Vilhelm Hammershøi era un mesurado tejedor de lienzos. Las atmosféricas secuencias que este pintor danés rescataba de su realidad más cotidiana transpiran una quietud estimulante, casi hipnótica. Juegos de luz y sombras, haces lumínicos cegados por grises expansivos y figuras sutilmente espectrales conforman los motivos artísticos más habituales en el sorprendente legado plástico de este artista, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX; un conjunto de cuadros misteriosos y magnéticos, en los que se nota la pasión de alguien anhelante por captar la brevedad del tiempo.
El museo nacional Tyssen-Bornemisza reúne en Madrid cerca de un centenar de las creaciones de Vilhelm Hammershøi, para mostrar la fuerza arrolladora y silente de este maestro nórdico de interiores dramáticos, sublimados por la belleza eterna de las introspecciones voluntarias. El título de El ojo que escucha, con el que la pinacoteca de la Villa y Corte ha bautizado esta primera retrospectiva de Hammershøi en España, revela el elemento confesional y privado de un recorrido que expone chispazos de la autobiografía del creador danés, a través de retratos que el artista realizo de sus parientes, su mujer y algunos de sus amigos; sin olvidar las ocasiones en las que el modelo fue él mismo (piezas que se hicieron más frecuentes durante los últimos años de su existencia).
Admirado por el padre del Impresionismo, Pierre-Auguste Renoir, y por intelectuales tan valorados como el poeta Reiner Maria Rilke, Vilhelm Hammershøi dedicó su vida a buscar las emociones en los espacios aparentemente teñidos por el óxido de las monotonías aceptadas, donde los puntos de fuga son simples y desnudas ráfagas de luz, vestigios de sombras atemorazantes, figuras humanas que escapan de las identificaciones agradecidas y habitaciones en las que la carcoma se deshidrata frente a constelaciones pictóricas surgidas de los abismos de eternidades orquestadas.
VILHELM HAMMERSHOI FUE UNO DE LOS ARTISTAS DANESES MÁS DETERMINANTES EN LA PLÁSTICA DEL PAÍS DE CARL BLOCH Y DE LA CORRIENTE DE SKAGEN
Las últimas dñecadas del siglo XIX y las primeras del XX supusieron una auténtica revolución vanguardista en la tierra de Hans Christian Andersen. La generación agradecida de pintores, escultores y arquitectos -surgida a partir del academicismo y las revelaciones de un romanticismo plagado de sonoridades emotivas- dio pie a la proliferación de creadores que amoldaron el paisajismo agreste y gélido danés a los rigores expansivos del realismo, y de un impresionismo inspirado en las escenas campestres provenientes de Francia.
Dentro de esa especie de edad dorada de la plástica nórdica, Vilhelm Hammershøi optó por practicar un simbolismo de interiores existencialistas, estilo que posteriormente dio caudal de autenticidad al hiperrrealismo de maestros como el norteamericano Edward Hopper. Sin embargo, en la paleta de VH también hay una conexión calórica con la producción totémica del neerlandés Johannes Vermeer, aunque el contexto que ambos reproducen sea diametralmente distino en formas e intenciones.
El recorrido propuesto por el museo nacional Tyssen-Bornemisza podría ser una guía figurada para descubrir las entrañas de la tétrica mansión de Thornfield Hall, con una Jane Eyre en continua ausencia, tan tímida como privada; y un Edward Rochester que únicamente anuncia un impactante encuentro que nunca llega a producirse.
La vida cotidiana de Vilhelm Hammershøi comparece a través de oníricas entonaciones de silencios, que se extienden en el subconsciente de secuencias congeladas en el tiempo y el espacio; mientras los espectadores se cuestionan las innumerables ambigüedades que el artista intenta transmitir en cada lienzo e imagen.
La esposa de VH, la vaporosa Ida Ilsted, aparece representada en varias de las obras, como si se tratara de la conocida compañera de Rembrandt, la singular Saskia van Uylenburgh. Ella protagoniza los chispazos humanos de unos bodegones sin frutas, solo nutridos por la sobriedad enérgica de los muebles y los ventanales que absorben mensajes de libertades soñadas.
Nota: Hammershøi. El ojo que escucha estará en el interior del Museo Nacional Tyssen-Bornemisza de Madrid hasta el próximo 31 de mayo.
Más información, horarios y entradas en