Juli Mira: “España sigue siendo carne de esperpento”

El actor valenciano afronta los últimos días del montaje de "Tirano Banderas" en el Teatro Español de Madrid/ Photo Credits: Jesús Martín

El actor valenciano afronta los últimos días del montaje de “Tirano Banderas” ,en el Teatro Español de Madrid/ Photo Credits: Jesús Martín

El cielo capitalino amenaza con lanzar cuchillos escarchados, a través de un tenue fuego solar que más que quemar hace cosquillas. Diciembre ha vestido la Villa y Corte con los hielos de un invierno frío, tanto en las calles como en el ánima social. Paisaje sin más parapetos que los de la pura pasión, ni mayor lumbre que la del ingenio. Un desaliñado patio de butacas urbano por el que transita estos días, con paso ceremonial, el actor Juli Mira (Alcoy, Alicante, 1949); dentro de una liturgia turística que el intérprete mediterráneo cancelará en breve, cuando dé por finalizada su  cabalgata tragicómica en el Teatro Español, a lomos de Tirano Banderas de Valle-Inclán. El valenciano se sube desde el pasado octubre a las tablas del citado coliseo con el objetivo de defender –con mirilla de francotirador- la obra que inició el Esperpento, motorizado noche tras noche por la convicción de que las palabras del dramaturgo gallego no permanecen enquistadas en un pasado remoto, sino que saltan a la actualidad transformadas en recortes; dictaduras corporativas; imposiciones presidencialistas; leyes ajenas a los comportamientos libertarios; o pérdida de ilusiones colectivas.

La nueva adaptación del texto de Valle-Inclán está en la cartelera madrileña desde el pasado 10 de octubre

La nueva adaptación del texto de Valle-Inclán está en la cartelera desde el pasado 10 de octubre

Ataviado con sombrero oscuro y abrigo a juego, el que fuera padre en la ficción del poeta Jaime Gil de Biedma (en El cónsul de Sodoma, de Sigfird Monleón) gasta un discurso sereno, sin exceso de pulsión violenta. Virtud que muestra el carácter de un hombre cercano, accesible y sumamente sincero.

¿Qué te impulsó a meterte en un montaje como el de Tirano Banderas?

–          Bueno, en primer lugar, era un desafío importante; porque una obra tan difícil ya resulta incluso complicada de leer… Además, trabajar con Oriol Broggi (director de la adaptación) me hacía mucha ilusión; aparte de con toda la gente del elenco: los dos mexicanos, los dos argentinos, el venezolano y los españoles…

Photo Credits: Jesús Martín

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¿Qué aporta esta nueva versión del texto de Valle-Inclán?

–          He notado que Broggi ha hecho un juego muy bonito. Tiene una primera parte muy  de exposición; lo cual puede hacer que el público se pierda en algún momento. Eso pasa también en la novela. En ella, si la superas, entonces es cuando acabas de leerla; si no la superas, nunca acabarás de hacerlo. Pues aquí pasa un poco igual. Oriol ha consguido un juego muy divertido y trágico, según los diferentes momentos… y muy esperpéntico.

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Una de las cosas que más llaman la atención es que cada actor haga más de un papel…

–          Yo no soy partidario de duplicar. Pero meter ahí a  treinta y tantos individuos significaba hacer una superproducción insoportable en estos días. Había que ingeniárselas, para obtener el máximo rendimiento con el mínimo número de intérpretes posibles. Desde ese punto de vista, no hay más narices que aceptarlo. No obstante, yo soy de los que menos hago. Doy vida a cuatro personajes. Dos de ellos circunstanciales (un par de campesinos). Y los otros: uno menos importante (un sheriff cojo y pendenciero), y el otro de don Celes. Pero, al margen de eso, hay muchísima gente que hace seis y siete personajes; lo cual es bastante trabajo. Pero ahí estamos (esboza una risa franca, mientras da un trago a la copa de vino que reposa sobre la mesa del local donde tiene lugar la conversación).

Photo Credits: Jesús Martín

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Se ha hablado mucho sobre las implicaciones temáticas del texto. En tu opinión, ¿sobre qué versa Tirano Banderas?

