
El cuadro estadounidense representa “Don Quijote”, desde esta noche hasta el próximo 28 de octubre/ Photo Credits: Gran Teatre del Liceu
El hidalgo creado por Cervantes -ese caballero de las carnes famélicas y los huesos molidos por innumerables sueños de amor imposible- luce mallas de atleta sobre la tarima del templo escénico barcelonés. Desde esta noche, y hasta el próximo 28 de octubre, el prestigioso grupo formado en USA hace suyos los paisajes concebidos por el inmortal escritor de Las novelas ejemplares y Los entremeses, para diseñar con ellos una apuesta creativa y fantástica, que reverdece los laureles pretéritos de célebres actuaciones anteriores (como la protagonizada con los sones de la mencionada pieza por el genial Mikhail Baryshnikov).

La obra sigue el esquema ideado por Marius Petipa, Alexander Gorsky y Ludwig Minkus/ Photo Credits: Gran Teatre del Liceu
La compañía estadounidense ABT (fundada en 1940) ha escogido, de esta manera, para su gira por España una obra legendaria y mítica, a través de la que los directores del montaje (Kevin McKenzie y Susan Jones) han vertido toda la carga costumbrista y la luminosidad onírica asociadas con las palabras del famoso Manco de Lepanto. Aunque sería mucho más preciso encadenar la variante étnica y aventurera de esta jornada de piruetas y danza con la imaginación de Alphonse Victor Marius Petipa (Marsella, 1818- Crimea, 1910), Alexander Alexeyevich Gorsky (San Petersburgo, 1871- 1924) y Aloisius Ludwig Minkus (Viena, 1826- 1917), quienes adaptaron con la suficiente fantasía las hazañas de Don Quijote y su fiel escudero Sancho Panza.
Un punto de vista mucho menos extenso que el novelesco original es lo que propusieron los coreógrafos francés y ruso y el compositor austriaco, para encuadrar -bajo la interpretación efectuada en la segunda mitad del siglo XIX- la versión musical del clásico cervantino. Esto se tradujo en un discurso alegre y efectista, desarrollado eufóricamente durante tres actos y un prólogo (alargado con motivo de su estreno en el Teatro Bolshoi de Moscú, materializado en 1869). Todos ellos lubricados por una historieta inventada, en la que supuestamente se vio inmiscuido el héroe de don Miguel, y donde no faltan elementos constituyentes al cuerpo del volumen impreso en el que se inspran las partituras.
Con semejante estructura, el espectador acoge los primeros acordes del argumento (proporcionados para la ocasión por la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu) en un lugar de Sevilla (que no de La Mancha): punto sureño y festivo de la geografía peninsular en el que recalan Alonso Quijano y su orondo sirviente. Un intersticio en el que igualmente se aposenta la visión de la bella Dulcinea (musa inexistente en la realidad, por la que bebe los vientos el armado cincuentón dueño de Rocinante).
A partir de esos inicios tan esperanzadores como atrayentes, los asistentes a la sala acceden al acto uno ordenados en el patio de butacas; episodio donde una chica llamada Quiteria muestra su pasión desatada hacia un muchacho de escasa fortuna, nominado Basilio. Los chavales se atraen mutuamente y matarían por unir sus destinos, pero el padre de la joven (Lorenzo) anhela otro futuro para su heredera: tiene planes de emparejar a su pequeña con el noble Camacho. A este ecosistema se acercan Quijote y Sancho, quienes se involucran en la trama casi sin quererlo.
Tras un descuido de sus mayores, los amantes furtivos huyen de los ojos de Lorenzo, para hacer suyos sus deseos más ocultos. Amparados por la nocturnidad, los dos llegan a un campamento gitano; enclave en el que son descubiertos por el hidalgo y su escudero. Por un momento, Quijote cree ver a Dulcinea en Quiteria; sin embargo, desengañado de la visión, el defensor del honor y las gestas de caballería decide enfrentarse a un molino de viento, que se le antoja como un gigante. Después de un frustrado intento por derrotar a la construcción aspada, Alonso queda sometido a un profundo sueño.
Y así, el voluntario voyeur accede a la escena tres, con el amanecer de un protagonista dispuesto a ayudar a los incautos principiantes en cuitas de alcoba y sortilegios seductores. Al calor de una taberna, Quiteria (arrestada por su papá) es obligada a desposarse con Camacho; pero don Quijote y Sancho ya tienen la solución para acabar con las desdichas de la dama. A modo de guiño sakespeareano, Petipa, Gorsky y Minkus inventan un falso suicidio en la persona de Basilio (cual si fuera Julieta mutada en Romeo). Creyéndole muerto, el progenitor de la gachí enamorada da su visto bueno a que ésta contraiga el rito nupcial con el fallecido, quien despierta milagrosamente en el instante en que entona el “sí, quiero”. Una vez todo arreglado, el hidalgo y su escudero parten para sumar más laureles, con los que alcanzar fama y admiración.
Los arreglos melódicos de Jack Everly hacen que la recreación de la pieza decimonónica, perpetrada por el cuadro artístico estadounidense, adquiera signos de sainete de altura escénica; siempre con las figuradas telas que teje la maestría -como jefe de la orquesta- del versátil Ormsby Wilkins. Avalados por sus giros y notas, los numerosos bailarines de diversas nacionalidades -que nutren de talento a la compañía del país de las barras y estrellas- adquieren la textura de las corazas artúricas, la elegancia de los cisnes alojados en sedas vaporosas y la grandiosidad de los entes capaces de burlarse de la gravedad terrestre.
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