Libertad, carcasa publicitaria

La reciente campaña de un partido político en las elecciones de la Comunidad de Madrid ha elevado el protagonismo de este término fácil de manipular y dado a ser adornado con oropeles vacuos; cuyo significado metamorfosea de manera caprichosa e interesada, según el cariz de quien reclama su presencia dialéctica.

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Libertad
La lucha por la libertad alimentó el ideario de la Revolución Francesa

Libertad. La sola pronunciación de semejante palabra llena de emociones y sueños de mejoría moral, ética y existencial la mente de cualquier persona, con aspiraciones a disfrutar sin opresiones aparentes de su paso por la Tierra. Sin embargo, este sustantivo cargado de historia y de connotaciones de progreso democrático es un arma de doble filo, que se torna peligroso cuando es moldeado a conveniencia de instancias ajenas a la propia vida de los individuos que lo defienden en las calles, en las plazas, en los mercados, en las avenidas, en los parques, y en las inmediaciones de los edificios institucionales de los poderes fácticos.

Según las varias acepciones que libertad tiene en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera de ellas explica que es la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos“. Y, a tenor de su relación con la política, el mismo apartado del citado volumen de la RAE argumenta que “en algunos sistemas democráticos, es el derecho de valor superior que asegura la libre determinación de las personas“. Tales definiciones se antojan como claras en sus coordenadas rectoras, y sin rastros de máculas tergiversadoras. No obstante, ¿existe esa “libre determinación de las personas” a la que alude el diccionario, cuando entran en juego los intereses económicos, y la libertad se supedita a las necesidades dictatoriales de la llamada sociedad de consumo?

En los años cincuenta, el filósofo y matemático Bertrand Russell se preguntó en un célebre ensayo qué era la libertad. Una cuestión de vital importancia, en un mundo que en esa época -tintado por los pasos ajedrecísticos de la Guerra Fría y el bienestar edénico e impostado por el modo de vida occidental, en contraposición con la dictadura soviética- comenzaba a erosionar el significado de libertad, como un sentimiento de revolución en favor de la dignidad colectiva y rupturista desde la perspectiva de las clases y las marginaciones de cualquier tipo; tal cual se entendía en el siglo de las luces y de la Ilustración (siglo XVIII), y que estaba enlazado al necesario equilibrio entre libertad, igualdad y fraternidad.

Beber determinado refresco te hará libre, fumar una marca de cigarrillos asociada al Lejano Oeste provocará que los consumidores sueñen con convertirse en Jesse James o Billy el Niño, conducir un coche de diseño específico será capaz de abrir el camino para alcanzar la libertad de acción y la felicidad aventurera… Tales ideas permanecen en el subconsciente del ser humano del siglo XX y del XXI, y confluyen en el mensaje de que quien posee más cosas es más libre, quien consume más es más libre, quien gasta más es más libre… Dogmas vaporosos y de obsolescencia programada, que dirigen las campañas políticas y publicitarias, erigidas en favor de algo tan etéreo y acomodaticio como la libertad.

Libertad
Bertrand Russell se cuestionó en los años cincuenta qué era la libertad

Las certezas son escasas cuando se pisa un terreno tan resbaladizo, por lo que resulta sorprendente que miles de personas corearan el pasado 4 de mayo -en la Villa y Corte– la rendición absoluta ante la libertad entonada por una formación política, y no se preguntaran realmente de qué personaje del teatro de las libertades se trataba.

Isaiah Berlin explicó en su libro Dos conceptos de libertad (Alianza editorial) la coexistencia y pugna irreductible entre una libertad positiva y otra negativa. Una bicefalia que conlleva en ocasiones a construir falsas sensaciones en los individuos que entonan su apego a semejante sustantivo. Acciones que llevan a sus seguidores a ser devotos esclavos de ansiedades impuestas desde esferas alejadas de su ecosistema más cercano; ajenas a la rutina de los voceros masificados que reclaman el final de las supuestas restricciones legislativas. Sin duda, un caldo de cultivo bastante peligroso en tiempos de confinamientos y explosión pandémica, como el actual.

LIBERTAD PARA CONSUMIR

Durante algún tiempo, el placebo de un edulcorante hedonista de disfrute eterno ha prendido en las actitudes y comportamientos de muchos de los terrícolas que habitan en los países más adinerados del planeta. Esto ha provocado un exceso de individualismo, tendente a la diversión sin control; carente de autocensuras y de análisis morales y éticos. La libertad se esgrime en esos casos como un derecho inalienable de las personas por acceder a un sinfín de placeres simples, sin pensar que el tríptico marcado por la Revolución Francesa es inasumible si no se produce el protagonismo compartido de la igualdad y la fraternidad.

Resulta descorazonador observar, por ejemplo, el abandono etílico en nombre de la libertad, que muchos ciudadanos practican en plena pandemia; mientras sus vecinos, amigos y familiares agonizan en los hospitales por el coronavirus. Una situación ante la que cabe preguntarse si la libertad justifica todo por sí misma.

Libertad
John Stuart Mill estipuló la diferencia entre la libertad de actuar y la libertad como ausencia de coerción

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo/ Para la libertad, mis ojos y mis manos/ Como un árbol carnal generoso y cautivo/ Doy a los cirujanos…“. Estas palabras, escogidas por el poeta Miguel Hernández y que popularizó Joan Manuel Serrat en formato de canción, dan una imagen de una libertad necesaria anímicamente; común a todos; transmisible a los más necesitados; extensible a los lugares mas asfixiantes en escenarios oscuros y tenebrosos; y protectora de los valores comunitarios.

Sin embargo, la libertad que se disfrazó de letanía multitudinaria el pasado 4 de mayo -en Madrid– no deja de ser una mera carcasa publicitaria, vacía y deslustrada de algo mucho más profundo e inaprensible.

Lo que quedó tras su paso por la urbe del Manzanares fue un potente caballo de Troya diseñado para generar un efecto dinamizador, que alcanzó el éxito de las idolatrías quemadas por la melancolía de lo inalcanzable.

 

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