Sembrada de mudeces, aterida por alas rotas y sentimientos escondidos detrás del biombo de lo políticamente correcto. Así es la España que fotografió con su pluma el diplomático y escritor Juan Valera (Cabra, Córdoba, 1824- Madrid, 1905), en su novela más famosa: reflejo de un paisaje en tinieblas, donde los impulsos del corazón estaban prohibidos por las conveniencias y los credos mortuorios de la decencia. Un texto de mordazas sociales y misales de apaño sobre una joven a la que se le impedía expresar los deseos de su pasión. Confesión descarnada contra un tiempo de felicidades truncadas, que adquirió senda de sinfonía operística de la mano del magistral Isaac Albéniz.

La soprano Nicola Beller Carbone encarna a la heroína de la novela de Juan Valera/ Photo Credits: Teatros del Canal
Más de una centuria después de la publicación del libro original (ocurrida en 1874) y del estreno de la mencionada pieza de bel canto (la primera versión está certificada en 1895), los madrileños Teatros del Canal acogen en su Sala Roja una peculiar adaptación del libreto ideado por Albéniz y su colaborador inglés el Barón Francis Money-Coutts. Representaciones de sólido empaque artístico que dirige el singular Calixto Bieito, y que tendrán lugar los próximos 19, 21, 23 y 25 de mayo.
Como es habitual en cada uno de los trabajos del escenógrafo burgalés, esta visita a la historia concebida por el literato andaluz goza de ciertas modificaciones, que sin duda generan una diferente perspectiva en la forma de entender los acontecimientos que se describen en ella. Para empezar, Bieito parece dejar en la maleta de los objetos olvidados la denominación de obra cómica, con que la tildó el mismo don Isaac, para engalanarla con un barroquismo de capilla. Todo ello remozado a través de una salsa de negras tonalidades, que quiebra sus lamentos en medio de una Piel de Toro inspirada en la época franquista.
En ese ecosistema, los personajes sufren con la desmesura de los timbres al borde de la neurosis, siempre sujetos a la parálisis emocional que experimentan a lo largo de los dos actos que dura la trama argumental. Tempo de guadañas costumbristas que emprende el vuelo del águila conforme se producen los encuentros furtivos entre los amantes condenados, personificados por Pepita y Luis. Ante semejante ejercicio de precisión espectral, la experta Rebecca Ringst levanta un plató de dimensiones gigantescas, en el que destacan los numerosos compartimientos desplegados cual armarios, ubicados literalmente en la tarima frente a los espectadores, para simbolizar los pesados condicionantes de los seres que pueblan la pieza.

La trama del montaje del director burgalés se remite a la de la España franquista/ Photo Credits: Teatros del Canal
Enterrada en esas zanjas de depresión ética, la soprano Nicola Beller Carbone toma el pulso decidido de Pepita Jiménez, la joven viuda de un octogenario a la que pretenden todos los caballeros casaderos de la comarca; aunque a ella sólo le interese el candor de Luis de Vargas (interpretado por el tenor canario Gustavo Peña): el hijo seminarista del poderoso don Pedro (Federico Gallar), quien también ansía echar mano a la fortuna de la bella veinteañera.
Al igual que en el libro impreso en papel, la composición musical toma el camino de los encuentros furtivos entre la pareja (a la cual une un deseo no expresable en las fronteras castradoras de la Andalucía caciquil). Sin embargo, la creación de Albéniz adquiere un cariz mucho menos melodramático conforme evolucionan los acontecimientos, para plasmar su canto de cisne con un desenlace más o menos complaciente, que no se atisba en la tragedia novelesca.

A lo largo de su existencia, “Pepita Jiménez” ha sido interpretada por algunos de los mejores tenores y sopranos
Bieito pretende que su Pepita Jiménez sirva por lo menos para hacer reflexionar al público, sobre la naturaleza de esos dolorosos silencios colectivos que han amortiguado las laceraciones perpetradas en la tierra de Cervantes y Lope de Vega, contra los hombres y mujeres que han callado las vejaciones y las injusticias, como si hubiera un pacto tácito con el que se intentara constantemente pasar página frente a los episodios tenebrosos o mínimamente censurables. Por lo menos, en la catedral gótica del escenógrafo burgalés, los testimonios son a voz alzada; aunque éstos se hallen abrazados por el visón aterciopelado de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, y por la batuta rectora de José Ramón Encinar.
Más información, entradas y horarios en http://www.teatrosdelcanal.com/espectaculos/pepitajimenez

















































































