Midsommar, tibio terror campestre

Ari Aster ("Hereditary") crea una atmósfera malsana y opresiva, en su segunda película como director: un espectáculo macabro un tanto rocambolesco, que cae en no pocos momentos en un histrionismo artificioso y excesivo.

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Midsommar
Midsommar es una película demasiado previsible, conforme avanza el metraje del filme

Midsommar exhibe la sorprendente capacidad para la narrativa audiovisual que acredita el cineasta Ari Aster, pero el notable control de los encuadres y de los efectos de sonido no puede evitar que se descubran demasiado pronto las trampas de un guion tibio y confuso, algo corto en cuanto a sus pretensiones dramáticas y terroríficas.

La historia de una comunidad adscrita fanáticamente a ritos ancestrales y salvajes, la cual canibaliza entre sus fauces existenciales a un grupo de incautos estudiantes universitarios, es un argumento demasiado trillado en títulos anteriores, tanto como para generar por sí mismo una mínima sensación de desasosiego en el patio de butacas.

Aster es un creador inteligente y hábil; y por eso acompaña la trama de otros elementos tangenciales, que están diseminados para provocar el desconcierto de los espectadores. Pero en esta ocasión, semejante fórmula -adaptada del modus operandi seguido por Alfred Hitchcock– resulta mucho menos brillante que la que vistió la excelente ópera prima del director: la inquietante Hereditary.

Midsommar no deja incógnita alguna sobre hacia dónde se encaminan los pasos de la tensión dramática, y esto resta bastante suspense a un relato que recuerda demasiado al expuesto por la recordada cinta El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973). En la obra setentera, la historia central pivotaba en torno a un pueblo de isleños adscritos a una extraña creencia, que les obligaba a asesinar a los hombres en un rito supuestamente purificador. Algo que casa a la perfección (aunque con cuidadas modificaciones) con las celebraciones paganas, que perpetran los tipos que pueblan las escenas del filme firmado por Aster.

Midsommar
Midsommar tiene bastantes similitudes argumentales con “El hombre de mimbre”

Salvo por la verosímil y encendida interpretación de Florence Pugh (quien realiza un escalofriante retrato, de una joven a la que persigue la muerte de sus seres queridos), Midsommar no logra elaborar un cuadro de personajes especialmente compacto y rico en matices. Lastre que se hace más evidente ante el recurso de presentar un rol masculino en consonancia con el aparecido en La semilla del diablo (Jack Reynor reproduce claras similitudes éticas y morales con el papel que encarnó John Cassavetes, en el citado largometraje de Roman Polanski); el cual no sirve para añadir el deseable misterio al contexto general.

MIDSOMMAR NO DESPIERTA EL SOBRESALTO ANUNCIADO

El prometedor inicio del esperado segundo trabajo de Ari Aster anima, a los que disfrutaron con el verosímil terror familiar de Hereditary, a esperar algo similar a lo concitado en la admirable primera movie del neoyorquino. Sin embargo, las esperanzas se diluyen desde el momento en que la acción se traslada a Suecia, y se sitúa en los alejados parámetros de la secta a la que acuden los protagonistas.

El filme es incapaz de despejar las sospechas de rareza y comportamiento psicopático de los individuos que conforman la comunidad nórdica aficionada a las drogas campestres, y lo único que hace es reafirmar el carácter malsano y diabólico del mencionado grupo de personas, que viste con túnicas blancas y flores en el pelo.

Consciente de que el misterio hacia los giros sorprendentes iba a quedar superado a la hora de proyección, AA inventa un ingrediente de crueldad literal para salvar el engranaje planteado, que recuerda ligeramente al utilizado en cintas del calado efectista de Las colinas tienen ojos y La matanza de Texas.

Midsommar
Midsommar queda muy por debajo de las pretensiones inquietantes de “Hereditary”

No obstante, el experimento no sale tan contundente y descorazonador como pretendía el responsable de Hereditary, y lo que queda es un cuento macabro, donde la violencia se convierte en el catalizador para marcar la evolución dramática de la pareja formada por Dani (Florence Pugh) y Christian (Jack Reynor).

En medio de ese paisaje desolador quedan algunas incongruencias olvidadas en el desarrollo de la película, como el de la verdadera significancia de la secta de asesinos, o el de la intermitente aparición del único miembro discapacitado de la comunidad (que en un momento de la trama es definido como primordial, a la hora de determinar el futuro de la secta).

Midsommar no causa el mismo efecto de incomodidad electrizante que sí lograba Hereditary, y eso resta mucho la valía del conjunto de la obra, que recurre constantemente a la iconografía y a los ingredientes temáticos de algunos de los títulos más celebrados del subgénero de los aquelarres y los sacrificios ante hogueras humeantes.

Tráiler oficial de Midsommar, por a24

 

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