereses creados. Por la multinacional francesa, me trasladé a Tenerife; y allí, por mediación de mi exmujer que conocía al director, empecé con una compañía. Y, mientras estaba con ellos, me hicieron un casting para escenificar El mágico prodigioso, con Helio Pedregal. Teníamos que venir a ensayar a Madrid tres meses, para luego ir de gira otros seis. En ese momento contaba cincuenta y seis años, y me dije que los sueños en la vida hay que vivirlos. Así que dejé la Economía y me fui de gira seis meses, algo que me obligó a tomar la decisión de seguir en la actuación. Las grandes cosas son las que haces, aunque sean de un minuto.

 

A lo largo de tu carrera en los escenarios, ¿cuál considerarías tu interpretación más dificultosa?

 

–          Sí, hubo una función de teatro en Canarias titulada La lapa. No es una obra de teatro, es un relato; pero adaptaron el texto y era precioso. Aunque presentaba también serias dificultades. Eran siete personajes diferentes, que tenía que interpretar hablando en canario, en lanzaroteño de principios del siglo XX. Cuando yo ponía el esfuerzo de hablar en lanzaroteño, se me iba el personaje. Hasta el punto de decirle a mi mujer que tenía que dejarlo… Ella me aconsejó que siguiera. Y le hice caso (Se toma unos segundos de silencio para saborear el recuerdo) Mi mayor mérito es que un periódico puso que parecía que había nacido en Lanzarote. Cuando vencí todos los problemas, fue realmente maravilloso. Luego, especialmente difíciles… A veces la dificultad viene por falta de sentimiento con el director. Soy muy conformista y no tengo manías, pero a veces no hay feeling. Y en televisión sí me pasó esto con un realizador, y se percibía en el personaje. Tenía un papel importante y aparecía sólo tres veces, y encima no salía en el plano. Se notó hasta en el montaje, y eso sí cuesta mucho. Afortunadamente, sólo me ha pasado dos veces en mi vida.

 

Entre los trabajos que has llevado a cabo como actor, hay un Quijote travestido… ¿Cómo rememoras esa experiencia?

 

–          Con mucho cariño y mucha frustración. Con mucho cariño, porque el director era excelente y me lo pasé muy bien. Y mi frustración viene de que, aunque suene típico, siempre que me preguntan sobre un papel que aún no he hecho y me gustaría interpretar, respondo El Quijote. Pero me refiero al verdadero, no el que hice y que fue muy particular. Hice aquello y no me salió lo otro. Es un papel que me fascina y yo me sentiría muy en él. Lo quiero desde que era pequeño, incluso el regalo más bonito que me hizo mi padre fue el libro de El Quijote. Lo importante de esa historia no es lo que pasa, sino cómo lo cuenta Cervantes, es el lenguaje que emplea; y ahí está mi fascinación. Acabo de cumplir setenta años hace menos de un mes, y todavía no ha llegado. Ya estoy amortizado… (Los ojos le hierven de hidalguía) Estoy seguro de que disfrutaría, y creo que lo haría muy bien, y no es falta de modestia. Cuando tienes algo tan metido dentro es muy difícil hacerlo mal. Creo que no haría el ridículo… Pero hice un quijotito, y me habría gustado hacer El Quijote.

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

 

Navegando por Internet me llegaron noticias de un corto que protagonizaste titulado Lascivo, de Tana González: una historia a medias entre el erotismo y el humor. ¿Podrías contarnos algo sobre él?

 

–          Lascivo, sí… (Sonríe ante la pregunta) Todavía no lo he visto, pero sé de qué va. Yo hago de ciego y hay una prostituta a la que le pago por estar conmigo, pero luego no me da nada. Cuando me pone cachondo, me hace ver un color con su presencia, su contacto físico y su aroma… y nada más. A mí, me pone a mil; pero lo único que veo es el color. (Se ríe) Nunca he podido echar un buen polvo en el cine.

 

¿En todos tus años de carrera, todavía no has rodado ninguna escena de cama?

 

–          De amor, sí; pero nunca he tenido una secuencia erótica. Y debo decir que no tengo ningún tipo de problema en hacerlas. Es más, si me dicen que me desnude, me desnudo: tanto por delante, como por detrás y por el lateral. Y si me dicen que tenga relación con otro hombre, la tengo y no pasa nada. Me atrevo con todo. Lo que sucede es que nunca he sido galán, ni de joven.

JOSÉ LUIS DE MADARIAGA, UN ACTOR CON MUCHOS CORTOS

Dentro de tu currículo destaca la cantidad de cortometrajes en los que apareces…

 

–          Sí. Acabo de escribir tres, y llevo cuarenta y nueve cortos como protagonista en Canarias. Hasta el punto que hubo uno donde no actué en el que se advertía al principio que no colaboraba José Luis de Madariaga. Y en otro habían insertado tres frames de mi cara. (Retoma la actualidad en clave de corto) Respecto a los que estoy elaborando, en uno de ellos mi hijo escribió el guion, y me he lanzado a dirigirlo. Lo voy a estrenar en el FIMUCITÉ de Tenerife, ya que la banda sonora es de Raúl Capote.

 

¿Y en esas futuras obras, ya ha caído la escena de cama?

 

–          En uno no participo, pero en el otro me doy el gustazo de tener una relación con una mujer (Ríe abiertamente).

 

A propósito, y aún a riesgo de perder originalidad, ¿en qué andas metido en estos momentos, aparte de los cortometrajes que me comentas?

 

–          Estoy haciendo una obra de teatro en Canarias, que se llama Aeroplanos, de Carlos Gorostiza. Son dos personajes en escena, amigos de la infancia. Es una comedia graciosísima. Pero la he adaptado a Canarias porque es muy argentina. Es sobre un tano (italiano) y un gallego (un español), y tiene muchos giros idiomáticos que no entenderían los que no han vivido en Argentina. Así que, en la versión que he preparado, uno es un chicharrero (tinerfeño) y yo soy un godo (peninsular). Es una obra muy bonita y fácil de llevar. A ver si podemos traerla a Madrid, a una sala pequeña.

 

¿Y en cuanto al cine?

