Ana María Matute logra el Nobel de las Letras españolas

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La escritora barcelonesa recoge el prestigioso galardón
La escritora barcelonesa recoge el prestigioso galardón

Las gotas de lluvia, que castigaron España en la reciente Semana Santa, han comprado billete en low cost para viajar a un destino incierto, y permitir al astro rey brillar con fuerza en la entrega del Premio Cervantes 2010. Así, entre rayos cegadores y solana en el paisaje, la Universidad de Alcalá de Henares ha retocado sus arterias arquitectónicas -cual vanidosa damisela- para recibir a la figura literaria distinguida con el galardón más importante en el siempre sorprendente idioma del creador de Los entremeses: la narradora catalana Ana María Matute (Barcelona, 1925).

Ataviada con un sencillo traje de chaqueta, esta señora octogenaria -que alberga en la mirada las cicatrices abiertas de su eterna niñez y juventud- recibió este mediodía -de manos del monarca  Juan Carlos I– lo que significa la cumbre en cuanto a los reconocimientos habidos y por haber para una aventurera de los verbos encadenados en lengua española. Un discurso breve, conciso pero no por ello exento de encuentros emocionales, ha marcado este mediodía las palabras de agradecimiento de Matute; frases pronunciadas con sensibilidad y sabiduría lectora en las que no faltó el recuerdo al poeta chileno Gonzalo de Rojas –ganador del Cervantes en 2003 y fallecido a los 93 años el pasado lunes-.

La esencia que la académica –desde 1996 ocupa el sillón K en la Real Academia de la Lengua– extrae de cada una de sus obras, y la intensa catarsis que socaba su experiencia con la pluma, ha sido el nexo común de una alocución en la que la autora de Olvidado Rey Gudú ha reclamado la necesidad de la inventiva, justo como hizo en siglos precedentes Miguel de Cervantes a través del magistral texto de Don Quijote de la Mancha.

La literatura de Matute es de las que se adentran –con realismo, aunque con añoranzas de sutil veladura- en las entrañas de la humanidad; y lo hace subiéndose con determinación a un vehículo descriptivo y situacional que surge de la violencia, de la represión y de la sinrazón de la Guerra Civil de 1936. En ese período, en el que la escritora catalana sufrió las consecuencias de una contienda que la atrapó con fuerza cuando apenas contaba diez años de edad, es en el que reside la nostalgia trágica y onírica en la que se embarcan los libros nacidos de su prolija mente, como testimonios a duermevela de la historia más oscura y ancestral de la Península Ibérica.

Hija del dueño de una fábrica de paraguas, Ana María Matute se crió en el seno de una familia acomodada de la alta burguesía. Sin embargo, lo que pudiera parecer en sus inicios una existencia relativamente fácil se vio truncada por la enfermedad. Dos afecciones graves llevaron a la literata al borde de la muerte, algo que debió marcar su manera de acercarse a las palabras. Con solo 17 primaveras, la barcelonesa redactó su primera novela –Pequeño teatro-; aunque la censura del momento hizo que no se publicara hasta once años después de su aceptación por la Editorial Destino.

A esta le siguió un emocionante legado de calidad discursiva, que fue elevando a Matute al Olimpo de los grandes genios de las letras en español. Luciérnagas; Solo un pie descalzo; la trilogía de Los Mercaderes (compuesta por Primera memoria, Los soldados lloran de noche y La trampa); Fiesta al noroeste; Los Abel; Los hijos muertos o la más reciente Paraíso inhabitado son excepcionales muestras de la riqueza cognitiva de una fémina que ha sabido en todo momento conjugar su visión de la sociedad de la posguerra sin rencores en sus frases, sin valoraciones políticas que pudieran volver a sembrar la semilla del añejo odio que acorraló los comportamientos extremos de los habitantes de la Piel de Toro, hace ahora quince lustros.

La Cultura rinde pleitesía, en este 27 de abril de 2011, a la faz frágil y profundamente humana de esta soñadora con pulso de novelista. En sus páginas, grabadas con el fuego de la pasión, reside el alma imperecedera de los hijos de Adán y Eva, herederos conscientes de este otrora Edén conocido como planeta Tierra.

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