Los más de treinta años desde su publicación original no han vaciado de polémica las páginas del libro Midnigth’s Children, traducido al lenguaje cinematográfico en 2012 por la realizadora de la exitosa trilogía Agua (2005), Fuego (1996) y Tierra (1998). Tal era el temor del equipo ante posibles represalias de algunos grupos extremistas, que los técnicos y los intérpretes contratados tuvieron que llevar a cabo su trabajo en el más absoluto secretismo: labor efectuada en las calles de la urbe de Colombo (en vez de Paquistán o La India, que es donde transcurre la trama del relato impreso). Semejante postura para preservar la seguridad de los implicados en el largometraje también generó que la movie maker se viera obligada a modificar momentáneamente, y de cara a las filtraciones de la tarea en la que estaba involucrada, el título del proyecto por el postizo de Winds Of Change; resolución con la que igualmente salvaba de problemas adicionales al gobierno de Sri Lanka, que había acogido el rodaje.

La historia versa sobre la existencia de un individuo desde su nacimiento, ocurrido en el momento de la escisión entre India y Pakistán
Pero, pese a todos los inconvenientes inciales, al final las cámaras consiguieron echar el cierre de sus objetivos; coronando con ello su particular odisea por dejar constancia audiovisual de la versión del intrincado modelo literario. Un texto que en su día fue denunciado tanto por los sectores hindús como musulmanes; debido a sus supuestas licencias, arropadas con un simbolismo cuyo reflejo podría localizarse en las letras latinoamericanas de García Márquez o Juan Rulfo, a la hora de referirse a la situación geopolítica de parte de estos colectivos orquestada por el escritor nacido en la cuna de Rabindranath Tagore. Algo que fue una especie de premonición de lo acaecido el 14 de febrero de 1989, cuando el ayatolá Jomeini impuso al autor anglo-indio la fatwa por la edición de su novela Los versos satánicos. Acciones como estas han marcado de polémica continua cada uno de los pasos profesionales de Rushdie, siempre asociados a una prosa premeditamente incediaria y plagada de iconografías verbalizadas de múltiples lecturas.
Hijos de la medianoche entronca de lleno con la faz más imaginativa del ganador del Booker Prize; postura a partir de la que eleva su discurso de identificación con la realidad pretérita de la patria en la que fue alumbrado, hace ahora sesenta y cinco primaveras. Criado según los vestigios de la cultura colonialista de Bombay, la perspectiva del famoso constructor de frases deambula por el cuestionamiento de los dogmas; motivo que ha generado la incomprensión y el enfado de algunas de las comunidades de fieles, que dicen sentirse heridas en sus creencias.
Mehta es consciente de la carga sensacionalista que tiene llevar a la pantalla una obra como la escogida; razón por la que la directora parece cargar las tintas del libreto más en la variante mágica del argumento que en sus connotaciones ajenas a la historia. A tal efecto, la veterana cineasta no ha escatimado sagacidad dramática en concitar casi milimétricamente la atmósfera del país de Gandhi, justo en el momento de su escisión con Paquistán ocurrida el 15 de agosto de 1947. Esa fecha supone el arranque de la película, instante en que lanza sus primeros llantos un bebé bautizado como Saleem Sinai.
De esa manera es como comienza Hijos de la medianoche, con los prolegómenos de la existencia del protagonista y narrador, en un hábitat complicado y caótico, en el que se encuentra constantemente perdido y desamparado (y eso a pesar de que el mencionado niño crece con habilidades paranormales, tales como la telepatía).

Bhabaha, el actor principal, logró bastante notoriedad tras su participación en "Scott Pilgrim contra el mundo"
El referente de esa especie de superhéroe aplastado por su rutina diaria es lo que determina la evolución del filme, un fresco en el que el propio Sinai y sus familiares están bajo una maldición figurada que les hace sucumbir ante sus debilidades y sus carencias como seres humanos.
El aún veinteañero Satya Bhabha (actor de nacionalidad estadounidense, que se dio a conocer a nivel planetario tras su caracterización como Matthew Patel, en Scott Pilgrim contra el mundo) es el encargado de dotar de físico al peculiar Saleem. A su lado, el veterano Rajat Kapoor (toda una institución en el Bolywood de última hornada) y la bella Shriya Saran colaboran en un cuadro escénico en el que el británico Charles Dance (Scoop) materializa un jugoso cameo.
La expectación por comprobar los resultados de la sensible y seductora arquitecta de imágenes nominada Deepa Mehta, frente a un material tan complicado como el diseñado por Rushdie, está dando lugar a la publicación de numerosos reportajes al respecto por su componente sensacionalista (en su mayoría, meras especulaciones hasta que se proceda a su estreno). Un alimento de ansiedad que otorga a la cinta un plus de interés más morboso que otra cosa. No obstante, e independientemente de concepciones aisladas de la naturaleza del séptimo arte, finalmente serán los espectadores los que dictaminen sentencia al respecto. Eso es lo justo para cualquier producto en formato de celuloide.