 

–          En cine, tengo terminados el largometraje y la serie de Serbia (Montevideo vidino se!, de Dragana Bjelogrlica), que he disfrutado mucho porque son muy responsables. Tienen dinero, equipamiento y técnicos muy buenos. Y el despliegue… He rodado en Trieste, Belgrado y en Tenerife, simulando el Montevideo de los años treinta. Está ambientada en la época del primer campeonato mundial de fútbol, que se celebró en Uruguay. Pero el argumento está construido con un montón de historias paralelas. Es muy de Serbia, y tiene mucho éxito. De hecho, ha salido en primera página en los periódicos de ese país. Y una de las protagonistas es de Madrid, más otros dos actores de Tenerife.

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

Foto Credits: Jesús Martín/ The Living Culture Magazine

 

Resulta extraño que aquí no haya aparecido nada en los medios de comunicación…

 

–          Pues, sí. Mandé un parte de prensa a un periódico de Canarias y no sacó nada. Es una cosa extraña. Tengo más repercusión periodística en Serbia que aquí, y en España he hecho muchas más cosas.

 

El protagonista de "Solas" representa "Una vida robada" en el Teatro Fernán Gómez de Madrid/ Photo Credits: Teatro Fernán Gómez

El protagonista de “Solas” encabeza el reparto de “Una vida robada” ,en el Teatro Fernán Gómez de Madrid/ Photo Credits: Teatro Fernán Gómez

Es una tarde de viernes (la del 24 de enero de 2014), y Madrid ya despliega tímidamente sus alas de paloma herida, carcomidas por el desahucio colectivo. La Plaza de Colón exhibe sus aristas de abismo social -reflejado en los espejos de los bancos y las multinacionales-, mientras los ejecutivos de fin de semana pasan rápido y delirantes frente a los ojos de los que beben sus desgracias de garrafón. Y allí, bajo la cascada helada del teatro con el nombre amenazado por el gobierno consistorial (el Fernán Gómez), espera en su camerino Carlos Álvarez-Nóvoa (La Felguera, Langreo, Asturias, 1940). Sentado en una sencilla silla de crujidos metálicos, el hombre de la barba blanca da palabra al actor de los mil y un personajes; seres de papel y frases imantadas que le han permitido vivir amaneceres calderonianos, mediodías de rojo y sangre lorquianos y anocheceres estrellados por los flechazos de Valle-Inclán.

La contemporaneidad de Una vida robada, según la pieza de Antonio Muñoz de Mesa, retiene en la capital arreciada por el invierno al vecino de la película Solas (Benito Zambrano, 1999); por lo menos, hasta el próximo 2 de marzo de 2014. Trabajo de intensas líneas curvadas, donde el intérprete de De tu ventana a la mía (Paula Ortiz, 2011) comparte cartel con Asunción Balaguer, Liberto Rabal y Ruth Gabriel.

Aunque ya llevas tiempo con las representaciones, ¿recuerdas que es lo que te sedujo inicialmente para participar en esta obra?

 

–          Bueno, cuando Juan José Seoane, que es el productor, me llamó; estaba grabando Gran Reserva. El origen, en TVE. A través de Petra Martínez, que es la suegra del autor de la obra (Antonio Muñoz de Mesa) y mi compañera en ese serial, le habían hablado de que su yerno había escrito una obra de teatro. Me contó el argumento y me llamó la atención. Así que, cuando me llamó Seoane, ya estaba en antecedentes. Recuerdo que me envió el libreto, y lo primero que me sedujo fue el texto y quién lo iba a dirigir (Julián Fuentes Reta). Me pareció una historia muy bien construida e interesante, con unos personajes muy potentes y muy bien trazados. Y con una estructura muy atractiva.

Photo Credits: Jesús Martín

Photo Credits: Jesús Martín

 

Una vida robada se ha publicitado básicamente como un relato sobre el asunto de los niños vendidos ilegalmente en España; sin embargo, la trama se compone de muchos más ingredientes.

 

–          Efectivamente, lo de los niños robados -más que el tema en sí- diría que es el entorno en que se desarrolla la historia. Es el antecedente que pone en marcha el motor. Pero, me parece que Muñoz de Mesa no intenta nunca hacer un documento o una denuncia contra aquella terrible tragedia, que supongo ya no se volverá a repetir. Dentro de eso, se pone en marcha un mecanismo que comienza en tonos aparentemente de comedia, y que se va endureciendo para convertirse en un drama, remozado por un aliento trágico. Aparentemente, es un drama contemporáneo; pero hay una especie de sino trágico que parece conducir al destino de los personajes. Las referencias helénicas son claras, el libro de La Teogonía, de Hesíodo, está presente en las lecturas que se hacen en escena; además, los nombres de los personajes tienen un sentido simbólico, como Luz, Olvido… Por lo tanto, el argumento va de asistir a la trayectoria de unos personajes de carne y hueso, firmemente trazados por su autor, y a los que cada uno de nosotros intentamos darles lo máximo. En cuanto al tema, es una historia en la que el personaje de Luz viene a casa del doctor Nieto (mi papel), quien presenta un principio de Alzheimer. Con él vive cuidándole una enfermera (Olvido), que es el papel que interpreta Asunción Balaguer; y también vive su hijo, que es la caracterización de Liberto Rabal. La llegada de esta muchacha, por los móviles que la motivan, trastoca la existencia de estos seres. Y ya no te cuento más, porque la destriparía. Pero una de las cosas más interesantes es que la obra se plantea también como un thriller. Es un ingrediente importante, que subraya la puesta en escena. A lo largo de los actos se le facilitan al espectador datos, sin trampa alguna, para que éste vaya llegando al desenlace inesperado, y lo acepte con verosimilitud. Sin embargo, no es como una novela de Agatha Christie, en la que al final se saca una carta oculta para que no puedas imaginar nunca quién era el asesino. En este caso, no hay criminales; pero sí hay un misterio. Y juega honradamente, los personajes van dejando caer pistas que el espectador va asimilando.

Photo Credits: Jesús Martín

Photo Credits: Jesús Martín

 

En este sentido, se podría incluso presumir que se erige como un relato de misterio en el que la evolución argumental no viene de fuera, sino del desarrollo situacional de Nieto y sus compañeros.

