Jodie Whittaker ya prepara su debut en la serie decana de la cadena pública BBC, en la piel del mítico Señor del Tiempo, más conocido por los espectadores como Doctor Who.

La legendaria producción británica para la pequeña pantalla, la cual acredita cincuenta y cuatro años de historia audiovisual, convierte por primera vez al protagonista en una mujer, después de doce actores masculinos comandando la Tardis.

Jodie Whittaker ha logrado fama y reconocimiento por sus interpretaciones precedentes, en obras tan valoradas por la crítica y el público como Broadchurch y Black Mirror.

Jodie Whittaker en la primera imagen que la BBC ha proporcionado de ella en la piel del nuevo Doctor Who

Jodie Whittaker, en la primera imagen que la BBC ha proporcionado del nuevo Doctor Who/ Foto: BBC

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La CBC adapta la historia de Arturo Pendragon en 10 episodios

La CBC adapta las hazañas del primer rey británico en 10 episodios

Existen pocas historias tan lucrativas como la de Excalibur y el monarca llamado Arturo, cuyo reinado comenzó -según la leyenda- en el momento en que extrajo la hoja de la mencionada espada de una roca mágica. Aparecida por primera vez a través de la pluma de Chrétien de Troyes, la singladura aventurera del vástago del adúltero Uther Pendragon y sus valerosos caballeros han surcado los campos de la Britania anterior a la unificación isleña en no pocos relatos, inmortalizados en su mayoría por fotogramas proyectados en la pequeña y la pantalla grande. Con ellos, el personal se quedaba con la quijada obstruida ante las proezas de este grupo de corajudos guerreros en una época de cuento, donde las damas caían a los pies de los armados militares, y los dragones imperaban a fuego en los cielos del norte.

Aún no ha pasado ni un año desde la emisión de la última temporada –la tercera- de la serie de la BBC titulada Merlin, y ya existe en el universo catódico una renovada aproximación a la figura del primer gobernante de lo que posteriormente sería United Kingdom: el hombre que se embarcó en la búsqueda del Santo Grial, y estableció las bases de lo que acabaría transformándose en el parlamentarismo que se conoce en la actualidad.

De la mano de los creadores televisivos Michael Hirst y Chris Chibnall, la Canadian Broadcasting Corporation ha montado Camelot: una producción de diez capítulos en los que los autores reviven -con la fuerza de las tecnologías más propias del siglo XXI- personajes tan conocidos y admirados como el mago Merlín, el incauto Arturo, la pérfida Morgana y el violento Uther Pendragon.

En un tiempo indeterminado, que bien podría remontarse a las postrimerías de la dominación romana del territorio inglés, el argumento elaborado para el serial intenta explorar el cosmos del dueño de Excalibur con una nueva perspectiva, centrada en unos contenidos adultos y secuencias no aptas para menores; actitud que entra en contradicción con la suavidad expuesta por la mencionada Merlin, la obra protagonizada por Colin Morgan, Bradley James y Richard Wilson. Esta distinción voluntaria comienza en la propuesta de Hirst y Chibnall con el dibujo diferenciador de los protagonistas: Arturo y Merlín. Mientras en la producción de la BBC estos eran de una edad similar; en Camelot, ambos pertenecen a generaciones diferentes, siendo el hechicero algo mayor que su señor. Así, la relación queda mediatizada por una especie de tutelaje que nada tiene que ver con el colegueo de las caracterizaciones de Morgan y James. Un parecido interés por hacer de la brujería el leitmotiv de la mayoría de las tramas hermanan la serie de 2011 con su precedente de la cadena pública británica; aunque en la versión más reciente los responsables apuestan por una iconografía menos clara y una atmósfera envuelta en oscuridades, que la alejan de la faz más de cuento de hadas de la ficción de 2008.

Marcar las distancias con respecto a las anteriores adaptaciones es lo que se han propuesto desde el pitido incial los creadores de Camelot, algo que les ha llevado a acercar su entramado escenográfico al de cómics del estilo de Kull y Conan; en los que la sensualidad, la codicia y la magia conforman los ejes conceptuales de las historias, mucho más que el honor, los amores regios y las gestas en torneos para ganar el corazón de la damas. Tal vez, exista una cierta relación, más de espíritu que de forma, entre Camelot y Excalibur (John Boorman, 1981); aunque el ansia por aposentar sus influjos más allá de lo meramente artístico nivela el trabajo de Hirst a la altura de espectáculos polemizadores y descarnados como Roma y Spartacus.

Junto a esta vuelta de tuerca a las leyendas artúricas, el elenco interpretativo es el otro plato fuerte de este serial dividido en diez entregas. Abriendo el cuadro dramático está el cada vez más solicitado Jamie Campbell Bower (Londres, 1988). El emergente ídolo de jovencitas de Harry Potter y las reliquias de la muerte parte segunda (en la piel de Gellert Grindelwald) y de la saga Crepúsculo (Caius) se atreve a liderar el producto televisivo embutiéndose en la reluciente armadura de Arturo. Acción mucho menos arriesgada tras comprobar que está flanqueado -con maestría y aplomo- por los fogueados en mil batallas Joseph Fiennes (el hermano menor de Ralph encarna al especial Merlín, después de haber pasado sin pena ni gloria por la extraña y floja Flashforward), Tamsin Egerton (Ginebra), Claire Forlani (Reina Igraine), la francesa y antigua chica Bond Eva Green (Morgana), James Purefoy (Rey Lot) y el alemán Sebastian Koch (Rey Uther).

Los escenarios inmensos de Canadá, Irlanda e Inglaterra, y los platós de Estados Unidos, construyen la orografía visual de Camelot; un producto que generará división de opiniones, y que concitará frente al televisor a millones de aficionados a un género que nunca pierde fuelle. Aunque, los más veteranos o estudiosos del medio de las seiscientas veinticinco líneas quizá añoren los tiempos mucho más realistas de la genial Arturo de Bretaña, cuyas temporadas de 1972 y 1973 mostraron convincentemente lo que podía ser el universo del portador de Excalibur, y lo hicieron con costumbrismo tribal y la adecuada verosimilitud histórica.