Collingwood Ingram y los cerezos

La escritora y periodista japonesa Naoko Abe se acerca a la existencia del célebre botánico y ornitólogo británico, en "El hombre que salvó los cerezos" (Anagrama): una biografía llena de elementos sensitivos, que muestra la aguerrida existencia de este ecologista infatigable, nacido en 1880.

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Collingwood Ingram
Collingwood Ingram es el héroe de la brillante novela de Naoko Abe

Collingwood Ingram siempre estuvo rodeado de ciencia y de amor hacia la naturaleza. La posición acomodada de su familia le abrió las puertas a una cuidada educación en diferentes campos del estudio de las especies animales y de las plantas; siendo la botánica y la ornitología las disciplinas que marcaron su carrera académica e intelectual, y en las que empeñó sus mayores esfuerzos profesionales y sus sagaces investigaciones.

Precisamente, su obsesión por observar el canto de las aves más alejadas de la geografía del Reino Unido llevó a Ingram a interesarse por Japón, donde descubrió la belleza impactante y las sensualidades explosivas de los cerezos. Estos árboles del género Prunus inundaban a principios del siglo XX la mayoría de los parques del país del Sol Naciente, y animaron al naturalista inglés a practicar con fervor la horticultura, hasta el punto de que instaló en su residencia en Kent un singular vivero con distintas clases de cerezos.

Naoko Abe recupera la figura de este auténtico protector de la tradición sakura (palabra nipona usada para designar al cerezo en flor), y con ella configura el cuerpo narrativo de El hombre que salvó los cerezos (Editorial Anagrama): una obra colorista y comprometida con la preservación de la flora, en la que acontecen anécdotas y viajes exóticos; aparte de lanzar el mensaje de la necesidad de emprender aventuras en favor de la protección de los ecosistemas naturales terrestres.

Collingwood Ingram
Collingwood Ingram logró salvar numerosas especies de cerezos

La escritora y periodista cuenta cómo Collingwood Ingram, con su pasión desatada por los bellos cerezos en flor, logró rescatar de la extinción muchas de las más de 250 clases que existen de estos árboles hermanados con los almendros. Una epopeya de enorme valor ecológico, que permitió -por ejemplo- mantener viva la capacidad de admirar los deslumbrantes contrastes y los cautivadores aromas que transmiten los cerasus, y trasladarla a diferentes parques y viveros de Estados Unidos y Europa.

COLLINGWOOD INGRAM FUE TRAS SU SUEÑO

A lo largo del argumento de El hombre que salvó los cerezos, los lectores descubren poco a poco el progresivo enamoramiento del atento ornitólogo de clase acomodada (su abuelo fue el fundador de la publicación The Illustrated London News) hacia el árbol prunus. Una gesta desatada e ilusionante, que se transformó en obsesión y lucha, cuando se dio cuenta de que Japón había abandonado la tradición del cultivo y cuidado de los cerezos en flor, en una mal entendida apuesta  hacia una modernidad ajena a las artes de la horticultura más añeja, practicada a lo largo de generaciones en la nación de Tanizaki.

Tras esta observación, Ingram no paró hasta dar con la fórmula ideal para clonar el titánico Taihaku (Gran blanco): uno de los cerezos más llamativos de las extensiones niponas. Este empeño permitió a la sociedad británica deleitarse con la increíble prestancia de semejante planta, a la vez de alertar a los japoneses de la segunda década del siglo XX, para que no perdieran el enorme potencial que les ofrecían sus cuidadas y milenarias técnicas de ornamentación floral y arbórea.

Collingwood Inbgram
Collingwood Ingram publicó numerosos libros con sus trabajos en botánica

En la actualidad, marzo se ha convertido en una de las épocas más esperadas, debido a las numerosas fiestas dedicadas en todo el mundo a los cerezos en flor. Un acontecimiento que tiene a zonas como Washington D.C., en Estados Unidos, auténticos escaparates de la devoción existente con respecto a estos árboles frutales.

Naoko Abe recuerda el intenso papel que jugó Ingram para que esos festivales primaverales tuvieran lugar, con su guerra sin cuartel en favor de mantener el gusto por mimar el patrimonio estético, propiciado por la flora autóctona. Un científico entre dos culturas y diferentes maneras de comprender el naturalismo, que contribuyó a llamar la atención sobre la conciencia ecológica.

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