 

–          Cuenta una historia real, o lo más real posible, en un país imaginario de América Latina. Y para mí, lo más importante es que es un argumento visionario. No se ha avanzado absolutamente nada. Están igual que estaban; incluso, estamos igual que estábamos. Se pasará de una revolución a otra, pero siempre habrá un tirano, llámese una persona o grupo de presión.

 

¿Es posible que el régimen del que habla la obra no quede circunscrito a una mera identificación con las dictaduras a groso modo? ¿Ves similitudes con supuestos gobiernos de las democracias occidentales?

 

–          Perfectamente. No hace falta calzador para meter a los actuales grupos de presión. Pueden ser partidos políticos o lobbies, pero que están marcando nuestra realidad y la de América Latina. Además de la de todo el mundo, en definitiva.

 

Tirano Banderas coincide en la cartelera madrileña con Montenegro, basada en Las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán. ¿No te resulta curioso?

 

–          Sí, y no lo he visto porque, claro, estoy en la función… Yo participé con Bigas Luna en un montaje sobre Las comedias bárbaras en Valencia, hace muchísimos años. Un trabajo en el que también participó Pedro Casablanc, que está en Tirano aquí conmigo. (Sonríe mientras se toma un respiro a modo de recuerdo) Hemos hecho juntos también dos de Shakespeare. A mí me entusiasmó esa historia; aunque allí había poco de Valle-Inclán. Era más el espectáculo de un gran creador, como era Bigas Luna, con un escenario de 10.000 metros cuadrados, en una nave de Sagunto, con caballos, con unas campanas que se fundieron para la función… Fue una auténtica maravilla.

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¿Cuál fue tu papel en esas Comedias bárbaras?

 

–          Mi personaje allí era el de un clérigo con revólver al cinto, que disparaba mientras llamaba pecadores a sus feligreses. Y esperpéntico realmente (ríe).

 

Parece que, por lo menos, Valle-Inclán no pierde fuelle escénico. ¿Ves necesaria su presencia en el circuito teatral del tercer milenio?

 

–          Todo lo importante es necesario, y no olvidemos que Valle-Inclán es uno de nuestros grandes dramaturgos. Desde ese punto de vista, hay que bucear muy bien en su producción. Es que realmente es un autor magnífico, que no podemos obviar. Y está muy bien que se haga mucho a Valle-Inclán.

 

Tirano Banderas inicia, en cierta manera, el género del Esperpento. ¿No piensas que esta palabra esconde más identificación con la realidad que deformación de la misma?

 

–          Sin duda. Yo soy más de la opinión ésta. No deforma la realidad. Le quita la piel y te la deja cruda. Ése es el esperpento, y Valle-Inclán no es sólo un maestro sino su creador.

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España, ¿fue, es y será producto de esperpento?

 

–          Seguro. No sé si será, pero que si ha sido y es; sin duda. Sin embargo, no me gustaría que continuara siendo carne de esperpento, sino que fuera algo que pudiéramos recordar y recrear.

Resulta llamativo que se siga mirando con lupa el tratamiento de las drogas blandas en los espectáculos, mientras que Valle-Inclán lo trata tan abiertamente en la obra…

 

–          Es que, claro, en América Latina las drogas son tan naturales como la vida misma. La coca se mastica continuamente, y la gente en Montevideo, por ejemplo, va con sus hojitas de coca… Es absolutamente normal, es una forma habitual de vida.

 

Por cierto, en el montaje le das una calada a un porro y el efecto parece demasiado inmediato…

 

–          (Suelta una carcajada al evocar la escena) Qué va. Eso es una…Lo exageramos, pero nada más. Nada que ver con la realidad… Se monta la pirula allí… Dos caladas y ya está colocao… Es conseguir el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo. No tratamos de recrear el proceso, para nada (nuevamente se ríe).

Photo Credits: Jesús Martín

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Tu personaje, don Celestino, es un paradigma de contradicciones muy en consonancia con los colonos peninsulares. ¿Cómo describirías a este señor de “bien”?

 

–          Es el perfecto español indiano, que va allí a sacar la pela  y las riquezas como sea. Para lo cual se alía con el poder, o con el mismísimo demonio si hace falta. Y se acabó la historia. Es lo que han hecho durante siglos con esas gentes.