 

–          Exacto. Podríamos hablar de acción interna. Efectivamente, el formato de los thrillers se centra en el uso de la acción externa; es decir, los acontecimientos son los que te van llevando hacia ese misterio que se desvela, y que termina en el desenlace. Aquí, esa acción discurre internamente, en los personajes y en las interrelaciones entre ellos.

 

Y como centro de todo está tu papel, el de un hombre cuya memoria falla por enfermedad y a veces por olvido voluntario…

 

–          Pues sí. Digamos que es un caramelo para un actor. Cuando al principio me preguntabas cuál había sido mi primer interés en participar en la obra, yo hablaba del texto y el trazado de los personajes. Pero, principalmente, me atrajo Rosales. A mí, en concreto, me suelen dar tipos bondadosos y nobles, que son muy bonitos de hacer, pero que ya los he interpretado muchas veces. Entonces, cuando me cae un malo, entre comillas, me hace mucha ilusión; aunque tenga que buscarle justificación a sus actos. El interés estaba en que el espectador empatizara de alguna manera con el personaje, el cual empieza insultando, pero también bromea… Y, poco a poco, lleva al público asistente a una encrucijada, en que dice: “este tipo no me cae mal, pero al mismo tiempo es un hijo de su madre”. Y ése fue el arranque. Luego, en la manera de trabajar, tenía el texto, todo lo que yo construí respecto a él, los antecedentes que tuve que perfilar claramente… Y, después, me apoyé en los compañeros. Creo que la virtud fundamental de un actor es saber escuchar. Un actor que no sepa escuchar, y que sólo esté pendiente de lo que él dice, es complicado que haga un buen trabajo. Yo he tenido la suerte de trabajar con tres espléndidos compañeros. A Asunción Balaguer, todo el mundo la quiere. Aparte de esas envidiables facultades a sus 88 años, tiene la cabeza absolutamente lúcida; una energía física maravillosa; y, sobre todo, una alegría continua ante la vida. Es una inyección muy grande de optimismo. Es la naturalidad personificada, la verdad… de ella recibes siempre algo nuevo que te enriquece. Con el personaje de mi hijo (que es Liberto en la función) tengo menos escenas, aunque la relación que hay es muy intensa y potente. Y de Liberto, lo que recibo es la fuerza y el dolor que padece su personaje. Y con quien tengo más texto es con Ruth Gabriel. Nunca había coincidido con ella, y ha sido un regalo tenerla en esta función. Me parece que es una de las mejores actrices que tenemos aquí en España. Trabaja con una enorme verdad, es una tranquilidad estar con ella en escena. (Sonríe abiertamente) No puedo separar a Ruth de Luz, y debo tener cuidado en las representaciones para no confundir los nombres. Basta con mirarla a los ojos para recibir de ella todo; y, en ese sentido, mi personaje viene condicionado por la llegada de Luz a su casa. Esa penumbra de fantasmas, de repente se ilumina. Con esos compañeros, la relación que ellos presentan en mí es lo que me enriquece, y hace que la función sea tan apetecible.

Photo Credits: Jesús Martín

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¿Te preparaste especialmente para encarnar a alguien aquejado de Alzheimer?

 

–          Sí. Tuvimos diferentes asesorías en los ensayos. Concretamente, sobre las patologías de mi personaje, la del doctor Javier Salas. Aparte, en mi familia, mi tía Carmina padeció esa enfermedad, y alguna vez pude visitarla; por lo que tenía datos directos. El doctor Salas me contó mucho sobre la energía física y sus actitudes. Pero el tema de la enfermedad es una pincelada más de mi papel, al que acude únicamente cuando ve cerca algún riesgo.

 

En uno de tus cortos de 2013 (Zombi, de David Moreno) interpretabas a un anciano con un principio de senilidad. ¿Te sirvieron algunos trabajos previos para preparar a Rosales?

 

–          En cuanto a los referentes, hay dos muy cercanos. El que citas, que es una hermosa historia, en la que se tratan temas como el del Alzheimer y el del derecho a una muerte digna. (Echa la mirada a la infinitud del blanco nuclear de la pared) Por cierto, nos decepcionó a todos el que -después de haber sido uno de los cortos más premiados del año- no fuera seleccionado por la Academia para los Goya; y yo lo voté, porque era muy hermoso. Otro Moreno, Fran, con el que rodé otro corto -que está todavía en posproducción y que grabé en Extremadura-… tuve ocasión de enfrentarme con un personaje tremendo, que está aislado en su casa y convive todavía con el cadáver de su mujer. Y también anda en silla de ruedas, como el doctor. (Hace una mueca amable) Recuerdo que las escenas de la escalera se rodaron en Madrid, y era impresionante; porque este personaje caminaba hacia la escalera para lanzarse desde ella, y teníamos unas medidas artesanas de seguridad para sujetarla. Esos han sido los papeles que he interpretado más similares a Rosales. Y, en cuanto a la estabilidad del personaje, hay tres con los que conecta: uno es el rey Basilio, de La vida es sueño, que hice con ese maravilloso hombre de teatro que es Calixto Bieito. El segundo lo encarné bajo la dirección de Ángel Facio, en un texto titulado El reloj, acompañado por cuatro bailarinas del ballet de Cuba. Es un anciano, en una residencia, y muestra un monólogo tremendo, en el que este hombre pasa unas situaciones absolutas de soledad, de irascibilidad y de borrachera. Y, en menor medida, en este teatro (el Fernán Gómez) hice con Joan Ollé Soldados de Salamina, y el personaje de Miralles (el anciano que perdona la vida a Sánchez Mazas), también iba en silla de ruedas y exhibía parecida acritud y sequedad.

