Al calor del pebetero de ínfulas helénicas -durante el pasado verano de esfuerzo continuo y medallas al viento-, el espíritu del antiguo imperio anglosajón extendió sus alas de águila enjaulada. A lo largo de dos semanas aproximadamente, Gran Bretaña intentó aprovechar la ocasión para sacar pecho no sólo desde el punto de vista deportivo; sino también a partir de perspectivas tan atrayentes como la culinaria, la artística, la cinematográfica y la literaria. Y, entre esos quehaceres de la probidad creativa, el teatro jugó un papel fundamental (tanto en sus variantes más historicistas como actuales).

La “henriada” es una tetralogía shakespereana compuesta por “Ricardo II”, “Enrique IV” y “Enrique V”
Dentro de ese terreno de tablas rechinantes y decorados de serrín y cartón piedra, el bardo nacido en Stratford-upon-Avon volvió a erigirse en enseña destacada de unos festejos patrios made in United Kigdom; aunque, en esta ocasión, asociado al invento devenido en electrodoméstico, y bautizado como televisión. A tal efecto, la BBC (la prestigiosa cadena pública del país de la union jack) programó en horario de máxima audiencia un serial (The Hollow Crown) basado en la conocida tetralogía de la henriada (formada por las obras Ricardo II, Enrique IV partes 1 y 2, y Enrique V), con el que dejar constancia del legado del autor de Romeo y Julieta. Una empresa que en breve llegará al resto de Europa (España incluida), bien en formato de emisión directa o vía mercado de DVD y Blu-Ray.
Richard II fue la primera de la saga shakespeareana en ver la luz, amparada por el mencionado esfuerzo de raigambre audiovisual. Bajo la realización del aún poco fogueado Rupert Gold (Highgate, Londres, 1972) esta versión de la pieza del responsable de Macbeth cuenta con cuatro episodios de extensión, en los que se narra la existencia del monarca apresado en el castillo de Pomfret (quien contó con una vida de sesenta y dos inviernos); cuyas actividades fueron reflejadas por el dramaturgo inglés -mediante su pluma de ave- en torno al 1595.
Con un presupuesto más que cuantioso, esta inicial entrega del puzle pudo ser grabada en muchos de los escenarios originales que aparecen en la trama (trágica reflexión sobre el poder y la traición, que el genial cerebro del isleño alumbrado en 1564 confeccionó en el siglo XVI con el aroma de un thriller envolvente y subyugador). Tal apoyo financiero también propició que el director de cuarenta tacos pudiera rodearse de un potente equipo técnico y de actores tan versátiles como la veterana Lindsay Duncan (en la piel de la Duquesa de York), David Morrissey (Northumberland), James Purefoy (caracterizado como el intrigante Thomas Mowbray), Patrick Stewart (John de Gaunt), David Suchet (Duque de York) y Ben Whishaw (el Q de Skyfall encarna a Ricardo II).
El éxito con el que se desarrolló la filmación, sobre la existencia del polémico gobernante, animó a los responsables a acometer la segunda estación del organigrama (tercera igualmente, por estar compuesta de un fresco partido en dos), titulada Henry IV.

La producción tiene el propósito de narrar uno de los periodos más atractivos en la historia de Gran Bretaña
Personaje realmente oscuro en los arcones pretéritos de la fisonomía regia de Inglaterra, el protagonista de este díptico -escenificado por el reputado Richard Eyre (Diario de un escándalo)- posee el rostro del no menos famoso Jeremy Irons. La apariencia casi siempre enigmática y ambivalente del Charles Ryder de Retorno a Brideshead gana enteros a través de las maquinaciones de un señor atormentado por haber asesinado a su propio padre, con el objetivo de alcanzar la corona (Enrique IV no era ni siquiera el primogénito). Un reto también de envergadura profesional para el oscarizado intérprete de El misterio von Büllow; ya que el insuperable Sir John Gielgud precedió al espigado Irons en el mismo rol, dentro de la no menos excepcional Campanadas a medianoche (Orson Welles, 1965).
Y como punto final, reciente cual un bollo horneado en leña boscosa, se encuentra Henry V. Texto enraizado en la genética de los “leones” amamantados tras las piedras blancas de Dover, este imperecedero y emotivo relato escrito Shakespeare hacia 1597 dio por terminada la henriada. En este sentido, la BBC ha querido finiquitar su aventura por los tres reinados con la aproximación de una directora casi debutante en las lides televisivas de semejante nivel: la teatral e imaginativa Thea Sharrock. Así, por sus manos han pasado los violentos y arriesgados enfrentamientos palaciegos de Hal y sus caballeros, a la par de gestas tan épicas como la de los arqueros de Agincourt. Todo ello dentro de una empresa en la que el atlético Tom Hiddleston (famoso por su participación en el blockbuster Los vengadores, y por su trabajo de aviador desencantado de The Deep Blue Sea, de Terence Davies) hace suya la idiosincrasia de un personaje que acredita los rasgos de maestros de la escena como Sir Laurence Olivier (1944), Keith Baxter (1965) y Kenneth Branagh (1989). Por cierto, en similar posicionamiento de valoración, resulta igualmente recomendable comentar la inmensa labor, en este Henry V de 2012, del cada vez más sobresaliente Simon Russell Beale, ataviado con la coraza oronda y juerguista de Falstaff (probablemente, el mejor en imágenes grabadas a golpe de fotogramas desde Orson Welles).




























