En cierta forma, ¿puede haber alguna similitud con tu Antonio Cuadros de la serie Arroz y tartana?

 

–          Era otra historia. Te refieres… No, aquél es un valencianito venido a más, pero es tonto. Don Celes no es tonto, sabe a lo que va. El otro es un pobre hombre que ha tenido suerte en la vida y es otra cosa. Concebí a don Celes como una persona que sabe lo que quiere y busca: dinero, poder, riquezas… y se acabó. Y eso es lo que en definitiva hace. Puede tener ciertos remordimientos, pero se le pasan rápido.

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En este proyecto, que está inscrito dentro del programa Dos Orillas, hay auténticas estrellas de la escena latinoamericana…

 

–          Sí. Emilio Echevarría, gran figura. Joaquín Cossío es una estrella en México, que trabaja en Hollywood. Los argentinos son dos actores magníficos y con gran capacidad camaleónica. Y luego, el apátrida que le llamo yo: el venezolano (Rafa Cruz) que hace catorce o quince años que vive en Barcelona. Y con toda esta gente, me he hallado muy a gusto. Con los españoles ya había trabajado anteriormente.

 

En calidad de actor, ¿qué te parece que un ministro como Cristóbal Montoro diga que el cine español no interesa?

 

–          Bueno, no me aporta nada lo que declare ese señor. Porque, claro, si dice que el cine español no interesa a nadie es que se ha quedado todavía en la época de Franco. No se ha enterado aún de que hay cine español. La opinión de una persona así, que ostenta un cargo de ministro… Como antes estaba Esperanza Aguirre, que le preguntaron que si había visto Airbag y dijo que sólo visionaba cine español… (sonríe).

Sin embargo, por todos los sitios se suelta el mensaje del divorcio entre el público y los cineastas de este país. ¿Estamos realmente tan mal a nivel audiovisual?

 

–          El cine está presionado por todas partes. Pero creo que, importándonos y aceptándonos, es una situación muy superable. No obstante, el problema verdadero es el del mal gusto, y eso sí que no tiene remedio. Por mucha cultura que uno tenga, si no tiene buen gusto, seguirá siendo un cateto. Y eso es lo que quieren hacer de nosotros: un país de catetos. Se está presionando desde todos los púlpitos del saber y desde la política para conseguirlo. Quieren que volvamos a ser lo que éramos antes. Estamos regresando. Tal vez no hicimos bien la Transición… Habrá que rehacerla.

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Recientemente, en una entrevista, José Luis Cuerda confesaba que rodar ahora una película en España era una auténtica heroicidad. ¿No es un poco triste viniendo de un maestro de su talla?

 

–          Lo entiendo perfectamente. Yo soy seguidor de Cuerda en Twitter. Estaba en el set de rodaje de un corto y, en el momento de entrar a grabar mientras esperaba, leí un tuit suyo y no pude entrar a trabajar, porque me partía. El tuit decía: “A mí, como cantante melódico, Montoro me ha decepcionado mucho”. Me parece algo tan sumamente inteligente, definitorio y claro…(Ríe)

 

¿Ves brotes verdes por algún sitio?

 

–          No veo la luz al final del túnel. Me gustaría, te lo juro; pero, por ahora, no la veo. La cosa está cruda…

 

Independientemente de la extensión del papel, tus caracterizaciones suelen ser muy intensas, altamente emocionales. ¿Qué es lo que le pides a un guion para ser de tu agrado?

–          Que me guste, que me haga sentir, que tenga carne con la que poder luchar delante de la cámara o en un escenario. Busco algo que realmente me motive. Eso es; no quiero otra cosa. Lo demás queda muy por debajo.

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Una de las caracterizaciones de tu carrera que más me ha llamado la atención es la del padre de Jaime Gil de Biedma, en El cónsul de Sodoma (Sigfrid Monleón, 2009). ¿Qué sensaciones te transmitió este papel?

