
Marina Bollaín dirige la adaptación del texto de Clarín en la Sala Verde, del 29 de marzo al 15 de abril
El destino suele gastar sus bromas de feria y guiñol con la amargura del desconsuelo, la infelicidad en vena y la derrota sin posibilidad de recuperación anímica. Cuando la existencia alcanza el límite de lo permisible, y los resquicios de la libertad coartada dejan escapar una mínima esperanza expresiva entre los renglones escritos por el bienestar social, es el momento en que la resistencia sucumbe ante la tentación; y el comportamiento se vuelve duende de alcoba. Ana Ozores fue una de esas víctimas del diablo poderoso del deseo, de la carne encendida y de los suspiros en pos de un paraíso del amor y la pasión incondicional, tan prohibido como atrayente. Ella fue la heroína de la mejor novela del zamorano Leopoldo Alas “Clarín”, transformada en la musa del realismo de pezuña ibérica, en la Madame Bovary de las letras pronunciadas en el idioma de orfebrería milimétrica bruñido a golpe de sabiduría por maestros de la pluma como Cervantes y Quevedo.
La mencionada mujer, que generó la conmoción de lo políticamente correcto tras la publicación a finales del siglo XIX de sus desventuras de sábanas rotas y almohadas empapadas de suspiros ahogados, será la estrella de la Sala Verde en los madrileños Teatros del Canal (Calle Cea Bermúdez, 1) durante unas intensas semanas; a través del imaginativo montaje que tomará el coliseo de la Villa y Corte desde el próximo 29 de marzo al 15 de abril.
Un cambio de situación y de época son las coordenadas más llamativas del proyecto escénico de la reputada directora Marina Bollaín (hermana gemela de la cinematográfica Iciar, que es conocida por adaptaciones musicales del tipo de la poética ópera Cuerpos deshabitados y la zarzuela La verbena de la Paloma). Arropada por la colaboración dramatúrgica de la veterana Vanessa Montfort, la familiar de la realizadora de Y también la lluvia aloja su versión libre, más de esencias que de resonancias literales con respecto al original impreso, de una obra que versa sobre los juicios sumarios de la moral, la necesidad de lograr una cierta porción de satisfacción personal en la rutina diaria y la materialización de un ápice sensitivo, con el objetivo de estar en el mundo con el propósito de dotar al ser humano de un poco de pesadez para combatir la levedad de la insignificancia.
De esta forma, la edad contemporánea de los códigos binarios y los sms es el momento histórico en el que se desarrolla la trama ideada por Bollaín, alejada de las connotaciones sepulcrales de la España decimonónica de los lustrosos altares de una religiosidad castrante; muchas veces contraria a las expresiones de una femineidad no doblegada a la dictadura marital. Un plató de televisión (tan de moda a nivel mediático en la generación de las redes sociales y las nuevas tecnologías) es el lugar en el que transcurre la acción construida por la autora capitalina. Allí, entre focos y maquilladores, Ana Ozores muestra su faz en los círculos sociales como una dama influyente que despierta envidias en su entorno. Casada con un político relevante, esta heredera de una familia nobiliaria en decadencia comienza su bajada a los infiernos mientras se enfrenta, en el mencionado espacio de la pequeña pantalla, al descubrimiento de sus secretos más ocultos y vergonzantes.

La publicación de "La Regenta", en 1884, causó una conmoción en los sectores más reaccionarios de la sociedad española
La barcelonesa Mariona Ribas (a la que los espectadores pueden poner rasgos si recuerdan a la protagonista de la serie La República, emitida en TVE) ha sido seleccionada para encarnar a la sufriente Ana. Ella es quien, ataviada con unos toques de estética pop, soporta sobre sus hombros el granítico esqueleto trágico del impactante argumento, en el que exhibe su desnudez y vulnerabilidad un ser incomprendido y odiado por sus debilidades. Aunque, en ese tribunal público ante el que comparece la actriz de Hospital central y Ja en Tirc 30!, también gozan de importantes colaboraciones los no menos resaltables David Luque (como el maquiavélico Fermín de Pas), Chiqui Fernández (Petra), Alberto Vázquez (Quintanar), Paca López (Paula), Raúl Sanz (Mesía) y Ángel Savin (Visitación).
No obstante, pese a la modificación de la atmósfera en la que transcurre la trama, la historia continúa destilando aroma reivindicativo, con la postulación de su discurso según el texto elaborado por Clarín. En este relato vilipendiado desde casi todas las instancias nada más ser editado (no hay que olvidar que el obispo de Oviedo le dedicó una pastoral condenatoria que impidió su reproducción más allá de una imprenta en Barcelona, donde la novela fue presentada a los lectores entre 1884 y 1885), los hechos seguían el acoso y derribo de la mencionada Ana Ozores: una de las más ilustres ciudadanas de la urbe de Vetusta. Esta aristócrata, de más abolengo que fortuna, estaba unida por el vínculo del matrimonio al regente de la Audiencia, Víctor Quintanar. Sin embargo, la conveniencia del emparejamiento no tenía nada que ver con los sentimientos de los contrayentes. Insatisfecha y desilusionada, la heroína se rinde al deseo hacia uno de sus pretendientes; un acto que la incauta Sra. Ozores solamente comunica a su confesor: don Fermín de Pas, Magistral de la catedral. Lo que no sabe la causante del adulterio es que este individuo también se siente atraído por ella. Un descubrimiento que la dama descubre tras la traición del que creía su único salvavidas contra la condenación.
Con semejante material (fiel testigo de un periodo creativo en el que igualmente dignificaron el papel de las hijas de Eva piezas como Pepita Jiménez y Hedda Gabler), Marina Bollaín viste con las telas de la identificación más allá del sexo un testimonio sincero, en el que prevalece la contundencia de las voces de los más desamparados, de los que se han visto alguna vez amordazados por la costumbre y el amortiguamiento de las diferencias. Ana Ozores se convierte con la tralla de los diálogos en el adalid de la búsqueda de la emoción; aunque con ello se ganara hace más de una centuria el descrédito de los defensores del engaño.
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