Crítica de cine: To The Wonder


Wonder1

Terrence Malick siempre ha sido un director de interiores humanos, uno de esos maestros capaces de extraer del individualismo de un personaje la universalidad de cuestiones tan vitales como el sentido de la existencia (El árbol de la vida), la incoherencia de la guerra para resolver los problemas entre naciones (La delgada línea roja), o la locura sentimental de las relaciones basadas únicamente en la pasión (Malas tierras). Semejante interés en transitar por el camino de las evocaciones, nunca expresadas mediante discursos narrativos habituales, hace que el prestigioso cineasta ande constantemente por la cuerda floja, casi imperceptible, entre la obra maestra y el desastre más absoluto. Y, precisamente, To The Wonder viene a demostrar que la veteranía de los años de bobinas no exime para naufragar artísticamente.

Wonder2

Desde el comienzo del filme, el responsable de la magnífica El nuevo mundo se muestra torpe en sus intenciones, y escasamente eficaz en la creación de la atmósfera necesaria para que el espectador sienta una mínima complicidad hacia las situaciones que esparce sobre el tapete. Así, lo que supuestamente tenía que ser una especie de poema audiovisual acerca de las distintas clases de amor se transforma en una pesadilla de planos entrecortados, cámara al hombro, desenfoques que ya habían utilizado hasta la saciedad (y normalmente mucho mejor) los componentes de la Nouvelle Vague, y seres de cartón que comparecen en la pantalla con el desamparo de los que tienen muy poco que contar.

Ben Affleck and Rachel Weisz

En esa neurosis de endemia autoral (en esta ocasión, Malick ejerce como intelectual de rancia holgura), los intérpretes deambulan como atados por cadenas demasiado pesadas, ateridos por unos soliloquios en voz en off que, en la mayoría de las escenas, rozan el ridículo. Ni el mimético Ben Affleck (su caracterización genera más de un bostezo en el patio de butacas), ni la guapa y bastante sainetesca en su tristeza Olga Kurylenko, ni la escasamente motivada Rachel McAdams, ni el incomprensible e insustancial papel de Javier Bardem… Ninguno de ellos, pese al tronío de sus nombres y carreras, consigue extraer la suficiente visceralidad a sus respectivos roles.

Wonder4

No obstante, es más que entendible que el elenco interpretativo se muestre tan perdido en medio del alargado metraje (y eso que se trata de una de las películas de menor duración del creador estadounidense); ya que los componentes del cuadro no poseen el mero atisbo de profundidad temática a la que agarrarse (es complicado coger el hilo cuando el responsable de la producción se dedica a seriar, sin mayor concierto que el estético, vacías tomas de postal vintage, más propias de un videoclip que de un largo de reflexión analítica).

Redbud_Day20 (237 of 281).CR2

En una filmografía, como la de Malick, donde la singularidad y la certeza de sus títulos otorgaban a este señor la categoría de una maestría reconocible y estimulante dentro del Séptimo Arte, To The Wonder se erige como un borrón demasiado voluminoso, uno de esos tropiezos en los que la ambición del proyecto canibaliza sin remisión los resultados obtenidos. Fiasco que comienza su danza macabra a partir de los primeros cortes situados en un tren, con Affleck y Kurylenko amándose artificialmente, y con una frialdad que contrasta con las declaraciones interiorizadas de la mujer. Esta incapacidad para reflejar el romanticismo hace que la primera clase de cariño concitada (la de la pareja con sus momentos de goce) se ahogue en el sinsentido.

Wonder6

Sin embargo, los males de esa especie de prólogo continúan sumándose sin cesar en el resto de las tramas propuestas. De esta manera, cuando los personajes de Affleck y Kurylenko se trasladan a Oklahoma para contar la evolución de lo vivido en París y el Monte Saint-Michel, la cosa no llega nunca despegar, y mucho menos a afianzarse argumentalmente. Artritis fílmica que las imágenes de catálogo de moda no logran maquillar, y que se hace más patente con la aparición del sacerdote encarnado por Javier Bardem (tipo que sufre por su cuestionamiento sobre la existencia de Dios) y de la perfectamente eliminable Jane (la chica con el rostro de Rachel McAdams, con la que Affleck emprende un affaire a espaldas de Kurylenko).

