Olivia de Havilland muere en París

La última superviviente de la época dorada de Hollywood fallece en su casa, en la capital francesa, después de haber cumplido 104 años el pasado 1 de julio.
Olivia de Havilland, en la “Heredera”, film por el que obtuvo un Oscar en 1950

Olivia de Havilland se había convertido en el único icono vivo de un tiempo de star system glamuroso e imperecedero.

La vida de esta portentosa actriz nacida en Tokio (Japón), en 1916, está jalonada por una numerosa lista de interpretaciones memorables, todas ellas pilares de la inmensa y fastuosa enciclopedia de la Meca del Cine, pertenecientes a una era en que los géneros de prístina distinción marcaban la pauta de las películas que llegaban a las salas de exhibición. Caracterizaciones que forman parte incuestionable del pretérito de un Hollywood imaginativo y subyugador, alquimista de mágicas escenas y argumentos estremecedores.

De Havilland reinó en las pantallas con elegancia y distinción, a lo largo de más de dos décadas de éxitos y suspiros en el patio de butacas; aposentada en el no siempre cómodo trono de estrella reconocida y admirada.

Su aspecto frágil y sus rasgos armoniosos le granjearon desde el principio un lugar especial en los melodramas y las películas de aventuras, en las que encontró su equipo perfecto de trabajo, al lado del galán Errol Flynn y el director de origen húngaro Michael Curtiz. Con Flynn rodó un total de siete producciones, algunas tan emblemáticas como Robin de los bosques (Michael Curtiz, William Keighley, 1938), La carga de la brigada ligera (Michael Curtiz, 1936), o El capitán Blood (Michael Curtiz, 1936).

Nada más conocerla, el atlético Errol confesó que se había enamorado de Olivia, pero ella no quería atar su destino a los vaivenes sentimentales de una pareja de la que no podía asegurar que se mantuviera fiel durante el tiempo que durase la relación. No obstante, en su autobiografía, titulada Now Is the Time (editada en 2012), la hermana mayor de Joan Fontaine sí reconoció que estuvo tentada de relajar sus ambiciones profesionales, por la apostura de su compañero australiano.

Esta fortaleza para continuar en la senda que ella consideraba correcta fue una pieza importante en el carácter de De Havilland; regla de actuación ante la vida que había aprendido desde la más tierna niñez, cuando competía con su hermana pequeña por el cariño de sus padres. Una rivalidad que Olivia y Joan siempre mostraron, y que las llevó a romper cualquier lazo de comunicación entre ellas desde 1975 (algunos se aprestaron a decir que el guion de ¿Quién mató a Baby Jane? estaba inspirado en su historia).

Tal elemento de oscuridad latente en su carácter le permitió a Olivia de Havilland elaborar trabajos más controvertidos a los que habitualmente le ofrecían por su físico, como fueron sus recreaciones en Canción de cuna para un cadáver (Robert Aldrich, 1964), o La vida privada de Elizabeth y Essex (donde pudo desquitarse de sus luchas interpretativas con Bette Davis).

Olivia de Havilland no quería que la ensillaran en papeles de damas dulces y buenas, como Melanie en “Lo que el viento se llevó”

Precisamente, un rol de comportamiento dolido y amargado (La heredera, en 1949) y otro capaz de renunciar a lo que más quiere en el mundo (Vida íntima de Julia Norris, en 1946) le otorgaron los dos Oscar que poseía la estrella alumbrada en Tokio.

Aunque, en cuestión de nominaciones, también pudo ganar la estatuilla por Nido de víboras (1948), Si no amaneciera (no le gustó nada que su hermana Joan Fontaine la venciera en esa noche, por Sospecha) y Lo que el viento se llevó (1939).

OLIVIA DE HAVILLAND, UNA MUJER DE ENÉRGICAS AMBICIONES

Desde que fuera descubierta por Max Reinhardt, en una función universitaria de El sueño de una noche de verano, Olivia de Havilland fue una estrella especialista en explotar su fondo dramático, para hacer creíbles historias de amores imposibles, y relatar con sutileza pasiones prohibidas por la sociedad de la época.

Con Flynn solía ser la mujer romántica y tierna, pero también supo cómo exhibir su vena luchadora, en  films tan sorprendentes como El capitán Blood y Robin de los bosques. Un toque de tibieza en el comportamiento dulce de la apacible Melania, de Lo que el viento se llevó, que le sirvió para protagonizar movies tan desconcertantes e inquietantes como Mi prima Rachel (Henry Koster, 1952), o la mencionada anteriormente Nido de víboras (Anatole Litvak, 1948).

Olivia de Havilland y Errol Flynn protagonizaron siete películas juntos

Entre las consecuencias de ese carácter inflexible, fue muy comentado el pleito que mantuvo con Warner Bross; y que De Havilland ganó finalmente, aunque le costó tres años de paro forzoso. El asunto comenzó porque la hermana de Joan Fontaine se quejó ante los magnates del estudio cinematográfico de que solo le llegaban papeles sin enjundia, mientras que Bette Davis se llevaba los mejores. Tal enfado cogió la actriz de ascendencia británica, que durante seis meses se dedicó a rechazar todos los proyectos que le mandaban; al tiempo que se negó a aceptar un contrato prorrogable con Warner, de siete años de duración. Cuando la justicia le dio la razón, OdH se sintió reconfortada y a gusto consigo misma, pese a la ausencia de rodajes debido a las represalias.

A partir de los cincuenta, los trabajos comenzaron a escasear en la Meca del Cine para Olivia; aunque aún se hizo con un guion de los que marcan época: el de Canción de cuna para un cadáver (Robert Aldrich, 1964).

Tras dar por finalizada su época dorada en el cine, la televisión se convirtió en el refugio favorito para De Havilland, hasta su retirada definitiva de los platós, en 1988. Desde entonces, su dedicación estuvo centrada en el cuidado de su familia, en desarrollar sus dotes artísticas y en la escritura.

La determinación y fortaleza de las que Olivia de Havilland hizo gala a lo largo de su agitada existencia, la animaron a alcanzar sin casi sobresaltos los 104 veranos, casi siete más que su hermana, fallecida en diciembre de 2013. Con ella no solo se pierde la presencia de una excepcional e irrepetible movie star, sino la posibilidad de conocer de primera mano una época en que Hollywood sí era verdaderamente la Meca del Cine.

 

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