Crítica de cine: “El Consejero”

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Excesiva acumulación de estrellas para un thriller poligonero, sin carne y con total ausencia de momentos memorables.

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A primera vista podría parecer que de la unión entre Cormarc McCarthy y Ridley Scott surgiría un hijo cinematográfico de altura, capaz de aportar a los espectadores ese componente de interés tan difícil de encontrar en las pantallas contemporáneas. Pero El Consejero demuestra que la acumulación de talento no siempre da como resultado la genialidad. Desde el comienzo del filme, parece que el escritor de No es país para viejos y el cineasta de Gladiator hablan idiomas diferentes, sin posibilidad de ofrecer un mínimo de comprensión rectora al mensaje que pretenden transmitir.

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Oscura como la habitación de un ministerio, y farragosa como la mayoría de los anuncios navideños, esta esperada obra de la mediática pareja pierde cualquier signo de sorpresa a partir de la primera escena (en la que Michael Fassbender y Penélope Cruz desfogan sus deseos más íntimos debajo de las sábanas); para embarcarse en la narración de una historia donde el aparente pecado del protagonista (asunto que se publicita como el verdadero engranaje del libreto) queda tan oculto que apenas se tiene constancia de él. En este sentido, McCarthy intenta vender aire, con diálogos tendentes a transmitir verdades a nivel existencial; aunque lo que genera realmente es una sensación de intrascendencia y pedantería gratuitas, nada dignas de la pluma de un autor de su talla literaria.

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Errores de bulto

Pese a la habitual corrección dramática de Michael Fassbender, el “consejero” del título (un abogado al que no le importa lo más mínimo encargarse de la defensa de narcotraficantes) no pasa de ser un simple boceto de personaje, al que le falta profundidad y, sobre todo, un ingrediente necesario para un antihéroe de estas características: explicación plausible de sus pesares. En todo momento, el guion recuerda a base de acciones violentas que el protagonista va a pagar un alto precio por pasarse al lado menos legal de su profesión. No obstante, cuando llega su castigo, el motivo de esa caída a los infiernos se antoja sumamente casual, y cogida por alfileres de cartón piedra.

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Contratado por un señor de la droga (encarnado por un Javier Bardem algo dado al histrionismo, y que no puede justificar su importancia en el largometraje más allá de lo anecdótico) para que se ocupe de sus asuntos con la justicia, el letrado al que pone físico la estrella de Jane Eyre se topa  rocambolescamente con la faz más salvaje de su arriesgada ocupación, simplemente por pagar la fianza al hijo de una dama de la coca y el crimen (a la que dota de cuerpo la recuperada Rosie Perez). Tal acto pone en la picota al  leguleyo, cuando el querubín de la mujer aparece sin cabeza mientras éste trapicheaba con un cargamento de polvo blanco.

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Hasta aquí, el libreto puede parecer más o menos claro. Lo que ocurre es que la casuística en la que McCarthy hunde la trama no hace más que embrollar la acción hasta límites insospechados. Y lo hace a través la vergonzante figura de la femme fatale caracterizada por Cameron Diaz. Esta individua, criada entre maleantes y a la que le chifla amaestrar leopardos, es una delincuente que, mientras seduce a Bardem, se afana en robarle el material sin que éste sospeche lo más mínimo. Y aquí viene la pregunta del millón: ¿cómo se las ingenia para que todo apunte al papel de Fassbender, con el fin de que el cártel le crea el cerebro del saqueo? Si el director y su writer ofrecieran una respuesta clara a esta cuestión, tal vez el despropósito no sería tan evidente.

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No obstante, ahí no queda la cosa. Diaz, a la que muchos visionarios de los premios ya daban como posible candidata a los Oscar, pasea el rol de Malkina con actitudes que rozan el ridículo. De una secuencia delirante en el confesionario de una iglesia a la voceada escena de su “alivio” con el deportivo que conduce Reiner, todo indica que esta antagonista definida como la encarnación del mal no es más que un vehículo hueco en la movie, el cual únicamente sirve para desatar la vena más hilarante del tándem Scott-McCarthy.

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Debido a borrones como los descritos, el duelo interpretativo entre Fassbender y Diaz queda lastrado por la artificialidad argumental en la que se hallan; aunque ambos, por lo menos, no agonizan en la intrascendencia que aportan las apariciones de los citados Javier Bardem y Penélope Cruz (el realizador no sabe cómo realzar el papel de la actriz, que podía haber tenido más peso en la historia); a los que se unen las también prescindibles colaboraciones de Brad Pitt, Bruno Ganz y Natalie Dormer.

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Sin embargo, no todo el despropósito contenido en El consejero es culpa del screenplay elaborado por McCartthy, ya que el responsable de Prometheus tampoco consigue transmitir la brillantez de antaño: renglones torcidos que aumentan de tamaño con el hipertrofiado ritmo y la falsedad constatable de las localizaciones. En este sentido, habría que recordar al creador británico que las extensiones desérticas de México tienen poco que ver con las urbanizaciones y los polígonos asentados en España. Un problema de situación geográfica que provoca la percepción fallida de esta película, cinta que bien podría catalogarse como un rompecabezas al que le faltan piezas.

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