Photo Credits: Jesús Martín

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El título de la obra, tanto el de Una vida robada y como el de La mala memoria, remite claramente a la intención de olvidar, una actitud tristemente célebre asociada a determinadas épocas de la historia de España…

 

–          Sí… Siempre que se habla incluso de La mala memoria, las referencias inmediatas son las que planteas. Y en el caso de esta obra, el tema concreto al que se hace referencia es el del infame comercio de bebés llevado a cabo por curas, enfermeras y médicos en este país, de los años setenta a los noventa. (Se queda segundos pensando) Yo soy un niño de la posguerra, y muy pocas personas de las que lucharon me han contado que ellos causaran muertes. Parece que nadie había hecho la guerra, y en ella estaban todos mis mayores, toda la generación de mis padres y mis abuelos. Pero, no encontraba a nadie que hablara de ello… Cuando algo te horroriza por dentro hay un deseo de olvidar, de tapar. Y en nuestro país, las grandes lagunas de la Transición han pagado el precio tan injusto de borrar a los que fueron maltratados de esa manera tan terrible por la dictadura franquista. Hay que llegar a todos los caminos de reconciliación, respetando siempre a las víctimas y protegiéndolas en todo momento.

 

¿Tienes la sensación de que los medios de comunicación han trivializado demasiado el asunto de los pequeños sustraídos ilegalmente a sus familias?

 

–          Personas que nos han asesorado, y que fueron niños robados, nos decían que les daba vergüenza ver los programas que tocaban el tema, porque descubrieron que había mucha falsedad y mentira. Veían esa tendencia a la falta de respeto y de pudor, al tratar de ofrecer ante el público el dolor y venderlo a cambio de audiencia.

 

Vamos a cambiar un poco de tercio. Recientemente has hecho tus pinitos como modelo, en el montaje fotográfico The Other Life, de Fernando Bayona. ¿Cómo recuerdas la experiencia?

 

–          Muy peculiar. Me vino a través de una actriz y compañera llamada Ana Otero. Me parece que la exposición tenía que ver con PhotoEspaña. Fernando me contó una historia para ver mi reacción. Me dijo que estaba haciendo una serie de fotografías sobre la homosexualidad, y el relato iba sobre un chapero. A él se le había ocurrido reflejar el encuentro de un padre y su hijo en ese mundo: los dos semidesnudos, en una cama… Y la fábula era muy potente pese a sus pocos datos. A mí me pareció una historia muy bonita. Previamente, busqué trabajos suyos y vi que era un espléndido fotógrafo. Así que me sentí muy cómodo, porque las sesiones fueron muy naturales.

Photo Credits: Jesús Martín

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Se puede afirmar que eres un actor al que no le asustan mucho los límites, ¿existe alguna barrera que nunca traspasarías a nivel profesional?

 

–          Sí, una muy clara. No participaría en ninguna obra en la que se defendieran cosas contrarias a mis ideas fundamentales. Por ejemplo, no colaboraría con ninguna creación machista… Leí una vez en un libro que una mujer decía que no le importaría hacer de fascista en una película en la que el director no lo fuera; y, en cambio, sí le importaría encarnar un personaje de izquierdas en una pieza dirigida por un fascista, y que encima defendiera el fascismo. Mi límite es no hacer nada que vaya en contra de lo que pienso y creo; y una película machista, racista, homofóbica… no… Esto no quiere decir que no haya participado en películas tontorronas, con personajes tontorrones. Pero no atacaban directamente mis pocas y fundamentales ideas de las que estoy seguro.

 

¿Qué le sueles pedir a un papel para que llame tu atención?

 

–          Que sea un personaje de carne y hueso, que se acerque a un ser humano y que pueda darle vida con mis recuerdos, experiencias y sensaciones.

 

¿Cómo se le queda el cuerpo a un profesional de la escena cuando desde el Ministerio de Cultura se pone en tela de juicio la calidad del cine español?

 

–          Duele mucho, porque cuando uno piensa en nuestro actual ministro José Ignacio Wert… (Enciende sus palabras con el sosiego).  Cuando se nombró a Wert como Ministro de Cultura, a mí la verdad es que me parecía un hombre razonable. Pero la imagen que destapó fue la de un gran despropósito. De hecho, es uno de los ministros peor valorados de este gobierno. Y en nuestro campo, el de la Cultura, estamos muy doloridos con este señor, que ha hecho tanto mal. Ese empecinamiento en cargarnos con ese IVA tan brutal ha hecho mucho daño… No te puedes imaginar la cantidad de compañeros que no han podido seguir trabajando… Esa concepción de que la Cultura es un puro entretenimiento no necesario… No entender que una sociedad sin teatro es una sociedad dañada, es privar al pueblo de su conciencia crítica. Tampoco entiende la cantidad de personas que viven de esta industria, y que es una fuente de riqueza para el país… En marzo, vamos a llevar a la calle la Cultura, con mil manifestaciones. Va ser muy especial.

Photo Credits: Teatro Fernán Gómez y Javier Naval

Photo Credits: Teatro Fernán Gómez y Javier Naval

 

Actualmente, tienes en la agenda el rodaje de La novia, de Paula Ortiz. ¿Podrías contarnos algo al respecto?

 

–          Se trata de una versión de Bodas de sangre, de Lorca. Recuerdo que estaba representando esta obra en el Teatro María Guerrero de Madrid, con José Carlos Plaza. En esa ocasión, el montaje estaba muy focalizado hacia la figura de la madre. Paula Ortiz, con quien ya había rodado algunos cortos y De tu ventana a la mía, asistió a una de las representaciones, y salió vibrando. Tres o cuatro años después de eso surge esta segunda película en la carrera de Paula, a través de un productor turco, uno alemán y la productora de ella. La idea es rodar la película parte en La Capadocia y parte en Los Monegros. Y mi personaje es el del padre de la novia, que creo que al final será Inma Cuesta. He leído algo del guión y es muy hermoso… muy lorquiano y peculiar. Creo que va a ser un largometraje importante.

