Joseph Conrad clama justicia por las víctimas del Titanic


La editorial Gadir reeedita los alegatos contra los responsables del humdimiento del transatlántico

La editorial Gadir reeedita los alegatos del autor contra los responsables del humdimiento del transatlántico

La muerte tiene aguijón”: cualidad hiriente, según el novelista polaco-ucraniano, que pincha el valor de los seres vivos cuando se aproximan a su último suspiro. Y en ese trance, da lo mismo si la persona se halla en medio del Atlántico con una copa de jerez seco, como si el individuo en cuestión ha sido perjudicado por la ingesta en su hogar de una lata de conservas caducada. Parecido razonamiento fue el esgrimido por el autor de Victoria, para referirse a las consideraciones -supuestamente caballerescas- con que la prensa de principios del fenecido siglo XX trató la defunción de muchos de los ocupantes del siniestrado barco construido en los astilleros Harland and Wolff, en Belfast (Irlanda del Norte).

El narrador de "Victoria" cargó su pluma para denunciar a los verdaderos causantes de la tragedia

El narrador de "Victoria" cargó su pluma para denunciar a los verdaderos causantes de la tragedia

Un total de 1.517 almas (de diversas nacionalidades, sexo, condición y clase social) perecieron en el momento en que el R.S.M. Titanic enfiló con premura de manto mortuorio su camino hacia el fondo abisal. Tan macabro instante tuvo lugar en la madrugada del 15 de abril de 1912 (a las 2:20 horas aproximadamente) en aguas de Terranova; lapso en el que enmudecieron los gritos de los que no habían podido saltar al agua o subirse a un bote. Y con el silencio de estas existencias truncadas por la “arrogancia” (palabra usada por Conrad) llegó la cohorte de leyendas, juicios morales y rasgamientos de vestiduras de los cerebros del palacio flotante. Llantos que podrían haberse evitado si los capitalistas e inversores no hubieran sublimado sus ansias de jugar a ser Dios.

El buque se hundió en la mañana del 15 de abril de 1912

El buque se hundió en la mañana del 15 de abril de 1912

Una centuria después del fatídico hecho, la Editorial Gadir se suma al funeral colectivo con la publicación de los dos alegatos -reunidos bajo el título de El Titanic- que Joseph Conrad (Ucrania, 1857- Inglaterra, 1924) escribió varios meses después de ocurrir el fatídico naufragio; para dejar constancia de su repugnancia hacia la ampulosidad de un mundo que se encaminaba a su final con la Primera Guerra Mundial, y en el que la apariencia nobiliaria y de tintes azules en la sangre lo eran todo.

El Titanic era el segundo de la serie Olympic

El Titanic era el segundo de la serie Olympic

Las críticas vertidas en las casi 100 páginas del volumen literario rezuman razón de marino experimentado, esquirlas de igualitarismo necesario y desprecio hacia unos millonarios de blanca cuna, que consideraban a los menos afortunados en el reparto de riqueza como ganado que sacrificar. Bajo estas coordenadas, Conrad comienza su ensayo con las denuncias hacia los armadores originales –financiados con el dinero inagotable del norteamericano J. P. Morgan y su empresa International Mercantile Marine, Co-. Ellos fueron- según el literato- los principales responsables de la tragedia, con sus ansias por desafiar las leyes de la física con avariciosos propósitos. Estas alimentaron los materiales éticos mediante los que construyeron el transatlántico supuestamente invulnerable y con regios salones, para satisfacer las comodidades de los poderosos. Pero no solamente los arquitectos navales se transformaron en el objetivo de los dardos del narrador de El agente secreto: el europeo también guardó parte de su vitriolo analítico para la sociedad eduardina, y para las traiciones manipuladas de los medios de comunicación. Todos ellos confabularon, según él, para acabar con más de mil “vidas miserablemente desperdiciadas por nada”.

Conrad alude a la vanidad de una sociedad altamente clasista como la causa moral más importante del desastre marítimo

Conrad alude a la vanidad de una sociedad altamente clasista como la causa moral más importante del desastre marítimo

Tras despacharse a gusto contra los causantes directos del sinsentido llamado Titanic, el escritor alumbrado en la Ucrania actual (en la época de su nacimiento, su aldea pertenecía a Polonia) toma la pluma acusadora para denunciar la inexistente justicia, que olvidó de la quema a la mayoría de los homicidas indirectos del hotel oceánico; como si las proclamas de reconocimiento de los indudables héroes fallecidos, que intentaron salvar a todos los pasajeros posibles, tuvieran que acallar los pecados y las insensateces cometidos desde el comienzo de la construcción del buque.

El número de desaparecidos ascendió a 1.517

El número de desaparecidos ascendió a 1.517

Una tripulación más preocupada en llevar bien planchados los uniformes que en establecer planes adecuados de evacuación en caso de contratiempos (no era lógico poner al frente del viaje a un capitán, Edward John Smith, cercano a la jubilación forzosa); laberintos estructurales en los que resultaba realmente complicado localizar las salidas; falta de botes; ineficacia en la toma de decisiones… Muchos son los inconvenientes reseñados por el autor de El corazón de las tinieblas para reclamar los errores del titánico monumento, reflejo de la inconmensurable soberbia de los herederos de Adán y Eva.

La opulencia del Titanic fue la consigna que les llevó a cambiar glamur por profesionalidad

La opulencia del Titanic fue la consigna que les llevó a cambiar profesionalidad por etiqueta

Con obras como El Titanic sería razonable pensar que los hombres y las mujeres han aprendido algo de las tragedias pretéritas; aunque, nada más lejos de la realidad. Dejando a un lado las catástrofes de otro signo, resulta poco alentador que una de las conmemoraciones previstas del mayor desastre naval de la historia en tiempos de paz sea la de la programación de un tour, que reproduce con la mayor exactitud posible la travesía del barco siniestrado (la conformada de Southampton a Nueva York, pasando por Cherburgo y Queenstown). Así, en similar línea a la orquestada por los mass media de la década del conflicto bélico del 14, los grupos de comunicación han dedicado festivos espacios informativos a la citada gesta rememorativa, que protagoniza en estos días El Balmoral. Una actividad en la que cada pasaje ronda los 8.000 euros, y que se complace en desplegar parecido gasto en poderío materialista al exhibido en 1912. Tal vez, si Conrad siguiera aún deleitando a los lectores con sus escritos, redactaría un tercer ensayo. Sin embargo, esta parte de la soñada trilogía bien podría versar sobre la estupidez  continua de sus congéneres.

Esta semana se cumplen cien años del accidente

Esta semana se cumplen cien años del accidente

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