Después de las ventas millonarias cosechadas por la saga literaria escrita por Stieg Larsson y de que miles de personas hayan seguido la trilogía sueca de películas protagonizadas por Michael Nyqvist y Noomi Rapace, desembarca en las salas esta adaptación made in Hollywwod ideada por el peculiar David Fincher: todo un engranaje de gran inversión presupuestaria que sirve, entre otras cosas, para demostrar que, en el género del thriller, poseer mayores cantidades que gastar por el equipo de producción sí importa.
Guarnecido por el paraguas monetario de los dólares, el fogueado realizador de la premiada cinta La red social mimetiza a su manera la historia de las desavenencias de la poderosa familia Vanger. Un ejercicio de precisión casi quirúrgica que le sirve para construir un filme claustrofóbico y asfixiante, en el que los personajes se mueven con la soltura de los comportamientos violentos, abonados a telúricos destinos ante los que les resulta difícil escapar.
Mucho más trabajada desde el punto de vista escénico que su precedente cinematográfico de naturaleza europea, esta versión estadounidense saca evidente partido de un reparto mucho más competente en labores interpretativas que el anterior; a la vez de más ducho en la profesional cuestión de mostrar sus virtudes frente a una cámara. Para empezar, el británico Daniel Craig es bastante más expresivo y convincente en la piel del periodista Mikael Blomkvist que el mencionado Nyqvist; mientras que Rooney Mara saca petróleo al hermetismo de Listbeth Salander, en una caracterización que roza la perfección y que anula gran parte del recuerdo de la también notable Noomi Rapace.
Por lo demás, la trama sigue girando en torno a la desaparición de una adolescente durante los años sesenta, en una isla alejada de la barahúnda urbanística de Estocolmo. Allí es donde acude el plumilla Blomkvist, para investigar el misterioso caso y alejarse voluntariamente de un juicio por calumnias, que amenaza con dar con sus huesos en la cárcel. Contratado por el anciano patriarca de los Vanger, el cerebro gestor de la revista Millennium se va metiendo poco a poco en una realidad en la que se mezcla el pretérito nazi y un asesino sin escrúpulos que descuartiza a sus víctimas. Solamente, con la ayuda de la hacker informática Lisbeth Salander, el informador podrá esclarecer un suspense que está a punto de provocarle la muerte prematura en más de una ocasión.
Fincher se apoya inteligentemente en el argumento criminal para ir deslavazando la psique de los tipos que pueblan Los hombres que no amaban a las mujeres, con especial mimo y dedicación al papel de Salander: la chica del pelo pincho y los múltiples piercings que su sufre las vejaciones sexuales de su tutor legal, y a la que persigue un pasado en el que estuvo a punto de dar matarile a su padrastro. El creador de Seven otorga el protagonismo absoluto a esta pareja aparentemente imposible, sin importarle lo más mínimo desvelar algunas de las claves en las que se centraba la película de factura sueca. Así, el cineasta estadounidense olvida contar asuntos realmente insustanciales en la trama, como las imágenes de Lisbeth lanzando un vidón de gasolina a un señor cuya identidad no se conocerá hasta la segunda entrega. Al tiempo que prescinde de la incongruencia de que Bolmkvist hubiera tenido contacto con los Vanger cuando este era tan solo un crío.
Las elipsis están justificadas porque contribuyen a aligerar el peso de la acción, pero no se explica que el responsable de El club de la lucha meta sin ton ni son el rol de la hija adolescente de Mikael, una joven que no aporta el más mínimo aliciente temático; o que se quede en la estela artesanal a lo largo del metraje, siempre fiel a las palabras de Larsson, cuando podría haber sorprendido con giros y añadidos que distinguieran más y mejor su producto del que dirigió en 2009 su colega nórdico Niels Arden Opley. En este sentido, no habría estado de más cargar las tintas en los antecedentes hitlerianos de los Vanger (es un filón que nunca se explota contevientemente); además de haber pensado en una presentación más correcta y profunda de cada uno de los neuróticos miembros del clan.
En ese apartado de supuestos lastres de la movie, no hay que pasar por alto el empeño de Fincher de rodar en las localizaciones originales. Tal obsesión implica que el cuadro dramático tenga que dar el pego como compatriota de Henning Mankell. Sin embargo, en la mayoría de los casos (desde Craig y Mara, pasando por Robin Wright y Christopher Plummer) su innegable genética anglosajona hace que los nombres que portan queden demasiado ficticios. Únicamente, por obviedad, Stellan Skarsgard cumple con los requisitos previos del alumbramiento escandinavo.












