 

–          Eso fue una maravilla. Yo había trabajado con Sigfrid en una película que se llamaba (su primer largo) La isla del holandés. Pero este personaje que me comentas me daba la oportunidad de, con poco, dar mucho. Tiene una frase que dice, cuando el padre y el hijo están en el coche. Le comenta Jordi Mollà: “¿Te preocupa mi condición?” Y él contesta: “No, pero eres un Gil de Biedma, y eso procura respetarlo” Ahí está la comprensión, la ternura, todo. Disfruté enormemente, y me encantó trabajar  nuevamente con Jordi.

 

Aunque fue una pena que la película no tuviera mayor apoyo exhibidor.

 

–          Sí, yo vine al estreno y fue lamentable. Pero estamos acostumbrados a esas cosas también. Los que hemos vivido toda una época de fracasos inducidos, los ocasionales ya no nos afectan. Es decir: tú sabes lo que has hecho, y sabes lo qué hay. Si ahora no funciona, ya lo hará.

 

También fue un poco penoso que con un tema tan triste y descarnado, la gente se quedara en la simpleza de si había exceso de desnudos o de escenas de cama más o menos explícitas…

 

–          Esa es la España que quieren los políticos que siga funcionando. La España de la pandereta, que se queda en las anécdotas, en lugar del contenido. Ese país que no va a la profundidad de lo que ocurre…

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En todo este tiempo que llevas en la profesión, ¿has notado muchos cambios desde tus comienzos a la fecha actual?

 

–          Bueno, yo empecé a dedicarme al teatro a los 39 años. No he vivido lo anterior más que desde el punto de vista amateur. Sé que, desde que debuté a hoy, la profesión ha ido cuesta abajo. Cuando dejé el banco y me fui de cómico había muchas oportunidades, ganas y plataformas para hacer cosas. Había sitio, y cada vez va quedando menos lugar para nosotros.

 

En un medio de comunicación estadounidense leí que Kevin Kline se refería las transformaciones de los hábitos entre los aspirantes a actor. Decía que ahora los jóvenes lo único que desean es lograr la fama a toda costa. ¿Observas tú también algo parecido?

 

–          Eso obedece a modas pasajeras. Llegará un momento en que la gente se dará cuenta de que un actor no es una planta de tío o de mujer, no es una cara bonita… Es un montón de cosas más. Y eso está o no.

 

Perseguir el triunfo rápido y de esa manera, ¿se carga la cultura?

  

–          Se carga el sistema, no la cultura. Hoy lo que prima es hacer una serie de éxito, y ya eres un grande de la pantalla. Esa persona está puesta ahí porque es un producto de marketing. Tengo un amigo, que es profesor de Arte Dramático en Valencia, que les preguntó a sus alumnos por qué querían ser actores, y muchos dijeron que por ser famosos y que la gente les reconociera por la calle. No por hacer un Shakespeare y disfrutarlo. De eso se aprovechan los maestros del marketing. Y de vez en cuando se equivocan. Tengo un referente que ha sido un tío de éxito en televisión por guapo. Ese hombre se ha subido al escenario en el más completo anonimato, por gusto. De vez en cuando sale uno: ¡coño!, ¡qué bien!, ¡leche!… (Ríe y bebe de su copa).

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En esa sinrazón del culto a la imagen a toda costa, ¿no tiene también mucha culpa el público?

 

–          Pero eso ha ocurrido y ocurrirá siempre… El otro día, estaba yo tomando el aire antes de entrar en el camerino, y una señora mayor estaba hablando por teléfono y decía: “Voy a meterme aquí en el teatro, porque voy a ver Antonio Banderas, de Valle-Inclán”. Bueno, la señora no sabía dónde se metía, pero seguro que se fue en el entreacto…

 

Tú has probado todos los palos de la baraja artística (teatro, cine y televisión), ¿la diferencia entre ellos estriba en la distinta manera de calibrar las emociones?

 

–          Sin duda. La labor de síntesis que tienes que hacer al trabajar en televisión o en cine es muchísimo mayor que en el teatro. Allí tengo que sintetizar una mirada y decir un montón de cosas con ella, y en el teatro no tengo esa mirada. Poseo sólo mi cuerpo y a todos los demás actores. En cine, a lo mejor, cuento sólo con mis ojos. Es decir, tienes que sintetizar mucho las cosas.

