El sentido de la existencia es un río con demasiadas bifurcaciones como para resumirlo en un cuadro escénico. Intentar explicar en imágenes de dónde viene el hombre y hacia dónde va, o concretar el origen del universo embutiendo la cámara en un mecano de glóbulos y células, órganos y sentidos, es una tarea demasiado ambiciosa como para llevarla a cabo ni siquiera en una película de más de tres horas de duración (como fue el caso de El árbol de la vida). Probablemente, una carrera individual no sea suficiente tablero como para conseguir semejante reto; pero el responsable de Malas tierras es de los que no se dan por vencidos; aunque le lluevan ante cada una de sus obras, y según el percal del coso de la crítica especializada, tanto premios como chuzos de punta.
Hubo una época de artisteo de alfombra roja y champú para la melena en la que Terrence Frederick Malick (Ottawa, Illinois, USA, 1943) optó por dedicarse al cine sólo a tiempo parcial, únicamente cuando su talento pudiera cocinar largometrajes con la aureola de piezas maestras del costumbrismo y la universalidad: productos de la psiquiatría endémica de una América malherida por la pérdida de las ilusiones. Así surgieron odas al desencanto -tan metafóricas como hirientes- del pelaje inquieto de Malas tierras (1973), Días del cielo (1978), La delgada línea roja (1998) y El nuevo mundo (2005). Ladrillos de dureza virtual con los que el compatriota de Clint Eastwood comenzó a forjar, con hierro de almacén, la leyenda de un cineasta particular e inmenso, que era capaz de abandonar la barahúnda coctelera hollywoodiense para irse a apuntalar, por ejemplo, un doctorado en filosofía.
Pero casi todo creador tiene ese punto en el que las neuronas necesitan atisbar algo de inmortalidad perentoria, esa esencia que eleva los espíritus tocados con la genialidad por encima del vulgo popular del rancho y la barra abierta. A Malick le llegó esa aureola de divinidad latente con El árbol de la vida (2011), ejercicio con el que el otrora arisco y esquivo señor de los campos se transformó en un realizador de culto, que paseaba por Cannes -cual modelo de pasarela exclusivo- con su sombrero de cowboy y su discurso profético y presuntamente orientador en medio del caos.
La expectación generada por el citado filme, en el que el director recurrió a estrellas de relumbrón tales como Brad Pitt y Sean Penn, encendió un interruptor profesional en el interior de Terrence; y esa luz es la que ha guiado al hacedor de relatos en movimiento para hilvanar con bobina de oro su titánica propuesta, en pos de rodar la visión de Dios a través de los rostros de los seres de carne y hueso.
A partir de ese instante, una fuerza motriz aceleró el combustible emocional del norteamericano: impulso que el natural de Ottawa desplegó en primera instancia por los poros secuenciales de la película To The Wonder. Saltar de lo planetario a lo concreto, del darwinismo evolucionista a los sinsabores de hogar terruño, reñido con lo que hay más allá de la percepción; esos son los ejes que marcan el desarrollo de esta obra –extrañamente vapuleada por varios sectores de los popes del séptimo arte tras su paso por el Festival de Venecia- cuyo guion versa sobre una pareja en crisis después de marcarse un viaje al emblemático Monte Saint-Michel (refugio de antiguos cátaros en una región francesa). Ben Affleck y Olga Kurylenko protagonizan este trabajo, en el que Javier Bardem y Rachel McAdams ejercen de los contrarios en sus respectivas historias amorosas y sentimentales.
Sin embargo, Malick no sació con To The Wonder su obsesivo acceso de hambre por enlazar fotogramas. Con lo que procuró matar el gusanillo con un documental en plan Star Trek, bautizado como Voyage Of Time. No obstante, el apetito por ligar su posicionamiento frente a la creación y el devenir de las sombras cavernarias aún no estaba colmado totalmente.
Tal canibalismo voraz (realmente estimulante para todos los que disfrutan con los proyectos de este tipo, que entre sus gestas está la de haber grabado una de las mejores interpretaciones juveniles del sex symbol Richard Gere) ha desembocado en un díptico sobre la fama y la vanidad descafeinada, que transmiten las luces de neón y las ondas sonoras del triunfalismo de carpeta. Un bosquejo a dos bandas que TM rueda consecutivamente, y el cual fusiona en tiempo y espacio un par de filmes destinados a resarcir las dudas sobre las virtudes de este pensador con claqueta, en este periodo de prodigalidad en pantalla. Knight Of Cups y Lawless (nombre aún en la reserva de las confirmaciones oficiales) son –a falta de nueva orden- los citados vehículos narrativos en los que anda inmerso estos meses el admirado cineasta.
Pese a que el argumento está todavía un poco en el aire de las incógnitas, convenientemente guardado en el arcón de las sorpresas (según parece, la cosa va sobre las mentiras que existen en la escena musical texana en Austin, y tiene como punto neurálgico un peliagudo y activo triángulo amoroso); lo que sí ha publicitado la productora es el nutrido y heterogéneo reparto, donde hay desde luminarias de sobrada calidad artística a famosos de los de revista de peluquería. Christian Bale, Ryan Gosling, Michael Fassbender, Cate Blanchett, Rooney Mara, Natalie Portman, Teresa Palmer y Antonio Banderas son algunas de las identidades de los curritos a las órdenes de Malick. Usted, en calidad de lector, será el encargado de decidir en qué categoría encuadra a cada uno de ellos (bien en el Olimpo de las caracterizaciones con solera o bajo el secador de pelucas).


































































