Hay pocos monstruos tan temibles como los que reproduce la Naturaleza cuando desata sus demonios interiores. Tal aseveración pudieron comprobarla los tailandeses en el invierno de 2004, momento en que un devastador tsunami se cobró la vida de miles de personas. El director español Juan Antonio Bayona se hace eco de semejante catástrofe para montar una de esas películas llamadas a constar en las enciclopedias y anuarios cinematográficos de todo el mundo; ya que, desde el día de su estreno en salas, ha conseguido erigirse como la cinta más taquillera en la historia del séptimo arte elaborado con curritos made in Spain.
Aunque sea algo discutible la nacionalidad fronteriza de Lo imposible (por ejemplo, las cabezas de cartel en el elenco artístico son las estrellas británicas Ewan McGregor y Naomi Watts), lo que sí se puede aclarar con un cierto rigor de objetividad es el engranaje fílmico de tan emotiva pieza en formato de celuloide.
Para empezar, no es nada descabellado asegurar que la movie de Bayona se mueve con mayor soltura en el terreno auditivo que en el meramente visual (si es que se puede meter el cuchillo desmembrador para aislar los elementos que componen el invento de los hermanos Lumière). Según este método, los prolegómenos de la película, con el turbador sonido de un tsunami tomando la palabra sobre un fondo negro, es lo mejor de una obra demasiado atribulada, con numerosas crestas en intensidad respecto a los acontecimientos que describe.
Al igual que le ocurrió a Clint Eastwood con su particular exposición del mismo fenómeno (llevada a cabo en su producción Más allá de la vida), el guion de Lo imposible no escapa de la apariencia de una de esas casas encantadas de un parque de atracciones, en las que los escalones esconden en la oscuridad del espacio su sorpresiva prestancia.
De esta manera, el espectador entra en la trama con un trapo sobre los ojos, simplemente con el retumbar de la ola asesina, para abrir las retinas en una especie de paradisíaco hotel en línea de playa. Allí, en medio de piscinas millonarias y suites de lujo a cargo de tarjetas de crédito tipo oro, el personal se topa con la familia protagonista: un clan con dinero sobrante, que pasa sus vacaciones antes de la incorporación del patriarca a una multinacional japonesa.
Lo que Bayona cuenta de este núcleo consanguíneo está como determinado por flecos escasamente eficaces, dibujos a carboncillo y sin líneas medianamente conformadas que más adelante pasarán la factura de la desconexión sensible, sobre todo con la odisea experimentada en clave individual por estos parientes, en las extensiones isleñas anegadas por el barro.
Y, con estos antecedentes, el tsunami hace acto de presencia: devastador, criminal, injusto, bestial… Ante este cataclismo, Juan Antonio tiene la virtud de sellar las imágenes con planos generales, alternados con sabiduría y acierto con otros cortos en los que la madre y uno de los hijos luchan bajo el agua por la supervivencia.
Sin embargo, cuando la sensación de que la fuerza no iba a disminuir en el metraje, es el instante en que el director somete al argumento a una disección un tanto decepcionante, definida por una búsqueda algo redundante y demasiado rocambolesca.
Frente al mencionado camino narrativo tomado por Bayona, la parte que protagonizan Naomi Watts y el pequeño Lucas (Tom Holland) se encuentra mucho mejor escenificada que la materializada por Ewan McGregor y los otros dos vástagos. Un ejercicio de artesanía mal entendida que no contribuyen a dignificar la puntual exposición de una galería de secundarios bastante deformados (en este apartado, es especialmente llamativa la poca chicha que posee el papel de Geraldine Chaplin).
Después de haber reventado la taquilla, y ser objeto de un bombardeo mediático masificador hasta en sus trailers, Lo imposible genera la comprensión afectiva de los sufrimientos reales, testimoniados por la verdadera familia en la que se basa el libreto. No obstante, la vena empática queda diluida en no pocos tramos secuenciales por un exceso de desmesura artificial, nunca entendida desde la perspectiva de unos personajes con déficit de agarraderas humanas (que no humanitarias).














