“A propósito de Llewyn Davis” congela el sabor del fracaso a ritmo de folk

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La B.S.O del filme de los Coen refleja los estados de ánimo de la depresión creativa
La B.S.O del filme de los Coen refleja los estados de ánimo de la depresión creativa

Subirse a un escenario es mucho más que empatar con el público a través de una melodía pegadiza. Pese a la hipnosis colectiva de la comercialidad a toda costa (para percibir su influjo sólo hay que darse un garbeo por programas de clonación artística tales como Operación triunfo, La Voz, Factor X, ¡Tú, sí que vales!…); lo que al final importa es salir indemne de los rincones menos mediáticos, donde los trovadores desbocan -sin directrices de cicerones  impersonales- su pasión por la lírica, por las historias a herida versicular, por los ripios acompañados simplemente de una guitarra hueca y hambrienta. Unas islas de la creatividad que en la actualidad nada tienen que ver con las grandes multinacionales ni los deformadores espectáculos televisivos; sino que se atrincheran con escudos protectores tras las plataformas informáticas, dentro de las que todavía cuenta más la libertad que el caché.

Sin embargo, hubo una época (la de los años sesenta) en la que el sonido generacional se aderezaba con el sudor de los bares urbanos, atemperado con la frialdad de un micrófono y una silla de madera. Enfrente, los comensales degustaban los sufrimientos de los actuantes, con la determinación de participar en una lucha de gladiadores romanos. En ruedos semejantes, gente como Bob Dylan, Billy Joel o Don McLean ensamblaron sus respectivas carreras, siempre deudoras de alcoholes servidos en tinajas de éxito y frustración. Escenario figurado y real que reproduce -con soltura tragicómica- la banda sonora original de A propósito de Llewyn Davis.

Oscar Isaac y Justin Timberlake, en uno de los mejores momentos de la película
Oscar Isaac y Justin Timberlake, en uno de los mejores momentos de la película

Cuando el folk no borra las penas

Fiel al argumento de la película (la cual versa sobre un aspirante a estrella de la canción, en la América de 1961), el disco elaborado por los hermanos Coen (Ethan y Joel) y el veterano T. Bone Burnett (colaborador habitual en las obras de los cineastas) es un cuadro de claroscuros constantes, enemigo de barroquismos artificiosos; y en el que se impone un discurso depresivo tendente a las nostalgias prendidas del ánima.

Desde los primeros acordes del tema inicial (el descorazonador y gráfico Hang Me, Oh Hang Me), los tracks (la mayoría de ellos tomados del acerbo cultural estadounidense) se superponen, para mostrar el estado vital del protagonista del largometraje: un tipo con la mala suerte de los perdedores voluntarios, al que le cuesta hacer valer su talento en un universo donde lo único que cuenta es la posible venta de un producto enlatado y listo para ser consumido por las masas. Antesala del suicidio profesional, en la que el timbre del actor y músico guatemalteco Oscar Isaac (antiguo miembro de la banda The Blinnking Underdogs) ejerce de portavoz del fracaso.

El guion exhibe el momento en que el futuro deja de ser ilusionante
El guion  narra la constancia de experimentar un futuro sin ilusión

Con esas perspectivas, no es de extrañar que la pareja de directores haya recurrido al añejo folk de horizontes grisáceos (agotador y abismal), para propagar el discurso audiovisual de A propósito de Llewyn Davis. Y así se atisba independientemente de los intérpretes de los cortes y de las letras versionadas. En este sentido, incluso la supuestamente alentadora y espiritual Five Hundred Miles (y eso a pesar de la excelente la recreación de Justin Timberlake y Carey Mulligan) queda tocada por ese hálito de camposanto que preside el CD.

Grabado entre Nueva York (Avatar Studios), Los Ángeles (Olympic Studios) y Nashville (Sound Emporium y House Of Blues Studios), el álbum pinta sus imágenes con el pincel de las revelaciones entristecidas, como el ambiente invernal en el que transcurre la trama de la cinta.

No obstante, al final del disco se percibe un mínimo de esperanza, ebria de ironía situacional. Un efecto disuasorio marcado por la aparición de Bob Dylan (el cual participa en la B.S.O. con Farewell) y de Dave van Ronk (mediante la evocación de Green, Green Rocky Road, a cargo de Len Chandler y Robert Kauffman). Sentimiento que hunde más en las raíces de la ansiedad al héroe de nombre galés que responde a la identidad de Llewyn Davis.

 

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