Julian Barnes y el dandi de rojo

El autor de "El loro de Flaubert" descubre la personalidad del donjuán y doctor italiano Samuel Jean Pozzi, en "El hombre de la bata roja" (Editorial Anagrama): una novela con múltiples lecturas, y un protagonista antológico.

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Julian Barnes
Julian Barnes imagina cómo se desarrolló la vida uno de los ginecólogos más relevantes del siglo XIX

Julian Barnes es un narrador de espacios abiertos, siempre solícito a desbocar su inspirada prosa por los senderos más sorpresivos, sin necesidad de guardar un rigor excesivo a las racionalidades vacuas de las trayectorias lineales.

El autor británico ha erigido con semejante fórmula un sinfín de universos magnéticos, en los que las percepciones vaporosas conforman acercamientos enriquecedores, hacia sus historias imaginativas y fantasiosas. Incluso cuando toca argumentos sustentados por realidades comprobables, la mente de Barnes planea con soltura por extensiones literarias carentes de cualquier dogmatismo conceptual, y voluntariamente famélicas de márgenes documentales.

Con estos mimbres es con los que el responsable de El sentido de un final ha construido los misteriosos capítulos de El hombre de la bata roja (Editorial Anagrama): una biografía que no es tal, y que bebe en las aguas de las emulsiones transmitidas a través de las texturas del cuadro Doctor Samuel Jean Pozzi en casa, del artista John Singer Sargent, y que Julian Barnes contempló una vez en una exposición, en Londres.

El citado lienzo, primer retrato masculino en la trayectoria pictórica de Sargent, animó al creador británico a introducir su bisturí analítico, dentro de las entrañas oleosas de este peculiar modelo: un reconocido dandi de origen italiano, que consiguió grandes avances en el campo de la ginecología, y que llevaba una existencia bohemia y de alto voltaje aventurero. Una vida que fluye con pasión a través de las páginas de la novela de JB, como si transformara cada párrafo en una pincelada, y cada renglón en sutiles y enigmáticos puntos de fuga.

Julian Barnes
Julian Barnes contempló el retrato de Sargent. que da pie a la novela, en una exposición en Londres

A partir de la potente figura de Pozzi, el narrador nacido en Leicester establece un escenario cautivador y esotérico, ilustrado por compañeros de viaje tan relevantes como Oscar Wilde, Sarah Bernhardt, Marcel Proust, James McNeill Whistler, Émile Zola, Beau Brummell, y Charles Baudelaire, entre otros. Una belle époque anticipada en el tiempo, y que en el texto de Barnes adquiere profundos tintes byronianos, pigmentados con el hedonismo propio de las absentas rebosantes, y de los romanticismos caballerescos.

JULIAN BARNES HUMEDECE SU PALETA

Desde el comienzo de El hombre de la bata roja, Julian Barnes deja claro que su intención como autor se asemeja vagamente a la de Rayuela, de Julio Cortázar; en el sentido de que no desea marcar a fuego el inicio con un hecho concreto, ni esclavizar la acción a los vaivenes emocionales de un individuo, una época o un lugar. Tras estas apreciaciones de catalejo literario, el narrador inglés propone al lector dirigir su atención al año 1885, con la llegada a Londres de tres franceses. Estos tipos son un príncipe, un conde y un plebeyo. De la mencionada tríada, el último es quien merece el interés de JB, por su condición de ser etéreo y trascendental. Un hombre culto y seductor, capaz de traducir al idioma de Victor Hugo las teorías evolucionistas de Charles Darwin, y de ayudar al desarrollo de la ginecología. En definitiva, un auténtico bohemio con espíritu polifacético, que burla las rigideces de la sociedad de su tiempo, con escarceos libertinos y presuntamente escandalosos.

La indumentaria aterciopelada del doctor Pozzi (nombre de este héroe con brújula de vividor) sirve a Barnes para diseñar un marco escénico plagado de secuencias memorables, surcadas por entes de fragilidad febril e intelectualidad afilada, a través de las que cincela el retrato de una era dotada de especial cinismo programático, y de crepusculares tendencias hacia abismos predecibles y presurosos.

Julian Barnes
“El hombre de la bata roja” supone un brillante retrato de una época memorable

Las impresiones sacadas por JB a lo largo de la novela pueden rememorar las incursiones llevadas a cabo por Tracy Chevallier, con La joven de la perla; donde la autora dejaba volar su imaginación, hacia la no probada relación sentimental mantenida entre el pintor Johannes Vermeer y la modelo de una de sus obras más famosas; o las sospechas detectivescas pergeñadas por el cineasta Peter Greenaway, respecto a un posible crimen denunciado en el lienzo La ronda de noche, de Rembrandt.

Juntos a las asociaciones apuntadas, El hombre de la bata roja muestra a la vez las posibles ensoñaciones que es susceptible de levantar la simple visión de un retrato, colgado en la sala de un museo de paredes neutras y duermevela de cristal. Una pieza a la que John Singer Sargent le otorgó la elocuencia de unos pliegues de color carmesí, marcados por el eterno y silente diálogo de un rostro ansioso por contar su historia, y con el cuerpo embutido en una bata de cromatismo sanguíneo.

Más información en

https://www.anagrama-ed,es

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