Wonder7

Quizá, la acumulación de movies en un breve lapso de tiempo no le haya sentado especialmente bien a un creador como Terrence Malick, quien se solía tomar más de un lustro entre obra y obra. Aunque, por lo menos es exigible en un profesional de la probada calidad del estadounidense que sus meteduras de pata no canten tanto como lo hacen los parches casi publicitarios de esta cinta, en la que es realmente difícil darse cuenta de que lo importante es amar.

Redbud_Day16 (402 of 347).CR2

About these ads

Crítica de cine: Hitchcock


H1

Nada más tomar asiento en la butaca plagada de palomitas de maíz, una reproducción conveniente y en color de los parlamentos televisivos de la serie Alfred Hitchcok presenta –con fanfarria musical incluida- anticipa lo que se va a visionar, mucho antes de que comparezcan los títulos de entrada. Y lo que incide a pensar tal ejercicio estilístico es que la cinta va a transitar por el sendero de un biopic medianamente ingenioso, sobre la figura del maestro del suspense cinematográfico: el creador de Rebeca y Vértigo. Así, siempre por el cauce irónico a costa del mencionado programa de la pequeña pantalla, Anthony Hopkins hace una gracieta verbal de cara a los espectadores, cual si fuera el director de Encadenados resucitado en este 2013. Sin embargo, algo recuerda al personal que el que está frente al objetivo de la cámara no es el orondo hombre que tuvo en jaque a Tippy Hedren amenazada por un montón de pájaros con descomposición. ¿Tal vez sean las horrendas y cantarinas lentillas de color oscuro, que porta el actor galés, lo que descubre el engaño? ¿Quizá se trate del estiramiento forzado de su figura para remarcar la tripa cervecera?… Pues, todo eso o nada de lo enumerado; aunque, lo cierto es que una niebla de artificiosidad planea irremediablemente desde esos cortes iniciales.

H2

Reverencia y respeto, sin mucha sagacidad para destripar asuntos polémicos o simplemente oscuros en la existencia de Hitch (apodo cariñoso con el que los amigos y familiares se referían al portentoso cineasta, según la película), son los ejes conceptuales que realmente lastran la aproximación de Sacha Gervasi, hacia el individuo que grabó a Cary Grant perseguido por una avioneta campera (en Con la muerte en los talones). Un peso demasiado voluminoso que el largometraje no puede mover, ni literal ni figuradamente, en ninguna de las escenas del guion; texto acomplejado hasta límites inexplicables a la hora de meterse en terrenos excesivamente áridos para una empresa bienintencionada como ésta.

H3

Ubicado en la excusa del rodaje de Psicosis, el que fuera autor de la historia de La terminal desarrolla la neurosis de Sir Alfred, cual animal de laboratorio, en torno a tres tramas que superponen: coordenadas argumentales que están relacionadas con la imagen de Ed Gein; su esposa Alma;  y con las obsesiones del creador respecto al grupo de rubias que culminaron sus sueños prohibidos (platónicos, y con el parapeto de la claqueta de por medio). Sin embargo -si se exceptúan las secuencias mantenidas entre AH y su cónyuge-, es en la parte supuestamente tangencial, dedicada a los problemas que sufrió el británico al adaptar la novela original de Robert Bloch, en la que el libreto resulta más verosímil. No obstante, el largometraje naufraga sin remedio al mostrar la improbable fascinación que el film maker europeo exhibe hacia el verdadero asesino en el que se basa Norman Bates; al igual que lo hace al retratar la obcecación del poderoso director por controlar la carrera de sus estrellas femeninas. En este sentido, las sesiones de psiquiatría mantenidas por el protagonista y el fantasma de Gein se antojan un recurso bastante artificial, ya que carecen de la más mínima coherencia realista (máxime si se explica que Bloch solamente se inspiró en el mencionado homicida, pero nunca se dedicó a contar los acontecimientos tal cual).

H4

Pero afortunadamente la movie de Gervasi no se alimenta únicamente de la omnipresencia del papel de Hopkins; y es precisamente a través de las personalidades que rodean al realizador de Encadenados por las que la película adquiere una factura que difumina la evidencia de esos fallos ornamentales. De James D’Arcy, como un tímido y atribulado Anthony Perkins, a Scarlett Johansson, en la piel de la atractiva y chispeante Janet Leigh; de Jessica Biel, encarnando a la sentimental Vera Miles, a la competente Tony Colette, como la trabajadora Peggy Robertson: todos ellos componen un elenco coral que hace menos falsa la imitación excesivamente estereotipada de Mr. Anthony.

