Napoleón no escapa a los errores históricos

La épica película de Ridley Scott, centrada en la figura del mandatario francés que conquistó Europa, sorprende por su sentido épico y su apabullante escenografía, pero naufraga desde el punto de vista de la verosimilitud histórica. Las inconexiones entre la vida real y lo expuesto en el guion de David Scarpa lastran a esta ambiciosa y multimillonaria producción, y evitan que esta obra supere a otras recreaciones de la existencia del emperador galo, como la llevada a cabo por el legendario Abel Gance, en 1927.

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Napoleón
Napoleón engrandece su curso narrativo gracias a la excelente caracterización de Joaquin Phoenix.

Napoleón es un personaje con un poder de atracción obvio y casi hipnótico, debido sobre todo a su apasionante curso existencial.

Desde su vertiginosa carrera militar, en la que ascendió por su inteligencia y sagacidad, a su capacidad como estratega y conquistador, el gobernante surgido de la Francia revolucionaria ha seducido a numerosos cineastas a lo largo de las décadas.

Ya en 1927, el director Abel Gance se acercó con profundidad dramática a la esquiva personalidad de este hombre nacido en Córcega. Un retrato compuesto por sinuosos laberintos emocionales, que Gance diseñó con imaginación y sinceridad en algo más de cinco horas de metraje, para escenificar a base de fotogramas los cincuenta y un años de vida del que fue el auténtico dominador de Europa, de 1804 hasta su derrota definitiva en la batalla de Waterloo (1815).

Ridley Scott recupera el interés por dar a conocer los resortes ocultos de Napoleón Bonaparte, y lo hace con el reto añadido de enganchar al público altamente tecnificado del siglo XXI: incapaz en su mayoría para mantener la atención ante productos demasiado extensos en duración, y carentes de la habitual descarga de intensidad que provocan los efectos audiovisuales propios de las movies de superhéroes. Unas audiencias educadas en la brevedad expositiva de las redes sociales, y mediatizadas por los mensajes limitados en tiempo y espacio.

Debido a esta realidad, componer un biopic como el de Napoleón resulta particularmente difícil en estos años de neones publicitarios; como lo fue para Christopher Nolan hacer lo propio con Robert Oppenheimer. Y aunque esto no excusa muchos de los fallos incluidos en el guion de David Scarpa (La última fortaleza), sí que da una ligera explicación de la pirueta sobrehumana que supone generar los buscados beneficios en la taquilla, y mantener una necesaria -pese a su ligereza- fidelidad milimétrica hacia los acontecimientos históricos que narra el film.

Napoleón
Napoleón exhibe una sorprendente labor de dirección artística.

Sin embargo, la comprensión para perdonar los sacrificios respecto a la vaporosa verosimilitud con el retrato de Bonaparte y de sus gestas bélicas queda un tanto deslucida ante los comentarios fuera de tono de Ridley Scott, quien ha llegado a asegurar que no se ha leído ni una sola biografía sobre el icónico emperador corso. Esto también deja claro el tremendo error en la conformación del reparto original en cuanto a sus papeles principales.

Según la historia comprobable en cualquier manual, Napoleón era seis años menor que su primera esposa, Josefina. Algo que se obvia en la película, donde Joaquin Phoenix es catorce años mayor que la británica Vanessa Kirby, quien encarna a la citada Marie-Joséphe Rose Tascher de la Pagerie. Y eso que al final, el rol no ha recaído sobre la camaleónica Jodie Comer (la actriz que Scott tenía en mente para Josefina, y la cual es diecinueve años más joven que Phoenix).

NAPOLEÓN SACRIFICA EL RIGOR HISTÓRICO PARA CAPTAR A LAS AUDIENCIAS PROPIAS DEL SIGLO XXI

A Ridley Scott no le pillan de nuevo las críticas a su supuesta falta de verosimilitud histórica, a la hora de elaborar un largometraje destinado a romper las taquillas. Ya le pasó con Gladiator, y con su visión del imperio romano; asunto que solventó con su brillante planteamiento desde el punto del vista del entretenimiento, muy en la línea de lo que hacía Hollywood en su época dorada de los grandes estudios y el star system.

Como recuerdo de esas décadas en blanco y negro y en tecnicolor, el mismo Cecil B. DeMille, frente a los sectores intelectuales contrarios a las escenificaciones espectaculares de Los diez mandamientos y Las cruzadas, afirmaba que el séptimo arte tenía la misión de sorprender a los espectadores y emocionarles, más que de ofrecerles una lección pormenorizada y aséptica de la Historia.

Napoleón parece seguir al pie de la letra los consejos del magistral DeMille, pero carece de los resortes artísticos y empáticos que el director de La policía montada del Canadá sí acreditaba. El responsable de Blade Runner intenta jugar con la relación amorosa entre Bonaparte y Josefina como hilo conductor, aunque esto no otorga la necesaria profundidad psicológica a un hombre tan misterioso y atrayente como el del militar que venció a las mayores potencias europeas en el campo de batalla, y que mantuvo su hegemonía en el viejo continente durante algo más de una década.

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Napoleón no aporta un retrato de Bonaparte debidamente profundo y trabajado.

Junto al fallo en el cálculo de las edades de los intérpretes de NB y Josefina, la cinta de RSc también contiene derrapes que podrían haberse evitado; ya que no suponían aspectos fundamentales para el desarrollo de la trama. Por ejemplo, se antoja como ilógico que Scott se empeñara en situar a un joven Napoleón entre la muchedumbre que contempló la ejecución de la reina María Antonieta (nunca estuvo allí), o que este disparara un tiro a una de las pirámides de Egipto en la campaña llevada a cabo en ese país (Bonaparte era un admirador confeso de las construcciones faraónicas y nunca consentiría agresión alguna contra ellas).

Tampoco la secuencia de los cañonazos sobre el hielo del tráiler oficial sucedió tal cual, aunque es asumible por el impacto que un enfrentamiento así genera al ser proyectado en la pantalla gigante de un cine.

Incluso por sus omisiones, la obra del creador de Alien, el octavo pasajero pierde peso específico. Dentro de esos olvidos se encuentra la Guerra de la Independencia española, e incluso queda desdramatizada la campaña de Waterloo, con la que acabó sus días de gobernante el antiguo militar de infantería (es mucho más creíble el marco de Waterloo que plantea el escritor William Makepeace Thackeray en la novela La feria de las vanidades).

Por el lado positivo, Ridley Scott sí acierta con el sentido épico que imprime en el extenso metraje del film, y al que accede en los momentos adecuados; además de diseñar una brillante iconografía pictórica, y presentar una excelente labor en la confección del vestuario.

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