Photo Credits: Teatro Fernán Gómez y Javier Naval

Photo Credits: Teatro Fernán Gómez y Javier Naval

El actor valenciano afronta los últimos días del montaje de "Tirano Banderas" en el Teatro Español de Madrid/ Photo Credits: Jesús Martín

El actor valenciano afronta los últimos días del montaje de “Tirano Banderas” ,en el Teatro Español de Madrid/ Photo Credits: Jesús Martín

El cielo capitalino amenaza con lanzar cuchillos escarchados, a través de un tenue fuego solar que más que quemar hace cosquillas. Diciembre ha vestido la Villa y Corte con los hielos de un invierno frío, tanto en las calles como en el ánima social. Paisaje sin más parapetos que los de la pura pasión, ni mayor lumbre que la del ingenio. Un desaliñado patio de butacas urbano por el que transita estos días, con paso ceremonial, el actor Juli Mira (Alcoy, Alicante, 1949); dentro de una liturgia turística que el intérprete mediterráneo cancelará en breve, cuando dé por finalizada su  cabalgata tragicómica en el Teatro Español, a lomos de Tirano Banderas de Valle-Inclán. El valenciano se sube desde el pasado octubre a las tablas del citado coliseo con el objetivo de defender –con mirilla de francotirador- la obra que inició el Esperpento, motorizado noche tras noche por la convicción de que las palabras del dramaturgo gallego no permanecen enquistadas en un pasado remoto, sino que saltan a la actualidad transformadas en recortes; dictaduras corporativas; imposiciones presidencialistas; leyes ajenas a los comportamientos libertarios; o pérdida de ilusiones colectivas.

La nueva adaptación del texto de Valle-Inclán está en la cartelera madrileña desde el pasado 10 de octubre

La nueva adaptación del texto de Valle-Inclán está en la cartelera desde el pasado 10 de octubre

Ataviado con sombrero oscuro y abrigo a juego, el que fuera padre en la ficción del poeta Jaime Gil de Biedma (en El cónsul de Sodoma, de Sigfird Monleón) gasta un discurso sereno, sin exceso de pulsión violenta. Virtud que muestra el carácter de un hombre cercano, accesible y sumamente sincero.

¿Qué te impulsó a meterte en un montaje como el de Tirano Banderas?

–          Bueno, en primer lugar, era un desafío importante; porque una obra tan difícil ya resulta incluso complicada de leer… Además, trabajar con Oriol Broggi (director de la adaptación) me hacía mucha ilusión; aparte de con toda la gente del elenco: los dos mexicanos, los dos argentinos, el venezolano y los españoles…

Photo Credits: Jesús Martín

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¿Qué aporta esta nueva versión del texto de Valle-Inclán?

–          He notado que Broggi ha hecho un juego muy bonito. Tiene una primera parte muy  de exposición; lo cual puede hacer que el público se pierda en algún momento. Eso pasa también en la novela. En ella, si la superas, entonces es cuando acabas de leerla; si no la superas, nunca acabarás de hacerlo. Pues aquí pasa un poco igual. Oriol ha consguido un juego muy divertido y trágico, según los diferentes momentos… y muy esperpéntico.

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Una de las cosas que más llaman la atención es que cada actor haga más de un papel…

–          Yo no soy partidario de duplicar. Pero meter ahí a  treinta y tantos individuos significaba hacer una superproducción insoportable en estos días. Había que ingeniárselas, para obtener el máximo rendimiento con el mínimo número de intérpretes posibles. Desde ese punto de vista, no hay más narices que aceptarlo. No obstante, yo soy de los que menos hago. Doy vida a cuatro personajes. Dos de ellos circunstanciales (un par de campesinos). Y los otros: uno menos importante (un sheriff cojo y pendenciero), y el otro de don Celes. Pero, al margen de eso, hay muchísima gente que hace seis y siete personajes; lo cual es bastante trabajo. Pero ahí estamos (esboza una risa franca, mientras da un trago a la copa de vino que reposa sobre la mesa del local donde tiene lugar la conversación).

Photo Credits: Jesús Martín

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Se ha hablado mucho sobre las implicaciones temáticas del texto. En tu opinión, ¿sobre qué versa Tirano Banderas?

 

–          Cuenta una historia real, o lo más real posible, en un país imaginario de América Latina. Y para mí, lo más importante es que es un argumento visionario. No se ha avanzado absolutamente nada. Están igual que estaban; incluso, estamos igual que estábamos. Se pasará de una revolución a otra, pero siempre habrá un tirano, llámese una persona o grupo de presión.

 

¿Es posible que el régimen del que habla la obra no quede circunscrito a una mera identificación con las dictaduras a groso modo? ¿Ves similitudes con supuestos gobiernos de las democracias occidentales?

 

–          Perfectamente. No hace falta calzador para meter a los actuales grupos de presión. Pueden ser partidos políticos o lobbies, pero que están marcando nuestra realidad y la de América Latina. Además de la de todo el mundo, en definitiva.

 

Tirano Banderas coincide en la cartelera madrileña con Montenegro, basada en Las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán. ¿No te resulta curioso?

 

–          Sí, y no lo he visto porque, claro, estoy en la función… Yo participé con Bigas Luna en un montaje sobre Las comedias bárbaras en Valencia, hace muchísimos años. Un trabajo en el que también participó Pedro Casablanc, que está en Tirano aquí conmigo. (Sonríe mientras se toma un respiro a modo de recuerdo) Hemos hecho juntos también dos de Shakespeare. A mí me entusiasmó esa historia; aunque allí había poco de Valle-Inclán. Era más el espectáculo de un gran creador, como era Bigas Luna, con un escenario de 10.000 metros cuadrados, en una nave de Sagunto, con caballos, con unas campanas que se fundieron para la función… Fue una auténtica maravilla.

Photo Credits: Jesús Martín

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¿Cuál fue tu papel en esas Comedias bárbaras?

 

–          Mi personaje allí era el de un clérigo con revólver al cinto, que disparaba mientras llamaba pecadores a sus feligreses. Y esperpéntico realmente (ríe).

 

Parece que, por lo menos, Valle-Inclán no pierde fuelle escénico. ¿Ves necesaria su presencia en el circuito teatral del tercer milenio?

 

–          Todo lo importante es necesario, y no olvidemos que Valle-Inclán es uno de nuestros grandes dramaturgos. Desde ese punto de vista, hay que bucear muy bien en su producción. Es que realmente es un autor magnífico, que no podemos obviar. Y está muy bien que se haga mucho a Valle-Inclán.

 

Tirano Banderas inicia, en cierta manera, el género del Esperpento. ¿No piensas que esta palabra esconde más identificación con la realidad que deformación de la misma?

