Terrence Malick siempre ha sido un director de interiores humanos, uno de esos maestros capaces de extraer del individualismo de un personaje la universalidad de cuestiones tan vitales como el sentido de la existencia (El árbol de la vida), la incoherencia de la guerra para resolver los problemas entre naciones (La delgada línea roja), o la locura sentimental de las relaciones basadas únicamente en la pasión (Malas tierras). Semejante interés en transitar por el camino de las evocaciones, nunca expresadas mediante discursos narrativos habituales, hace que el prestigioso cineasta ande constantemente por la cuerda floja, casi imperceptible, entre la obra maestra y el desastre más absoluto. Y, precisamente, To The Wonder viene a demostrar que la veteranía de los años de bobinas no exime para naufragar artísticamente.
Desde el comienzo del filme, el responsable de la magnífica El nuevo mundo se muestra torpe en sus intenciones, y escasamente eficaz en la creación de la atmósfera necesaria para que el espectador sienta una mínima complicidad hacia las situaciones que esparce sobre el tapete. Así, lo que supuestamente tenía que ser una especie de poema audiovisual acerca de las distintas clases de amor se transforma en una pesadilla de planos entrecortados, cámara al hombro, desenfoques que ya habían utilizado hasta la saciedad (y normalmente mucho mejor) los componentes de la Nouvelle Vague, y seres de cartón que comparecen en la pantalla con el desamparo de los que tienen muy poco que contar.
En esa neurosis de endemia autoral (en esta ocasión, Malick ejerce como intelectual de rancia holgura), los intérpretes deambulan como atados por cadenas demasiado pesadas, ateridos por unos soliloquios en voz en off que, en la mayoría de las escenas, rozan el ridículo. Ni el mimético Ben Affleck (su caracterización genera más de un bostezo en el patio de butacas), ni la guapa y bastante sainetesca en su tristeza Olga Kurylenko, ni la escasamente motivada Rachel McAdams, ni el incomprensible e insustancial papel de Javier Bardem… Ninguno de ellos, pese al tronío de sus nombres y carreras, consigue extraer la suficiente visceralidad a sus respectivos roles.
No obstante, es más que entendible que el elenco interpretativo se muestre tan perdido en medio del alargado metraje (y eso que se trata de una de las películas de menor duración del creador estadounidense); ya que los componentes del cuadro no poseen el mero atisbo de profundidad temática a la que agarrarse (es complicado coger el hilo cuando el responsable de la producción se dedica a seriar, sin mayor concierto que el estético, vacías tomas de postal vintage, más propias de un videoclip que de un largo de reflexión analítica).
En una filmografía, como la de Malick, donde la singularidad y la certeza de sus títulos otorgaban a este señor la categoría de una maestría reconocible y estimulante dentro del Séptimo Arte, To The Wonder se erige como un borrón demasiado voluminoso, uno de esos tropiezos en los que la ambición del proyecto canibaliza sin remisión los resultados obtenidos. Fiasco que comienza su danza macabra a partir de los primeros cortes situados en un tren, con Affleck y Kurylenko amándose artificialmente, y con una frialdad que contrasta con las declaraciones interiorizadas de la mujer. Esta incapacidad para reflejar el romanticismo hace que la primera clase de cariño concitada (la de la pareja con sus momentos de goce) se ahogue en el sinsentido.
Sin embargo, los males de esa especie de prólogo continúan sumándose sin cesar en el resto de las tramas propuestas. De esta manera, cuando los personajes de Affleck y Kurylenko se trasladan a Oklahoma para contar la evolución de lo vivido en París y el Monte Saint-Michel, la cosa no llega nunca despegar, y mucho menos a afianzarse argumentalmente. Artritis fílmica que las imágenes de catálogo de moda no logran maquillar, y que se hace más patente con la aparición del sacerdote encarnado por Javier Bardem (tipo que sufre por su cuestionamiento sobre la existencia de Dios) y de la perfectamente eliminable Jane (la chica con el rostro de Rachel McAdams, con la que Affleck emprende un affaire a espaldas de Kurylenko).
Quizá, la acumulación de movies en un breve lapso de tiempo no le haya sentado especialmente bien a un creador como Terrence Malick, quien se solía tomar más de un lustro entre obra y obra. Aunque, por lo menos es exigible en un profesional de la probada calidad del estadounidense que sus meteduras de pata no canten tanto como lo hacen los parches casi publicitarios de esta cinta, en la que es realmente difícil darse cuenta de que lo importante es amar.















































































