A veces, la mejor defensa es un buen ataque. Cuando la sociedad agobia las expectativas del individuo, una posible solución para salir indemne puede estar en golpear el muro de la indiferencia con todas las fuerzas de las que se sea capaz; aunque en ello uno se destroce los nudillos y desgarre su piel con llagas imposibles de ser curadas. En esta tesitura de gimnasio medioambiental, y ring con aroma a humanidad pisoteada, es en la que se suelen encontrar los personajes del narrador de Nana; un panorama en el que también se inscriben los tipos que atraviesan malheridos las páginas de su último libro.
Sentirse amada, deseada, admirada, tal vez comprendida, es lo que busca la estrella de cine de los cincuenta Katherine Kenton, en Al desnudo (novela editada en España por Mondadori). Bella y seductora, esta heroína de fragilidad deformada vive su existencia entre anhelos de grandiosidad virtual, vaivenes de dramáticas consecuencias que ella intenta alentar mediante perfumes bebibles de alta gradación etítlica. Mientras, su sirvienta Hazie (voz en off ocasional del texto) da fe de la caída pronunciada hacia el abismo de esta fémina de celuloide; dejando testimonio de su incapacidad para conseguir el calor de alguien que la acepte por lo que es, y no por la proyección que transmitió un día en la pantalla y las portadas de revista.
Es plausible que los más avispados entrevean en las líneas de la obra de Chuck Palahniuk (Pasco, Washington, USA, 1962) una especie de nostálgico homenaje hacia la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses; sin embargo, en la faz vulnerable de Katherine hay también remedos de neurosis a lo Frances Farmer, tristeza de velada fotogenia a lo Natalie Wood, y frenesí de voyeur esquizoide a lo Marilyn Monroe. Incluso, la aparición de un donjuán de los de sonrisa de clínica dental -bautizado en el libro como Webster Carlton Westward III- es un arquetipo de un guion literario en el que los caminos al dead end tienen sabor a muerte y desengaño.
Muchas veces criticado por su estilo directo y brutal, habitado por seres marginales que rechazan su ostracismo con armaduras belicosas y sanguinolentas, Palahniuk alcanzó el Olimpo de las plumas de la Generación X (la misma en la que se inscriben maestros de la decepción y los universos políticamente incorrectos, como Irvine Welsh y Bret Easton Ellis) con la aparición de su primer vástago creativo: El club de la lucha. La riqueza discursiva, casi de género punk, en la que se veían involucrados los personajes de este acelerado relato enganchó rápidamente a los lectores, con sus derechazos dirigidos a la progresiva deshumanización de la época contemporánea. De esta manera, convertido en un título de referencia entre los aficionados (y avalado por la homónima película realizada por David Fincher en 1999), el volumen supuso la consagración del periodista como uno de los autores más importantes en Estados Unidos.
No obstante, la popular Katherine Kenton de Al desnudo está convenientemente suavizada, si se la compara con algunos papeles anteriormente imaginados por el escritor de la casa móvil. Por ejemplo, no posee la carga abiertamente amoral del adicto sexual de la vitriólica Asfixia. Lo cual no quiere decir que no se perciba la misma prosa que enlaza las obras de Chuck, corporeizada en cada frase y capítulo con la sobriedad de los diálogos plagados de silencios; de los exabruptos construidos a partir de la sinrazón y la rabia; de las declaraciones de los que anhelan rebelarse contra la tiranía de los órganos del poder mediático.
Hay quien opina que las historias del norteamericano han perdido naturaleza sorpresiva conforme ha ido pasando el tiempo, como si el literato hubiera visto reducido su nerviosismo al enfrentarse a la página en blanco. Y en parte hay algo de verdad en esta aseveración. Pero es igualmente cierto que, escondido en los surcos de la tinta y el papel, todavía palpita el mismo y desaforado sentimiento de guerra sin cuartel contra las convenciones que caracterizó al joven desencantado con el Periodismo. Y es en esos páramos sombríos de la conciencia donde Chuck diseña Al desnudo: un fresco en el que las voces de los que sufren tienen su micrófono reservado, guste o no a las mayorías castradoras de la auténtica libertad de expresión.
En ese angustioso planeta -más emocional que meramente triunfalista-, Palahniuk hace valer su pericia como director de una orquesta desafinada, figurado grupo sinfónico en el que la felicidad es una circunstancia más onírica que física y palpable.

La versión cinematográfica de "El club de la lucha", elaborada por David Fincher en 1999, transformó a Palahniuk en un narrador referencial
Más información en http://www.chuckpalahniuk.net





































