 

–          Sin duda. Yo soy más de la opinión ésta. No deforma la realidad. Le quita la piel y te la deja cruda. Ése es el esperpento, y Valle-Inclán no es sólo un maestro sino su creador.

Photo Credits: Jesús Martín

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España, ¿fue, es y será producto de esperpento?

 

–          Seguro. No sé si será, pero que si ha sido y es; sin duda. Sin embargo, no me gustaría que continuara siendo carne de esperpento, sino que fuera algo que pudiéramos recordar y recrear.

Resulta llamativo que se siga mirando con lupa el tratamiento de las drogas blandas en los espectáculos, mientras que Valle-Inclán lo trata tan abiertamente en la obra…

 

–          Es que, claro, en América Latina las drogas son tan naturales como la vida misma. La coca se mastica continuamente, y la gente en Montevideo, por ejemplo, va con sus hojitas de coca… Es absolutamente normal, es una forma habitual de vida.

 

Por cierto, en el montaje le das una calada a un porro y el efecto parece demasiado inmediato…

 

–          (Suelta una carcajada al evocar la escena) Qué va. Eso es una…Lo exageramos, pero nada más. Nada que ver con la realidad… Se monta la pirula allí… Dos caladas y ya está colocao… Es conseguir el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo. No tratamos de recrear el proceso, para nada (nuevamente se ríe).

Photo Credits: Jesús Martín

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Tu personaje, don Celestino, es un paradigma de contradicciones muy en consonancia con los colonos peninsulares. ¿Cómo describirías a este señor de “bien”?

 

–          Es el perfecto español indiano, que va allí a sacar la pela  y las riquezas como sea. Para lo cual se alía con el poder, o con el mismísimo demonio si hace falta. Y se acabó la historia. Es lo que han hecho durante siglos con esas gentes.

En cierta forma, ¿puede haber alguna similitud con tu Antonio Cuadros de la serie Arroz y tartana?

 

–          Era otra historia. Te refieres… No, aquél es un valencianito venido a más, pero es tonto. Don Celes no es tonto, sabe a lo que va. El otro es un pobre hombre que ha tenido suerte en la vida y es otra cosa. Concebí a don Celes como una persona que sabe lo que quiere y busca: dinero, poder, riquezas… y se acabó. Y eso es lo que en definitiva hace. Puede tener ciertos remordimientos, pero se le pasan rápido.

Photo Credits: Jesús Martín

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En este proyecto, que está inscrito dentro del programa Dos Orillas, hay auténticas estrellas de la escena latinoamericana…

 

–          Sí. Emilio Echevarría, gran figura. Joaquín Cossío es una estrella en México, que trabaja en Hollywood. Los argentinos son dos actores magníficos y con gran capacidad camaleónica. Y luego, el apátrida que le llamo yo: el venezolano (Rafa Cruz) que hace catorce o quince años que vive en Barcelona. Y con toda esta gente, me he hallado muy a gusto. Con los españoles ya había trabajado anteriormente.

 

En calidad de actor, ¿qué te parece que un ministro como Cristóbal Montoro diga que el cine español no interesa?

 

–          Bueno, no me aporta nada lo que declare ese señor. Porque, claro, si dice que el cine español no interesa a nadie es que se ha quedado todavía en la época de Franco. No se ha enterado aún de que hay cine español. La opinión de una persona así, que ostenta un cargo de ministro… Como antes estaba Esperanza Aguirre, que le preguntaron que si había visto Airbag y dijo que sólo visionaba cine español… (sonríe).

Sin embargo, por todos los sitios se suelta el mensaje del divorcio entre el público y los cineastas de este país. ¿Estamos realmente tan mal a nivel audiovisual?

 

–          El cine está presionado por todas partes. Pero creo que, importándonos y aceptándonos, es una situación muy superable. No obstante, el problema verdadero es el del mal gusto, y eso sí que no tiene remedio. Por mucha cultura que uno tenga, si no tiene buen gusto, seguirá siendo un cateto. Y eso es lo que quieren hacer de nosotros: un país de catetos. Se está presionando desde todos los púlpitos del saber y desde la política para conseguirlo. Quieren que volvamos a ser lo que éramos antes. Estamos regresando. Tal vez no hicimos bien la Transición… Habrá que rehacerla.

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Recientemente, en una entrevista, José Luis Cuerda confesaba que rodar ahora una película en España era una auténtica heroicidad. ¿No es un poco triste viniendo de un maestro de su talla?

 

–          Lo entiendo perfectamente. Yo soy seguidor de Cuerda en Twitter. Estaba en el set de rodaje de un corto y, en el momento de entrar a grabar mientras esperaba, leí un tuit suyo y no pude entrar a trabajar, porque me partía. El tuit decía: “A mí, como cantante melódico, Montoro me ha decepcionado mucho”. Me parece algo tan sumamente inteligente, definitorio y claro…(Ríe)

 

¿Ves brotes verdes por algún sitio?

 

–          No veo la luz al final del túnel. Me gustaría, te lo juro; pero, por ahora, no la veo. La cosa está cruda…

 

Independientemente de la extensión del papel, tus caracterizaciones suelen ser muy intensas, altamente emocionales. ¿Qué es lo que le pides a un guion para ser de tu agrado?

–          Que me guste, que me haga sentir, que tenga carne con la que poder luchar delante de la cámara o en un escenario. Busco algo que realmente me motive. Eso es; no quiero otra cosa. Lo demás queda muy por debajo.

Photo Credits: Jesús Martín

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Una de las caracterizaciones de tu carrera que más me ha llamado la atención es la del padre de Jaime Gil de Biedma, en El cónsul de Sodoma (Sigfrid Monleón, 2009). ¿Qué sensaciones te transmitió este papel?

 

–          Eso fue una maravilla. Yo había trabajado con Sigfrid en una película que se llamaba (su primer largo) La isla del holandés. Pero este personaje que me comentas me daba la oportunidad de, con poco, dar mucho. Tiene una frase que dice, cuando el padre y el hijo están en el coche. Le comenta Jordi Mollà: “¿Te preocupa mi condición?” Y él contesta: “No, pero eres un Gil de Biedma, y eso procura respetarlo” Ahí está la comprensión, la ternura, todo. Disfruté enormemente, y me encantó trabajar  nuevamente con Jordi.

