La elasticidad a punto de romperse, sin posibilidad de arreglar las costuras desgarradas de la tela, es lo que sintió durante toda su existencia esta artista con sombras constantes, tanto sobre su paleta como sobre su plinto. Alcanzar el cielo del reconocimiento es de por sí una tarea complicada en el universo de las imágenes pigmentadas; pero hacerlo con los contrapesos de un padre y un esposo célebres y geniales es una tarea casi titánica. Y eso que esta culta musa de oleosas esencias, contertulia de Picasso y Brancusi, acreditaba una técnica luminosa, espectacular, diferenciadora. Tales logros, injustamente en la penumbra de las comparaciones familiares, son los que intenta sacar a la palestra de lo admirable el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), con la muestra Roberta y Julio González.
Desde el pasado 14 de marzo, y hasta el 17 de junio, ochenta obras de Roberta González–junto a veintiocho más de su progenitor- concentran la atención la atención de los visitantes a la institución establecida en los dominios del Turia; un laberinto de luchas feroces -entre figuración y destrucción de la materia, máscaras y enfrentamientos con la naturaleza, torsos y cabezas pletóricas de nervudas reflexiones- que toma posicionamiento de alegato defensivo de la mano de los comisarios y expertos Tomás y Boye Llorens.

Pese a la calidad de su trabajo, la creadora siempre estuvo a la sombra de su padre y de su pareja, el pintor Hans Hartung
Hay algo especial en la conjunción de la senda curricular de esta mujer nacida en las bulliciosas fauces del París bohemio de 1909, y fallecida en 1976; y ese nexo común lo construyen la vitalidad y dignidad compositivas, con las que asumía su matrimonio con la plástica. Desde sus iniciales dibujos de inspiración paterna a las últimas piezas en gran formato, sus manos siempre respondieron a su particular necesidad por dar rienda suelta a la expresión que anhelaba canalizar; unas veces mediante manchas de color vertidas con excéntrico criterio, y otras con un surrealismo de raíces casi primitivas.
A modo de juego de intenciones, la exposición del IVAM comienza con los cuadros elaborados por González en el momento de plena madurez, cuando ya había digerido las acumulaciones visuales de gente tan determinante como la de su pareja sentimental: el singular pintor –abanderado de la denominada abstracción gestual- Hans Hartung (Leipzig, 1904- Antibes, 1989). Con esta acción, los responsables de la antológica exhibición pretenden acercar al público, a partir de la primera toma de contacto, la profundidad dialéctica y discursiva de una señora que tenía bastante que decir, inmersa en el panorama de las vanguardias posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Alumna aventajada de la Academia Colarossi, la heredera dinástica del gran Julio de los hierros doloridos y los pináculos con apariencia humana probó su versatilidad en una variante bastante compleja de vehículos plásticos, un collage de distintas durezas que va de los dibujos de ingenuidad pretendida al pastel de emulsiones eléctricas, de los gouaches de emociones acuosas a los golpes de fragua… Todo con la vista puesta en acabar instalando sus enseñanzas privilegiadas sentada al ralentí de un lienzo por localizar la escena; o esperando entre las paredes de su estudio, con el fin de sacar la faz icónica a un pedazo de madera, metal o piedra engendradora de sutiles texturas. Mediante semejantes ingredientes, la creadora española alumbrada en Francia confeccionó un bosque de máscaras secretas, y torsos contorsionados en pos de los impulsos violentos de su firme pulso.

Los dibujos de juventud, alentados por la influencia hacia su padre, cierran el recorrido propuesto por el IVAM
En medio de ese sinfín de influencias y determinaciones, un tema tuvo especial protagonismo en la producción de esta observadora privilegiada de las grandes corrientes europeas del fenecido siglo XX. Y este ensamblaje narrativo estuvo monopolizado por el mito de Leda. La mencionada historia sobre la seducción de Zeus a una joven, mientras este se encontraba transmutado en cisne, fascinó con especial obsesión a la pintora y escultora (como ya lo había hecho con algunos de los maestros más sobresalientes del Renacimiento y el Barroco); dando como resultado una serie de obras que el museo valenciano ha podido recuperar para que el visitante se introduzca en los mundos oníricos de esta especial creadora.
Aparte del innegable interés que conlleva la contemplación de los múltiples trabajos de la parisina, la posibilidad de comparar in situ las figuras de Roberta con las de su ilustre padre convierte la cita expositiva en un ejercicio de fuerza consanguínea de indudable interés analítico. Así, a modo de espejo distorsionador, las 108 estaciones secuenciales hacen surgir con claridad la fisicidad, materializada a punta de punzón y a pelo de pincel, de la mente de Roberta González (sin apostillas genealógicas de por medio).
Más información en http://www.ivam.es




















