Sin noticias de Weiwei

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El autor de las pipas de porcelana de la Tate Modern de Londres continúa detenido en China
El autor de las pipas de porcelana de la Tate Modern de Londres continúa detenido en China

Las horas parecen caer con un ruido ensordecedor de impaciencia entre los familiares del artista y arquitecto chino Ai Weiwei (1957). El silencio perpetuo en el que el gobierno de su país mantiene a los parientes del creador, desde que este fuera detenido en el aeropuerto de Pekín hace ahora tres semanas, es como un muro impenetrable; una pared inconmovible ante las ansias de libertad del propio constructor y de otros muchos de los ciudadanos que no piensan como los dirigentes de la nación. Lo ocurrido con el colaborador de Herzog & de Meuron recuerda mucho a la situación que padece el Nobel de la Paz de 2010, Liu Xaobo; y rememora actitudes de cerrojazo más cercanas a la Edad Media que a la globalidad supuesta del siglo XXI y de las redes sociales.

Asuntos de índole económica es la escueta explicación -según fuentes cercanas al fundador del Fake Design– que la policía ha hecho llegar sobre la encarcelación de Ai; una excusa demasiado débil cuando ni siquiera se ha tenido en cuenta el derecho de todo detenido a un periodo de habeas corpus. Anteriormente a este arresto, el diseñador del estadio olímpico pequinés estuvo hace un tiempo relacionado con el derrumbe de unas escuelas elaboradas por su empresa, tragedia acaecida por la acción de un devastador terremoto en Sichuan. En ese caso, el responsable de las pipas de porcelana de la Tate Modern de Londres fue absuelto, al no hallar la justicia responsabilidades directas en las imputaciones. Sin embargo, en esta nueva incursión policial, el tema es mucho más susceptible de polémica; ya que sugiere a simple vista una especie de revancha del régimen contra un espíritu en continua lucha a favor de una progresiva democratización en la tierra de La Gran Muralla.

Hace unos días, el primer ministro Wen Jiabao proclamaba a los cuatro vientos y con los mass media como testigos el ánimo del gigante comunista para comenzar a dotar a sus compatriotas de un cierto margen de libertad de pensamiento y de expresión. Este anuncio venía después de que el ejecutivo de la nación de Mao intentara acallar las protestas de sus gobernados, tras comprobar los efectos que las revueltas populares estaban teniendo en algunos de los países africanos (Egipto, Túnez y actualmente Libia). Las masas de insurgentes derrocando feudos de inspiración dictatorial metieron el miedo en el cuerpo al gobierno chino, que no dudó en promocionar un ligero aperturismo, a la vez de supuestamente “controlar” a los que tenían más posibilidades de convertirse en líderes intelectuales del cambio.

Como batallador de las ideas, Ai Weiwei nunca ha sido un hombre sujeto a los dogmatismos ni a la domesticación de la política dominante. Su actitud de enfant terrible le viene desde sus tiernos tiempos de infancia, donde observó casi desde la cuna lo que salirse de la norma traía conllevado en un territorio como China. Hijo del poeta Ai Qing, quien fue denunciado por el régimen en 1958, el joven Ai tuvo que trabajar en un campo de reeducación, hasta hacerse adulto.

De espíritu creativo y ajeno a los encorsetamientos, el artista de cincuenta y tres años sintió desde muy pronto en su existencia la llamada de la actividad plástica, para convertirla en su profesión y leitmotiv vital. Casado desde muy temprana edad con la también creadora Lu Qing, Weiwei se matriculó en la Academia de Cine, donde se hizo amigo de gente tan influyente en la visión de la cultura asiática como los realizadores Chen Kaige y Zhang Yimou.

Tales señas de identidad fueron la base para conformar el espíritu salvaje y difícil de adoctrinar del polifacético creador. Experiencias poco cómodas para el gobierno con sede en Pekín, como la de la fundación del grupo Stars y su labor como director artístico del China Arts Archives and Warhouse, hicieron que el currículum del excéntrico autor fuera levantando ampollas en la piel roja del titán comunista.

Polémico y concitador de masas, la importancia de las obras del vástago del escritor fue otorgando a Ai una notoriedad en el panorama internacional que no agradaba del todo a los mandamases de la tierra de la Revolución Cultural Popular; un reconocimiento de naturaleza sobre todo occidental que acabó de apuntalar la formación en 1999 del estudio de arquitectura del ahora detenido: el Fake Design.

Parecía que el encargo de la construcción del estadio olímpico de Pekín, en 2008, había limado las diferencias entre el artista y el poder; pero el futuro relevo de la directiva del partido gobernante -pensada para 2012– ha vuelto a generar en teoría el caldo de cultivo necesario para intentar acallar cualquier voz discordante. Tras tres semanas sin capacidad para comunicarse con el exterior, los amigos y seguidores de Ai Weiwei reclaman su salida de las dependencias policiales: un acto con el que el gobierno de Wen Jiabao podría ganar algo de credibilidad, si lo que pretende es presentar su candidatura como un ejecutivo comprensivo con los discursos de la distinción, los mismos que erigen a sus locutores como leones, en vez de simples corderos sin opinión propia.

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