Van Sant graba los límites entre la vida y la muerte

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El director de "Elephant" exhibe "Restless" en el Festival de Cannes
El director de "Elephant" exhibe "Restless" en el Festival de Cannes

El mármol se suele quejar con rumor de humanidad latente entre las lápidas de los camposantos. Envueltos en una atmósfera de continua tristeza y dolorosa quietud, los nombres ilustres sepultados por varios metros de tierra comparten su sabiduría con los ciudadanos anónimos; los aristocráticos panteones abren sus puertas a los democráticos nichos y las cruces monumentales dan la bienvenida a los espíritus de cualquier credo y religión. Por ejemplo, hay quien confiesa que los fantasmas de Abelardo y Eloísa siguen amándose en secreto tras las verjas del parisino cementerio del Père-Lachaise, el mismo centro neurálgico de admiradas ánimas en el que Molière recita sus textos cada noche de luna de llena con voz espectral, solo para oyentes de eterna vecindad. No se sabe si Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, USA, 1952) es de los que encuentran la paz en las extensiones surcadas por inqulinos inmóviles; pero lo que sí se puede asegurar -con cierta rotundidad- es que en su última película la relación entre la vida y el Más Allá está presente en cada poro de sus fotogramas en movimiento.

Restless es el título de la obra que el realizador de El indomable Will Hunting ha presentado esta semana en el Festival de Cannes. Un guion escrito por Jason Law sirve al autor de la asfixiante Elephant para poner en escena la crisis emocional de una chica, consciente de que le queda poco tiempo de existencia. La protagonista del filme es portadora de una enfermedad terminal que está acabando con sus defensas. En su caso, la huida no es un simple capricho de rebeldía veinteañera; sino el camino para hallar una razón que la ayude a comprender el proceso que está experimentando. En su viaje emocional, la muchacha conoce a un chaval que siente una extraña atracción por los cementerios. Tras verse, los dos comienzan a sentir que el amor llama a sus respectivas puertas; y juntos se abandonan a su pasión por introducirse en los lugares del reposo por los siglos de los siglos. Allí, la pareja entabla una misteriosa amistad con un piloto kamikaze de la Segunda Guera Mundial, de origen nipón; y, a través de sus charlas, la visión de la joven -condenada por la medicina a un fallecimiento prematuro- empieza a cambiar.

La cada vez más solicitada Mia Wasikowska (a quien los espectadores podrán ver próximamente en la adaptación de Jane Eyre) encabeza el equipo artístico de la cinta, acompañada por la presencia del casi debutante Henry Hooper (el hijo del mítico y recientemente fallecido Dennis Hopper tiene de la mano del autor de Mi nombre es Harvey Milk la oportunidad de darse a conocer internacionalmente) y por el japonés Ryo Kase (cuya caracterización de soldado descreído en la producción Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood, le valió el beneplácito de la crítica).

Parece ser que la historia de Restless es original; aunque sus ecos retrotraen la mente hacia la magnífica obra cinematográfica, de Hal Asby, Harold y Maude (1971). En este largometraje setentero, el argumento versaba sobre la amistad –tal vez amor intergeneracional– entre una casi octogenaria interpretada por la magistral Ruth Gordon y un adolescente –al que dio vida Bud Cort-, cuya obsesión mutua por los camposantos une sus destinos de manera incalculable. Probablemente, Van Sant se haya sentido inspirado en algún momento por esta película de culto, en la que la ilusión por la existencia se narraba a través de la serena prestancia albergada en la tierra de los muertos.

El lirismo romántico, con el que el admirador de Alfred Hitchcock nacido en Kentucky ha querido imprimir a Restless, está mucho más cerca de la perspectiva de Asby que de la mercadotecnia teen mostrada por Burr Steers, en Siempre a mi lado (Charlie St. Cloud); o de las tensiones macabras de Fantasma, de Don Coscarelli.

 Los espectros surgidos de la cámara de Gus Green Van Sant Junior no dan miedo, no causan sustos, ni generan espantadas pesadillescas. Son partes de cada uno de los hombres y mujeres, conciencias de una destrucción de la que es imposible escapar. Aunque, la esperanza en la trascendencia reside en posos de esencia enérgica, como si el final de los días no fuera tan conclusivo como muchos se empeñan en creer.

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