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¿Pasar un tiempo en la banca es un método aconsejable para hacer tablas de cara a una carrera en los escenarios?

 

–          Es un buen sistema para aprender que no debes estar allí, y largarte cuanto antes (Ríe). Al margen de que yo me haya dedicado veintiún años a trabajar en banca, me ha gustado el teatro desde joven. Me gastaba las vacaciones en cortos y haciendo cine amateur. Al final me fui porque necesitaba decir basta ya.

 

¿No tuviste vértigo al cambiar a una vida mucho menos segura contractualmente?

 

–          En mi caso, se dio la cosa muy trillada, no fue traumático. Me fui del banco en 1989, y me contrataron en un estudio de doblaje en donde cobraba tres veces lo del banco. Mi mujer y mi familia me apoyaron. Fue muy bien. Lo que pasa es que yo ya tenía muy asumida mi frustración por no dedicarme a lo que yo profesaba. Sabía que quería hacer mis cosillas y ya está. Al final, se me presentó la oportunidad de irme a trabajar a Valencia, para la televisión que ahora nos acaban de quitar, de robar, se llama así… (Cambia de tercio para denunciar la situación de Canal Nou) Teníamos un dinero que nos había costado y que habíamos hecho todos los valencianos, y nos la han robado. Pero no ahora: la robaron antes, cuando utilizaron lo nuestro para su provecho, para ser el boletín oficial del PP de Valencia… y punto. Entonces es cuando nos la robaron. Para esa televisión empecé a trabajar en doblaje.

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¿Poner voz a otros es un método adecuado para…?

 

–          Es una buena escuela para el doblaje, es una faceta para la interpretación. Y sólo sirve para eso. Hacer un doblaje honesto es lo mejor. Yo prefiero una versión original a un mal doblaje. Pero, como yo no sé idiomas, prefiero una buena traducción dramatizada. La versión original luego la veo por otras cuestiones más técnicas; pero, para enterarme bien de aquello, requiero un buen doblaje. Y para conseguirlo, tienes que interpretar y seguir el camino que ha emprendido el actor. La voz debe ir unida a su imagen, porque si no es un mal doblaje.

 

De todos a los que prestaste timbre, ¿qué actor fue el más problemático?

 

–          Sobre todo, doblé mucho a Marlon Brando. Era un hombre muy difícil de doblar, porque de entrada no sabía el guion nunca. Y esas miradas de Brando al infinito eran en realidad al cartelón que le estaban poniendo. Pero luego daba a eso verosimilitud, y lo hacía verdadero. Si no vas por ese camino, se dan de hostias la imagen y el sonido.

 

Se suele hablar de la moral alcoyana. ¿Qué es eso de la idiosincrasia de esa tierra?

 

–          No sé qué decirte sobre la idiosincrasia… Somos de una pasta distinta con respecto al resto de la comunidad valenciana. Alcoy está más próximo de Barcelona que de Alicante o de Valencia. Estamos muy lejos culturalmente. Es una especie de emirato independiente. Alcoy, por sus formas de vida, ha sido siempre una ciudad muy aislada. Ha tenido una gran industria textil más relacionada con Cataluña. Aparte, está en un hoyo rodeada de montañas, y sólo tenía comunicación con Valencia por tren o por carretera, que tardabas más de hora y media. Alcoy, si ha querido teatro, ha tenido que crear sus compañías… Así que la idiosincrasia alcoyana significa eso. Coño, una ciudad que no tiene mar y que no tiene agricultura inventa las aceitunas rellenas de anchoa, y tiene empresas de esto a nivel nacional…. (Mira con determinación para apoyar su discurso).

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Supongo que para un valenciano, debe significar algo especial encarnar al genial Vicente Blasco Ibáñez…

–          He tenido ocasión de volverlo a hacer en un documental dramatizado sobre Los cuatro jinetes del Apocalipsis que creo que será un éxito, y allí hago de Blasco Ibáñez cuando estuvo en París, donde escribió la novela. Es un placer enorme. Ya lo había hecho en un proyecto de serie sobre El cuento del verdugo, cuando éste va a ajusticiar a uno y tiene que pasar la noche en la cárcel con un preso. Pues ese preso hicieron que fuera Blasco… y pasa la noche con el verdugo. Esa serie, que la hice en el noventa, no fructificó.

