Correr hasta echar por los poros de la piel cualquier aroma de adoctrinamiento social. Huir con la lengua fuera, para abrazar en la meta el trasiego situacional de los outsiders. Dormir hasta soñar con la elevación por encima de los condicionantes de un mundo que cataloga a los seres humanos con invisibles códigos de barras. Renton y sus muchachos intentaron escapar de la persecución de su tiempo, con el objetivo de no ser nunca modelos de ciudadanía; siempre atentos para detener los vagones mortuorios de los trenes del hedonismo. Pero la vida suele pasar su particular factura a los militantes de la existencia; y estos chicos, amantes de los retretes atestados de mugre, no iban a ser una excepción. Irvine Welsh (Edimburgo, 1958) ya mostró la evolución de los legendarios personajes de Trainspotting en Porno; por lo que ahora les otorga una especie de tregua en formato de precuela.
Skagboys (que salió al mercado anglosajón el pasado mes de abril) retoma a la célebre pandilla del texto de principios de los noventa-adaptado para la pantalla grande por Danny Boyle- en un momento de cambio; y lo hace en formato de diario agitado como un dry Martini, licuando en la coctelera de los despropósitos químicos todo signo de racionalidad o de mera rendición frente al sistema dominante.
Desplegadas en torno a varios apartados, las neuróticas confesiones de Mark Renton y Sick Boy se alternan a lo largo de las páginas como píldoras de rebeldía innata, de lucha sin cuartel contra el Reino Unido de principios de los ochenta, nación isleña que avanzaba a trompicones hacia la destrucción de una mínima sensación de libertad. En ese ecosistema de huelgas y depresión medioambiental, MR parecía concitar en su persona los ingredientes esenciales para convertirse en una figura notable de la comunidad: poseía atractivo, juventud, cierta inteligencia, una novia de las que quitaban el hipo y un futuro más o menos halagüeño. Pero los triunfalismos programados no entraban en la mente del entonces chaval, tesis mucho más que comprobable cuando en la rutina del compatriota de Rob Roy comienza a adquirir un protagonismo supremo la heroína.
Por su parte, Sick Boy acredita genéticamente un puesto inferior al de Mark, en la escala de los éxitos a primera vista. Perteneciente a una familia desestructurada y sin posibilidades de crecer en un marco protector y armonioso, el crío gastaba jornadas de sulfuro en su pub favorito, sin atisbo de alcanzar frutos profesionales a medio o largo plazo.
Distinto en la epidermis, aunque casi mellizo en el interior, el mencionado dueto estaba condenado, por la pluma de Welsh, a conocerse y a unir sus respectivos anhelos, hilvanados en una de esas amistades de hierro forjado a base de drogas y alcohol. Pocas cosas, aparte de divertirse escondidos en las sustancias dopantes, podían atraer a los adolescentes de Skagboys, sumergidos en la era de la eclosión del punk y de la fiereza guerrera contra la alienación universal, propugnada desde las altas estancias gubernamentales y mediáticas de su país.
Ahogados en su Escocia natal, estos dos chavales con carne de correccional intentan escapar a la cosmopolita Londres. Allí, perdida en la urbe del Big Ben, la pareja se aloja en el apartamento de un colega mutuo, llamado Nickisy: habitáculo en el que la heroína empieza a hacer estragos en el metabolismo de Mark y Simon.
De las palabras de Renton en una clínica de rehabilitación a los comentarios ácidos de Sick Boy en estado de gracia, de la frustración laboral de Spud Murphy a la violencia frenética de Tommy Lawrence y Franco Begbie, la novela del creador de Escoria descubre muchas de las obsesiones de un autor asociado con la prosa cortante, tan humorística como dolorosa, tan generacional como sarcástica, tan pesimista como sustancialmente real.
“La palabra skag del título hace referencia a mi expresión favorita para referirme a la heroína”, declaró recientemente, en su página web, el literato escocés; algo que bien puede resumir su estilo narrativo. Un método de psicoanálisis dependiente en cada renglón de las emociones de montaña rusa, constantemente atento a subidas en las que las bajadas revelan los espejismos falseados de la contemporaneidad (término entendido en su dimensión humana y tecnológica).
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