Julian Barnes quita el polvo al estalinismo

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Julian Barnes pide prestada la TARDIS al Doctor Who, para retratar las candentes calderas de la U.R.S.S., durante la época de las purgas de Stalin. El ruido del tiempo (Anagrama) es el título de este viaje a los abismos de las persecuciones soviéticas, ideado por el autor nacido en Leicester. Un texto que protagoniza un ambiguo héroe tomado de la realidad: el compositor y músico Dmitri Shostakóvich.

Julian Barnes crea un relato ligero y emocionante a partir del enfrentamiento entre arte y poder
Julian Barnes crea un relato ligero y emocionante, a partir del enfrentamiento entre arte y poder

Los gobiernos totalitarios suelen tener un enemigo cierto e inmutable: la libertad de pensamiento que el Arte y la Cultura traen consigo. No importa si se trata de dictaduras de izquierdas o de derechas: en su obsesión por prohibir la creatividad alejada de lo dogmático, los mandatarios con discursos atomizadores siempre sueñan con amordazar a los escritores, filósofos, dramaturgos, pintores, escultores… y a los músicos.

A esta última categoría pertenece el protagonista de El ruido del tiempo, la novela elaborada por el lexicólogo Julian Barnessobre la intimidación social que sufrió Dmitri Shostakóvich a lo largo del mandato de Iósif Stalin.

Julian Barnes comienza el relato con la prohibición de la ópera "Lady Macbeth de Mtsensk", obra de Shostakóvich
Julian Barnes comienza el relato con la prohibición de la ópera “Lady Macbeth de Mtsensk”, obra de Shostakóvich

Los amargos años de silencio, propugnados por el país de la hoz y el martillo hacia el trabajo del genio de San Petersburgo, fueron como dardos envenenados, que dirigieron la evolución del creador ruso hacia los universos oscuros del tenebrismo romántico, teñido de expresionismo ulceroso. Este arco existencial es lo que cubre el writer de El loro de Flaubert, apañado con un laberinto de diálogos ingeniosos y reflexiones demoledoras, destinadas a congelar las pulsaciones de la Historia.

JULIAN BARNES Y EL ALMA DE LA CONFUSIÓN

Los que padecieron en sus carnes la Caza de Brujas en Estados Unidos cuentan que muchos de los actores, directores y guionistas acusados de practicar el ideario marxista/ leninista se aprestaron a blandir la bandera de las barras y estrellas, con las puntadas de la delación y la irracionalidad negacionista. Actos de supervivencia que igualmente prendieron en los dominios bolcheviques.

En este sentido, y tras leer El ruido del tiempo resulta irónico llegar a la conclusión de que, al final, la llamada Guerra Fría de bipolar significado fue un único comportamiento con antagónicas maneras de entender la distribución y generación del capital; un manual de activación ciudadana, desplegado con la maquiavélica misión de amedrentar a los pensadores no controlados con las camisas de fuerza del poder institucional.

Julian Barnes se fija en la imagen de Shostakóvich (en la foto)
Julian Barnes se fija en la imagen de Shostakóvich (en la foto)

Sobre esos raíles conductores hacia la alienación colectiva es donde JB sitúa la acción de la novela. Ambientada en el Leningrado de 1937, la trama inicia su recorrido argumental con la representación de la excepcional partitura de Lady Macbeth de Mtsensk (estrenada originalmente en el Teatro Maly de Leningrado en 1934). Allí, escondido entre los cortinajes de un palco, Stalin asiste al espectáculo planeado por el entonces joven Shostakóvich.

Al principio, todo parece ir medianamente bien. Pero, al día siguiente, una crítica demoledora en el diario oficial Pravda (titulada Caos en vez de música) hace que la ópera sea retirada de la cartelera, y su autor censurado como peligroso para el régimen. A partir de este hecho, Barnes torna su pluma en un estilete de decisiones hirientes, por las que deambula el personaje principal: un tipo siempre asolado por el fracaso programático, estipulado desde las altas esferas del Kremlin.

El narrador isleño mezcla realidad y ficción imaginativa en un relato que juega en todo momento con la exactitud de las emociones que describe, constantemente regado por recuerdos alterados y subconscientes. Shostakóvich aparece en tal escenario como víctima, pero también se erige como enigmático prisionero de una cárcel figurada; en la que debe sortear los baches del destino, sin por ello renunciar a su esencia como ser humano.

Los años del Gran Terror, estampados con el decorado de Siberia como castigo infernal, amenazan al angustiado protagonista, pero nunca alcanzan sus reservas energéticas hasta agotarlas. A lo largo de más de dos décadas, el compositor ruso tiene que soportar el desprecio de Stalin y de sus correligionarios, un asunto que empieza a suavizar sus formas tras la muerte del dictador.

Esa dicotomía entre la rebeldía y la fidelidad al régimen, en la que se sume el admirador de Mahler y Músorgski, marca el desarrollo de la historia, hasta desembocar en los meandros insidiosos de la tibia asunción del abstracto concepto de patria. Resignada actitud que concluye con la adscripción de Shostakóvich al Partido Comunista, fechada en 1960.

Paradojas aparte, El ruido del tiempo se percibe como una narración inspiradora, alumbrada con los focos de la ansiedad y las luces de la devoción hacia el comportamiento distorsionado.

Un acercamiento de laboratorio pintado con los diferentes colores que presentan la derrota moral y las resistencias infinitas: campo donde Dmitri Shostakövich aprendió a configurar su determinante currículo de notas profundas.

Julian Barnes (en la foto) imagina y verbaliza los sentimientos de Shostakóvich/ Foto: Alan Edwards, Randomhouse.com
Julian Barnes (en la foto) imagina y verbaliza los sentimientos de Shostakóvich/ Foto: Alan Edwards, Randomhouse.com

Más información en

http://www.julianbarnes.com

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