
Fisch y Lavelli se encargan del montaje de la partitura de Franz Lehár/ Photo Credits: Ópera Nacional de París
La nostalgia a ritmo de vals enloquecido, la esperanza atenazada por la brevedad de la eclosión de una burbuja de champán… Thomas Mann vio en esta opereta estrenada en 1905 -surgida de la mente de Franz Léhár (Komaron, Austria, 1870- Bad Ischl, 1948)- todas esas emociones, anudadas con seda y terciopelo a través de las letras entonadas por la trágicamente bella Hanna Glawari. Más de cien años después de causar sensación en los templos del bel canto vieneses; la creación ambientada en los salones del galanteo interesado, de la sociedad de la opulencia y de la farsa constante de unos seres movidos en su mayoría por el vil metal regresa a los escenarios con la vitola de gran espectáculo. Y lo hace en los salones neobarrocos de la Ópera Nacional de París.
Desde mañana, y hasta el próximo 2 de abril, La viuda alegre cuelga su naturaleza, de voltereta y telas vaporosas, de la fachada imperialista del fastuoso recinto, diseñado en la época decimonónica de Napoleón III por el arquitecto Charles Garnier. Una cita de altura en la que los espectadores podrán contemplar el trabajo de un equipo de profesionales de relumbrón, cuadro en el que destaca la presencia y liderazgo de los reputados Asher Fisch y Jorge Lavelli (al frente de la dirección del evento).
La mezzo-soprano Susan Graham es la diva que se encarga en el palacio de la tierra de Josefina y Gustav Flaubert de dotar de timbre de cristal a la heroína de la historia, la mencionada Madame Glawari. La admirada cantante de voz clara y diáfana deja constancia de su buen hacer al frente de un papel en el que puede pasar de la fantasía a la depresión, de la seducción al llanto, del romanticismo a la actitud mercantilista de los vendedores de matrimonios de conveniencia. Algo que materializa en una trama que versa sobre los vaivenes del corazón, cuando los obstáculos son demasiado elevados como para procurar evitarlos con elegancia.
Al lado de la estrella anglosajona, el cada vez más destacado barítono Boj Skovhus compone un enamoradizo Danilo en perpetuo estado de amargura existencial, marcado por la visión de una relación del pasado –cuando era únicamente un soldado y no el secretario de la embajada balcánica de Pontévédro- mantenida con la protagonista.

La obra, que se basa en el texto del dramaturgo Henri Meilhac, ha dado origen a celebradas adaptaciones cinematográficas
De esta manera, a lo largo de tres actos, la acción desenvuelve su faz de oro y guirnaldas en una Francia de atmósfera nobiliaria; localización de índole monárquica en la que se teje la red de engaños y situaciones embarazosas, que define el argumento de un trabajo cuyo esqueleto narrativo se puede situar en la obra teatral L’attaché d’ambassade, de Henri Meilhac.
Escrita en un periodo en que el imperio austro-húngaro dominaba el mundo, los autores de los diálogos –Victor León y Leo Stein- tuvieron que cambiar el lugar en que transcurrían los hechos por miedo a no pasar los controles de la censura del momento. Así surgió la idea de generar un reino de ficción inidentificable con cualquiera de los que existían en la realidad. Una solución que consigue desviar la atención del público hacia los problemas de los hombres y mujeres que pueblan el escenario, más que caer en la cuenta de la complicada situación geopolítica que atenazaba a Europa en los compases iniciales del siglo XX.
Bajo las coordenadas establecidas por los autores, La viuda alegre transita con determinación y suma maestría por el humor cortesano y las penas de los amores frustrados. Amalgama de incitaciones de enganche universal que sedujo a cineastas tan admirados como Ernst Lubitsch y Erich von Stroheim. Precisamente, la película del primero de ellos –fechada en 1934- es una de las versiones en formato de celuloide más recordada por las distintas generaciones; más que nada por las sobresalientes interpretaciones de la pareja principal, compuesta por Janet MacDonald y el simpático Maurice Chevalier.
La popularidad de la opereta sin duda llamará la atención de los aficionados al bel canto que se encuentren en la urbe del Sena durante estos prolegómenos de la primavera; aunque, los indecisos seguro que se animan a asistir al edificio donde residió el Fantasma de Gaston Lerroux cuando sepan que, entre el cuadro artístico y técnico, hay nombres tan señeros como los del veterano Harald Serafin (quien encarna al liante barón Mirko Zeta), Ana Maria Labin (como Valencienne), Francesco Zito (responsable del espléndido vestuario) y Laurence Fanon (jefe de la coreografía).
Más información, horarios y entradas en http://www.operadeparis.fr