 

A esas dos se suma la mini-serie Cartas a Sorolla. Después de los tres acercamientos, ¿cómo ves al autor de La barraca?

 

–          Blasco era un gran escritor, un gran aventurero. Le encantaba comer bien y vivir bien… Era muy valencianote… Sobre todo un magnífico literato y un gran artista. Con su carácter, con su manera de narrar y audacia, habría sido una gran figura de los guiones norteamericanos.

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Tras más de veinte años al pie del cañón, ¿cuál ha sido el momento más embarazoso que has tenido que afrontar?

 

–          Recuerdo haciendo Top Dogs (Perros de presa) en Valladolid, dirigida por Mario Gas. Había un momento en que los personajes empezábamos a hablar sobre nuestros sueños. Yo salgo por el patio de butacas hablando de mi sueño, y éste es que vamos mi jefe y yo a escalar a una montaña porque a él le gusta mucho el alpinismo. Yo voy con él y, cuando estamos arriba en la cumbre, le doy un empujón y le tiro. Entonces empiezo a describir cómo se da tortazos contra las piedras, cómo se esparce su cerebro… Y eso se lo contaba a otro personaje, como estamos ahora tú y yo; y, diciéndole esto, el otro dice: “¡Qué asco, no!” Me quedé en blanco, de un blanco nuclear. Fue realmente espeluznante. Fui al final del monólogo, lo terminé y me largué. Fue duro de comer.

Photo Credits: Jesús Martín

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¿Y lo más arriesgado?

 

–          En una historia medieval titulada Tramontana (Carlos Pérez Ferré, 1991) yo hacía un personaje, una especie de mercenario de la época. Entonces, voy por la sierra y tal, y veo una caravana de gente que pasa por debajo. Tengo que asomarme, y había treinta metros. No lo he pasado peor en mi vida. Me acercaba con el caballo y pensaba, si ahora viene una abeja, pica al animal y se resbala, nos vamos los dos a tomar por saco. Pero, bueno, se hizo (Risas).

 

¿Y alguna vez has sentido incomodidad?

 

–          No. Nunca me he sentido incómodo con un personaje. Siempre he tenido las suficientes justificaciones para todo lo que estaba ocurriendo en cada momento. He hecho de gente perversa, pero he buscado la parte humana del tema. Si no lo hiciera así, lo pasaría fatal.

Photo Credits: Jesús Martín

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De entre todas tus interpretaciones, ¿con cuáles te quedas?

 

–          Las que amo tanto a todas… (Piensa) Por ejemplo, el tío Ramonet, de Gracias por la propina (Francesc Bellmunt, 1997). Otro es el padre de Gil de Biedma, en El cónsul de Sodoma. Otro, que me encantó con sus críticas, el del doctor Farrús, en La isla del holandés. Y también me caló el de Las voces de la noche (Salvador García Ruiz, 2003).

Como el padre de Jaime Gil de Biedma, en "El cónsul de Sodoma"

Como el padre de Jaime Gil de Biedma, en “El cónsul de Sodoma”

 

En una entrevista de hace tiempo confesabas que el cine te atraía sobremanera, ¿por qué?

 

–          Me gusta muchísimo el cine. Pero cuando dije eso, y hace la tira de años, todavía existía aquel motor en la cámara. El ruido, ese sonido que me ponía a 2.000 por hora, me hacía entrar en el personaje. Era el detonante para ponerme delante de la cámara. Eso ya ha pasado a mejor vida, ahora no se escucha nada…

 

Tras comprobar tu filmografía, he notado que participas en muchos cortos, ¿es por un asunto de libertad creativa o algo por el estilo?

 

–          No, lo único que busco es que me guste lo que me proponen. Lo último que he hecho ha sido para un alumno de la Escuela de Fotografía en la Ciudad de la Luz, y todavía no se ha terminado. Lo he rodado con Enriqueta Carballeira y disfrute muchísimo.

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¿De qué va la historia?

 

–          Es sobre un operador de un cine que está enamorado de la taquillera. Y van a cerrar el cine… y lo cierran. Es eso. Un poco como Cinema Paradiso

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