Un poso de ilustre ciudadanía conceptual made in England acompaña con sello ceremonioso cada una de las obras del artista de El Guernica; y eso a pesar de que las visitas en vida del creador malagueño a la tierra de Shakespeare se pueden contar con los dedos de una mano. Aunque -en materia plástica- las estancias contabilizadas de asilo aeroportuario y bed & breakfast no importan tanto; ya que los pliegues sinuosos de las figuras de mate y acrílico del responsable de Las señoritas de Avignon, sus llantos en contra de las acciones viles de los maltratadores de la individualidad, sus perspectivas tridimensionales y su cubismo de inspiración retadoramente humana ondearon las velas orientativas de muchos de los genios de las artes originadas en las islas de Elizabeth II, durante el fenecido siglo XX.
Esa relación estrecha y vampírica con aroma a tela y pigmentación oleosa es el motor protagónico y absoluto de la exposición Picasso And Modern British Art, que se puede ver en el vetusto edificio de la Tate Britain capitalina. Hasta el próximo 15 de julio, las salas del magno monumento -que mira con prestancia nobiliaria las serenas aguas del río Támesis- se complacen en alojar algunas piezas de regia indumentaria producidas por el inigualable pulso de don Pablo, como Los tres bailarines (1925) y Mujer llorando (1937), para comparar sus credenciales figurativas con la producción visual de magistrales seguidores oriundos de U.K., pertenecientes en su mayoría al Grupo de Bloomsbury y a La Escuela de Londres.
El primer viaje contabilizado del pintor, escultor y grabador español a los márgenes del otrora feudo de Enrique VIII data de 1919; cuando el reconocido hacedor de obras destinadas a la inmortalidad fue invitado por el ballet de Diaghliev, para que se hiciera cargo del diseño de escenario y el vestuario de la compañía (contratada en la metrópoli del imperio anglosajón para las representaciones de El sombrero de tres picos). Un peregrinaje a los paisajes de Wilde y Dickens que el andaluz repitió en 1960, esta vez con motivo de la celebración de una exposición de su trabajo en la Tate.
No obstante, el legado de Picasso fue más allá de las conversaciones cara a cara y de los hospedajes mediáticos en el país del Big Ben: su verdadera herencia vino en forma de apertura de caminos, de descorrimientos sustanciales del espíritu creativo, para anidar en la mente de los que serían los adalides del arte británico. A ellos –junto al reconocimiento sin barreras hacia el autor de El arlequín- es a los que también entrega los papeles principales de la cita la institución construida en el centro de la urbe fundada por los romanos.
Bajo esta máxima rectora, la galería presenta -por ejemplo- los retratos hirientes y perforadores del escocés Duncan Grant (1885- 1978), que tomaron de Pablo Ruiz el alimento del canibalismo de esencia decididamente vulnerable; característica con la que los hijos de Adán y Eva elevan su componente de maniquíes vestidos con los ropajes de la alegría y la tristeza, la amargura y el temor, la desesperación y las ilusiones perdidas y recuperadas. Tanto él, como Maynard Keynes y el polémico Roger Fry acoplaron las visiones picassianas a los parámetros del imprescindible Grupo Bloomsbury y al pensamiento de su jefe de filas, el singular Lytton Strachey.
En similar senda, Percy Wyndham Lewis (1882- 1959) halló en las tesis del artista español un caudal de expresión, que el británico materializó en empresas como la configuración del breve movimiento conocido como Vorticismo. Las emociones sublimadas, como si fueran vórtices de la naturaleza pictórica, llevaron al creador a fundir la técnica cubista con la de un futurismo evolucionado a partir de las escenas materializadas, en su estudio parisino, por el pequeño señor de ascendencia mediterránea y danza interminable.
En ese juego de asociaciones perceptibles, la exposición cobra enteros cuando se aproxima al hermanamiento de la producción de Picasso con la geometría impresionista (también muy pareja a la estética desplegada de Piet Mondrian) de los relieves de Ben Nicholson (1894- 1982), la sorpresiva corporeidad curvilínea de trascendencia primitivista de las modelos de Henry Moore (1898- 1986), las pesadillas deformadas -deudoras igualmente de Goya y Velázquez- del irlandés Francis Bacon (1909- 1992) y con la brillantez deslumbrante de David Hockney (único de los discípulos seleccionados aún con vida).
Como colofón, los paisajes de raigambre crepuscular y milenaria de Graham Sutherland (1903- 1980) dejan constancia de la corriente de ilimitadas conexiones surgida a través de los pinceles del traductor a la contemporaneidad de Las Meninas; unas secuencias en las que la religiosidad se tiñe de claroscuros, como un Jesucristo yaciente en espera de la redención de las retinas, siempre en búsqueda de un mínimo gesto de sentimiento activo.

La religiosidad oscura de Graham Sutherland alcanza la contundencia de manifiesto mediante la inspiración picassiana
Más información, horarios y entradas en http://www.tate.org.uk
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