Kazuo Ishiguro y lo humano

El autor galardonado con el premio Nobel de Literatura en 2017 regresa con una nueva novela, titulada "Klara y el Sol" (Editorial Anagrama): una lúcida e ingeniosa reflexión sobre lo que nos hace humanos, frente a la supuesta inteligencia artificial.
Kazuo Ishiguro plantea una sorprendente fábula de ciencia ficción, narrada por una androide

Kazuo Ishiguro es un hábil creador de mundos introspectivos, sometidos al barniz de las más diversas realidades; relatos bronceados por calores proactivos, que el escritor japonés ha ambientado en tiempos pretéritos, presentes y futuros.

En este último grupo se sitúa Klara y el Sol (Editorial Anagrama): un deslumbrante cuento tecnológico, con toques de Aldous Huxley y Philip K. Dick; en el que los robots sueñan con sentimientos prohibidos, mientras la curiosidad eléctrica invade sus días y sus noches.

El inmenso edificio RPO, una amplia y selecta tienda de compañeros artificiales, es el decorado principal donde transcurre la trama del esperado primer trabajo de Ishiguro, después de recibir el premio Nobel de Literatura en 2017. Dentro de ese inmenso espacio de esperanzas frustradas por la convicción de saberse objetos de compra-venta, la inspirada prosa del responsable de Lo que queda del día dialoga con sus personajes de metal y látex, mientras imagina una piel nueva y reluciente para sus circuitos ocultos a simple vista.

Como si estuviera sometida a un interminable test voluntario de Voght-Kampft (la prueba a la que Rick Deckard sometía a los escurridizos replicantes, en la película Blade Runner), la protagonista de Klara y el Sol se niega a tener constancia de que no posee un alma a la que reclamar un refugio frente al miedo y la desazón; a la vez que potencia una sensibilidad sin precedentes en otros robots de su gama, y que se le niega como norma proveniente de la fábrica en la que se diseñó su ADN.

Kazuo Ishiguro construye un personaje principal realmente inolvidable

El peculiar manual de instrucciones de Klara se alimenta de las impresiones que toma de sus vistas parciales desde el escaparate del edificio RPO. Una ventana al exterior a través de la que recibe las vibraciones de mendigos, taxistas, oficinistas, niños con hambre de aprender, y mujeres que ultiman sus compras para sorprender a sus más allegados.

Tal mosaico de actitudes y comportamientos siembran un estado de ánimo candente en la máquina con aspecto humano, quien desea entender qué es eso de ser una persona de carne y hueso.

KAZUO ISHIGURO RECUPERA LA ESENCIA DE CARLO COLLODI

A finales del siglo XIX, el periodista italiano Carlo Collodi publicó Pinocho: el singular cuento de un muñeco de madera, que pedía al hada azul su transformación en un niño de verdad. El espíritu de esa historia, consistente en convertir algo inanimado en un ente con sentimientos, lubrica cada una de las páginas de Klara y el Sol. Y lo que surge de semejante fórmula es una inteligente y enriquecedora obra, sobre la frontera existente entre lo humano y lo artificial.

En la película Blade Runner, Ridley Scott fantaseaba al final -en el discurso del replicante Roy Batty– con la posibilidad de confundir a las máquinas con los seres de carne y hueso; e, incluso, llegaba a reflexionar sobre el momento en que las primeras superaran en sentimientos a los segundos.

Kazuo Ishiguro no llega tan lejos como Scott, pero sí deja la puerta abierta a pensar que Klara es digna merecedora de la condición de humana; la cual supera en muchos aspectos a los modelos que contempla desde la tienda en la que la curiosa AA (Amiga Artificial) expone sus virtudes.

Kazuo Ishiguro ya recurrió a la ciencia ficción, en “Nunca me abandones”

El Nobel nacido en Japón, apegado voluntariamente a la cultura británica, parece recurrir sutilmente a los ensayos filosóficos de los maestros de la Ilustración dieciochesca, y en concreto a Emilio, o de la educación, del enciclopedista Jean-Jacques Rousseau.

La figura de un hombre ingenuo, bueno por naturaleza y sin dobleces, adquiere en la novela de Ishiguro el molde de Klara: la curiosa AA (Amiga Artificial) especializada en el cuidado de niños, que espera eternamente en el escaparate a colmar su efectividad como producto, y que canibaliza cualquier gesto, mirada y movimiento que recibe desde la calle.

Un maniquí eléctrico que, al igual que una mujer, necesita el sol para vivir…

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