Series míticas: Beauty and The Beast

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En los túneles del suburbano neoyorquino reside el germen de una comunidad para la que las apariencias no cuentan. Allí, entre las sombras y la oscuridad, Vincent y su padre Jacob Wells se han apartado voluntariamente de un mundo que les condenaba por ser diferentes del resto; sobre todo al primero de ellos. Debido a su aspecto leonado, el joven presenta una deformación física más que notoria; aunque en su interior es un individuo extremadamente sensible, amante de la poesía y degustador de música clásica. Pero no es únicamente la condición exterior la que aleja a Vincent de la superficie urbana: la causa más peliaguda es un extraño metabolismo, que le convierte en poseedor de una fuerza descomunal. Sin embargo, el héroe no utiliza esta condición de luchador invencible para su propio beneficio, sino para ayudar a los más necesitados.

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Semejante personaje fue la piedra angular de un exitoso serial estadounidense titulado Beauty and The Beast, que durante tres temporadas (de 1987 a 1990) desveló las posibilidades inherentes del tradicional cuento, acerca de un príncipe encerrado en su castillo por una maldición que le ha metamorfoseado en bestia. Un tipo embrujado al que sólo un beso de amor verdadero puede salvar del fatal hechizo.

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Una pareja de las que enganchan

A finales de los ochenta, Ron Koslow acudió a la CBS para presentar ante los ejecutivos su idea de una producción a medias entre la ciencia-ficción, el drama romántico y el thriller: un proyecto fuera de lo normal, capaz de agarrar por las retinas -semana a semana- a una cantidad más que aceptable de espectadores, ansiosos por conocer más sobre el destino de los protagonistas.

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El boceto argumental gustó a los mandamases del canal norteamericano, quienes aceptaron embarcarse en una empresa que, a la postre, se erigiría en el referente claro de gestas de similar corte temático, como Buffy, Cazavampiros y Angel (aunque éstas tirasen más por la senda del terror light de naturaleza teenager). Aparte, Beauty and The Beast poseía el don de los guiones elaborados con la frescura de los diálogos intensos, una virtud que la televisión de los noventa hecha en USA empezó a perder; por lo menos en cuanto a las obras construidas con abundantes dosis de acción.

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Desde el primer episodio de los cincuenta y seis de los que constó la producción, el horneado de los libretos y las tramas se hizo con la eficacia de un nutrido grupo de escritores, destinados a sacar las entrañas románticas del emocional Vincent y la inspiradora Catherine. Team artístico en el que estaba incluido George R. R. Martin, el autor de la ahora triunfal saga de Juego de Tronos.

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El mimo especial con respecto a la historia (que algunos críticos no muy afortunados de la época llegaron a comparar con el homónimo precedente fílmico de Jean Cocteau, rodado en 1946) y al desarrollo de los personajes fueron las consignas de hierro a partir de la escena inaugural. Un plan de trabajo que se vio favorecido por la elección del reparto, encabezado por los sobresalientes Ron Perlman (Nueva York, 1950) y Linda “Terminator” Hamilton (Salisbury, Maryland, 1956). Ellos fueron los máximos responsables (junto con el apoyo técnico) de que Beauty and The Beast funcionara a escala internacional, siempre sorprendiendo al personal con revelaciones constantes respecto a la naturaleza de un amor aparentemente imposible. No obstante, pese a la envidiable química de la pareja y a sus convincentes caracterizaciones, el resto del cuadro dramático también puso su grano de arena para que la serie alcanzara las cotas de calidad previstas. Un elenco en el que se podían localizar nombres como el del inglés Roy Dotrice, Joy Acovone y Stephen McHattie.

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Las dos temporadas que versaron sobre la pasión oculta entre el deformado Vincent y su alma gemela (idealizada en el cuerpo de la abogada Catherine Chandler) tuvo frente al televisor a miles de seguidores confesos, que contribuyeron a los laureles de esta empresa de género híbrido. Sin embargo, la millonaria fama trajo consigo el fin del viaje catódico.

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Con una carrera en alza, y un embarazo no previsto, Linda Hamilton se retiró del proyecto en la tercera entrega. La muerte de Catherine fue un palo demasiado potente para B&B, tanto que no se recuperó ni siquiera con la aparición del hijo de V y C (que la letrada alumbró antes de fallecer) y la sustitución de Hamilton por una investigadora pelirroja identificada como Diana Bennett (Jo Anderson). La bajada de audiencia supuso la cancelación de Beauty and The Beast, pero este adiós no fue definitivo…

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En 2012, y bajo la batuta rectora de Sharri Cooper y Jennifer Levin, la antigua historia de Vincent y Catherine volvió a las pantallas con algunos cambios. En el remake del siglo XXI, Vincent ya no se oculta en el metro neoyorquino, sino que ahora puede pasear entre los humanos mientras no se altere su estado de ánimo. Una rara mutación genética, que le transforma en una especie de Hulk, es lo que hace que no pueda llevar una existencia normal al lado de la agente de la ley Catherine Chandler. Como se ve, el argumento ha sido parcialmente modificado; aunque la relación amorosa entre los protagonistas sigue inalterable, pese a que en este milenio la conduzcan los eficaces Jay Ryan y Kristin Kreuk. Una apuesta que, si se miran los índices del share, no ha perdido enganche de cara a la audiencia. Dato que confirma el que esta Bella y Bestia se halle a punto de finiquitar la grabación de lo que será su segunda temporada, compuesta por 22 capítulos.

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Más información http://ww.tv.com/shows/beuty-and-the-beast/

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