 

Aunque fue una pena que la película no tuviera mayor apoyo exhibidor.

 

–          Sí, yo vine al estreno y fue lamentable. Pero estamos acostumbrados a esas cosas también. Los que hemos vivido toda una época de fracasos inducidos, los ocasionales ya no nos afectan. Es decir: tú sabes lo que has hecho, y sabes lo qué hay. Si ahora no funciona, ya lo hará.

 

También fue un poco penoso que con un tema tan triste y descarnado, la gente se quedara en la simpleza de si había exceso de desnudos o de escenas de cama más o menos explícitas…

 

–          Esa es la España que quieren los políticos que siga funcionando. La España de la pandereta, que se queda en las anécdotas, en lugar del contenido. Ese país que no va a la profundidad de lo que ocurre…

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En todo este tiempo que llevas en la profesión, ¿has notado muchos cambios desde tus comienzos a la fecha actual?

 

–          Bueno, yo empecé a dedicarme al teatro a los 39 años. No he vivido lo anterior más que desde el punto de vista amateur. Sé que, desde que debuté a hoy, la profesión ha ido cuesta abajo. Cuando dejé el banco y me fui de cómico había muchas oportunidades, ganas y plataformas para hacer cosas. Había sitio, y cada vez va quedando menos lugar para nosotros.

 

En un medio de comunicación estadounidense leí que Kevin Kline se refería las transformaciones de los hábitos entre los aspirantes a actor. Decía que ahora los jóvenes lo único que desean es lograr la fama a toda costa. ¿Observas tú también algo parecido?

 

–          Eso obedece a modas pasajeras. Llegará un momento en que la gente se dará cuenta de que un actor no es una planta de tío o de mujer, no es una cara bonita… Es un montón de cosas más. Y eso está o no.

 

Perseguir el triunfo rápido y de esa manera, ¿se carga la cultura?

  

–          Se carga el sistema, no la cultura. Hoy lo que prima es hacer una serie de éxito, y ya eres un grande de la pantalla. Esa persona está puesta ahí porque es un producto de marketing. Tengo un amigo, que es profesor de Arte Dramático en Valencia, que les preguntó a sus alumnos por qué querían ser actores, y muchos dijeron que por ser famosos y que la gente les reconociera por la calle. No por hacer un Shakespeare y disfrutarlo. De eso se aprovechan los maestros del marketing. Y de vez en cuando se equivocan. Tengo un referente que ha sido un tío de éxito en televisión por guapo. Ese hombre se ha subido al escenario en el más completo anonimato, por gusto. De vez en cuando sale uno: ¡coño!, ¡qué bien!, ¡leche!… (Ríe y bebe de su copa).

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En esa sinrazón del culto a la imagen a toda costa, ¿no tiene también mucha culpa el público?

 

–          Pero eso ha ocurrido y ocurrirá siempre… El otro día, estaba yo tomando el aire antes de entrar en el camerino, y una señora mayor estaba hablando por teléfono y decía: “Voy a meterme aquí en el teatro, porque voy a ver Antonio Banderas, de Valle-Inclán”. Bueno, la señora no sabía dónde se metía, pero seguro que se fue en el entreacto…

 

Tú has probado todos los palos de la baraja artística (teatro, cine y televisión), ¿la diferencia entre ellos estriba en la distinta manera de calibrar las emociones?

 

–          Sin duda. La labor de síntesis que tienes que hacer al trabajar en televisión o en cine es muchísimo mayor que en el teatro. Allí tengo que sintetizar una mirada y decir un montón de cosas con ella, y en el teatro no tengo esa mirada. Poseo sólo mi cuerpo y a todos los demás actores. En cine, a lo mejor, cuento sólo con mis ojos. Es decir, tienes que sintetizar mucho las cosas.

Photo Credits: Jesús Martín

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¿Pasar un tiempo en la banca es un método aconsejable para hacer tablas de cara a una carrera en los escenarios?

 

–          Es un buen sistema para aprender que no debes estar allí, y largarte cuanto antes (Ríe). Al margen de que yo me haya dedicado veintiún años a trabajar en banca, me ha gustado el teatro desde joven. Me gastaba las vacaciones en cortos y haciendo cine amateur. Al final me fui porque necesitaba decir basta ya.

 

¿No tuviste vértigo al cambiar a una vida mucho menos segura contractualmente?

 

–          En mi caso, se dio la cosa muy trillada, no fue traumático. Me fui del banco en 1989, y me contrataron en un estudio de doblaje en donde cobraba tres veces lo del banco. Mi mujer y mi familia me apoyaron. Fue muy bien. Lo que pasa es que yo ya tenía muy asumida mi frustración por no dedicarme a lo que yo profesaba. Sabía que quería hacer mis cosillas y ya está. Al final, se me presentó la oportunidad de irme a trabajar a Valencia, para la televisión que ahora nos acaban de quitar, de robar, se llama así… (Cambia de tercio para denunciar la situación de Canal Nou) Teníamos un dinero que nos había costado y que habíamos hecho todos los valencianos, y nos la han robado. Pero no ahora: la robaron antes, cuando utilizaron lo nuestro para su provecho, para ser el boletín oficial del PP de Valencia… y punto. Entonces es cuando nos la robaron. Para esa televisión empecé a trabajar en doblaje.

Photo Credits: Jesús Martín

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¿Poner voz a otros es un método adecuado para…?

 

–          Es una buena escuela para el doblaje, es una faceta para la interpretación. Y sólo sirve para eso. Hacer un doblaje honesto es lo mejor. Yo prefiero una versión original a un mal doblaje. Pero, como yo no sé idiomas, prefiero una buena traducción dramatizada. La versión original luego la veo por otras cuestiones más técnicas; pero, para enterarme bien de aquello, requiero un buen doblaje. Y para conseguirlo, tienes que interpretar y seguir el camino que ha emprendido el actor. La voz debe ir unida a su imagen, porque si no es un mal doblaje.

 

De todos a los que prestaste timbre, ¿qué actor fue el más problemático?

 

–          Sobre todo, doblé mucho a Marlon Brando. Era un hombre muy difícil de doblar, porque de entrada no sabía el guion nunca. Y esas miradas de Brando al infinito eran en realidad al cartelón que le estaban poniendo. Pero luego daba a eso verosimilitud, y lo hacía verdadero. Si no vas por ese camino, se dan de hostias la imagen y el sonido.

 

Se suele hablar de la moral alcoyana. ¿Qué es eso de la idiosincrasia de esa tierra?

 

–          No sé qué decirte sobre la idiosincrasia… Somos de una pasta distinta con respecto al resto de la comunidad valenciana. Alcoy está más próximo de Barcelona que de Alicante o de Valencia. Estamos muy lejos culturalmente. Es una especie de emirato independiente. Alcoy, por sus formas de vida, ha sido siempre una ciudad muy aislada. Ha tenido una gran industria textil más relacionada con Cataluña. Aparte, está en un hoyo rodeada de montañas, y sólo tenía comunicación con Valencia por tren o por carretera, que tardabas más de hora y media. Alcoy, si ha querido teatro, ha tenido que crear sus compañías… Así que la idiosincrasia alcoyana significa eso. Coño, una ciudad que no tiene mar y que no tiene agricultura inventa las aceitunas rellenas de anchoa, y tiene empresas de esto a nivel nacional…. (Mira con determinación para apoyar su discurso).

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Supongo que para un valenciano, debe significar algo especial encarnar al genial Vicente Blasco Ibáñez…

–          He tenido ocasión de volverlo a hacer en un documental dramatizado sobre Los cuatro jinetes del Apocalipsis que creo que será un éxito, y allí hago de Blasco Ibáñez cuando estuvo en París, donde escribió la novela. Es un placer enorme. Ya lo había hecho en un proyecto de serie sobre El cuento del verdugo, cuando éste va a ajusticiar a uno y tiene que pasar la noche en la cárcel con un preso. Pues ese preso hicieron que fuera Blasco… y pasa la noche con el verdugo. Esa serie, que la hice en el noventa, no fructificó.

 

A esas dos se suma la mini-serie Cartas a Sorolla. Después de los tres acercamientos, ¿cómo ves al autor de La barraca?

 

–          Blasco era un gran escritor, un gran aventurero. Le encantaba comer bien y vivir bien… Era muy valencianote… Sobre todo un magnífico literato y un gran artista. Con su carácter, con su manera de narrar y audacia, habría sido una gran figura de los guiones norteamericanos.

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Tras más de veinte años al pie del cañón, ¿cuál ha sido el momento más embarazoso que has tenido que afrontar?

 

–          Recuerdo haciendo Top Dogs (Perros de presa) en Valladolid, dirigida por Mario Gas. Había un momento en que los personajes empezábamos a hablar sobre nuestros sueños. Yo salgo por el patio de butacas hablando de mi sueño, y éste es que vamos mi jefe y yo a escalar a una montaña porque a él le gusta mucho el alpinismo. Yo voy con él y, cuando estamos arriba en la cumbre, le doy un empujón y le tiro. Entonces empiezo a describir cómo se da tortazos contra las piedras, cómo se esparce su cerebro… Y eso se lo contaba a otro personaje, como estamos ahora tú y yo; y, diciéndole esto, el otro dice: “¡Qué asco, no!” Me quedé en blanco, de un blanco nuclear. Fue realmente espeluznante. Fui al final del monólogo, lo terminé y me largué. Fue duro de comer.

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¿Y lo más arriesgado?

 

–          En una historia medieval titulada Tramontana (Carlos Pérez Ferré, 1991) yo hacía un personaje, una especie de mercenario de la época. Entonces, voy por la sierra y tal, y veo una caravana de gente que pasa por debajo. Tengo que asomarme, y había treinta metros. No lo he pasado peor en mi vida. Me acercaba con el caballo y pensaba, si ahora viene una abeja, pica al animal y se resbala, nos vamos los dos a tomar por saco. Pero, bueno, se hizo (Risas).

 

¿Y alguna vez has sentido incomodidad?

 

–          No. Nunca me he sentido incómodo con un personaje. Siempre he tenido las suficientes justificaciones para todo lo que estaba ocurriendo en cada momento. He hecho de gente perversa, pero he buscado la parte humana del tema. Si no lo hiciera así, lo pasaría fatal.

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De entre todas tus interpretaciones, ¿con cuáles te quedas?

 

–          Las que amo tanto a todas… (Piensa) Por ejemplo, el tío Ramonet, de Gracias por la propina (Francesc Bellmunt, 1997). Otro es el padre de Gil de Biedma, en El cónsul de Sodoma. Otro, que me encantó con sus críticas, el del doctor Farrús, en La isla del holandés. Y también me caló el de Las voces de la noche (Salvador García Ruiz, 2003).

Como el padre de Jaime Gil de Biedma, en "El cónsul de Sodoma"

Como el padre de Jaime Gil de Biedma, en “El cónsul de Sodoma”

 

En una entrevista de hace tiempo confesabas que el cine te atraía sobremanera, ¿por qué?

 

–          Me gusta muchísimo el cine. Pero cuando dije eso, y hace la tira de años, todavía existía aquel motor en la cámara. El ruido, ese sonido que me ponía a 2.000 por hora, me hacía entrar en el personaje. Era el detonante para ponerme delante de la cámara. Eso ya ha pasado a mejor vida, ahora no se escucha nada…

 

Tras comprobar tu filmografía, he notado que participas en muchos cortos, ¿es por un asunto de libertad creativa o algo por el estilo?

 

–          No, lo único que busco es que me guste lo que me proponen. Lo último que he hecho ha sido para un alumno de la Escuela de Fotografía en la Ciudad de la Luz, y todavía no se ha terminado. Lo he rodado con Enriqueta Carballeira y disfrute muchísimo.

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¿De qué va la historia?

 

–          Es sobre un operador de un cine que está enamorado de la taquillera. Y van a cerrar el cine… y lo cierran. Es eso. Un poco como Cinema Paradiso

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