H5

Y encajada dentro de ese solvente equipo artístico, como diva sin lentejuelas, Helen Mirren da una clase magistral sobre cómo dotar de velocidad de crucero a un personaje, y lograrlo con una simple mirada o un sencillo gesto en primer plano. Ella es la intérprete que preside auténticamente la movie, con su habilidad para encadenar un sinfín de emociones y sentimientos amparada en la psique de la inteligente esposa de Hitchcock: Alma Reville. La londinense se crece en el cuerpo de una mujer eclipsada por la fama de su esposo, una señora que hizo de la filmografía del cerebro de La soga lo que es: un monumento al misterio en formato de celuloide, un templo continuo a las soluciones increíbles con los medios aparatosos de una industria que aún desconocía las posibilidades de los efectos especiales.

Hitchcock

Con el revoltijo de estos ingredientes, Gervasi consigue (amparado documentalmente por las notas tomadas del libro, sobre el backstage de Psycho, escrito por Stephen Rebello) materializar un producto que refleja con notoriedad los entresijos de la grabación de una de las obras más determinantes en la historia del séptimo arte; aunque el propio Sir Alfred le reprocharía la incapacidad para generar un mínimo de tensión dramática, siempre amortiguada por un exceso de algodón de azúcar y un maquillaje abusivo. Defectos que provocan que lo del “cine dentro del cine” se vuelva superlativo, cuando debería ser lo contrario: hacer pasar por cierto lo que es simple escenificación y fingimiento positivado.

DSC_6114.NEF

Más información en http://www.imdb.com

Crítica de cine: Lo imposible


Imposible1

Hay pocos monstruos tan temibles como los que reproduce la Naturaleza cuando desata sus demonios interiores. Tal aseveración pudieron comprobarla los tailandeses en el invierno de 2004, momento en que un devastador tsunami se cobró la vida de miles de personas. El director español Juan Antonio Bayona se hace eco de semejante catástrofe para montar una de esas películas llamadas a constar en las enciclopedias y anuarios cinematográficos de todo el mundo; ya que, desde el día de su estreno en salas, ha conseguido erigirse como la cinta más taquillera en la historia del séptimo arte elaborado con curritos made in Spain.

Imposible2

Aunque sea algo discutible la nacionalidad fronteriza de Lo imposible (por ejemplo, las cabezas de cartel en el elenco artístico son las estrellas británicas Ewan McGregor y Naomi Watts), lo que sí se puede aclarar con un cierto rigor de objetividad es el engranaje fílmico de tan emotiva pieza en formato de celuloide.

Imposible3

Para empezar, no es nada descabellado asegurar que la movie de Bayona se mueve con mayor soltura en el terreno auditivo que en el meramente visual (si es que se puede meter el cuchillo desmembrador para aislar los elementos que componen el invento de los hermanos Lumière). Según este método, los prolegómenos de la película, con el turbador sonido de un tsunami tomando la palabra sobre un fondo negro, es lo mejor de una obra demasiado atribulada, con numerosas crestas en intensidad respecto a los acontecimientos que describe.

Imposible4

Al igual que le ocurrió a Clint Eastwood con su particular exposición del mismo fenómeno (llevada a cabo en su producción Más allá de la vida), el guion de Lo imposible no escapa de la apariencia de una de esas casas encantadas de un parque de atracciones, en las que los escalones esconden en la oscuridad del espacio su sorpresiva prestancia.

Imposible5

De esta manera, el espectador entra en la trama con un trapo sobre los ojos, simplemente con el retumbar de la ola asesina, para abrir las retinas en una especie de paradisíaco hotel en línea de playa. Allí, en medio de piscinas millonarias y suites de lujo a cargo de tarjetas de crédito tipo oro, el personal se topa con la familia protagonista: un clan con dinero sobrante, que pasa sus vacaciones antes de la incorporación del patriarca a una multinacional japonesa.

Imposible6

Lo que Bayona cuenta de este núcleo consanguíneo está como determinado por flecos escasamente eficaces, dibujos a carboncillo y sin líneas medianamente conformadas que más adelante pasarán la factura de la desconexión sensible, sobre todo con la odisea experimentada en clave individual por estos parientes, en las extensiones isleñas anegadas por el barro.

Imposible7

Y, con estos antecedentes, el tsunami hace acto de presencia: devastador, criminal, injusto, bestial… Ante este cataclismo, Juan Antonio tiene la virtud de sellar las imágenes con planos generales, alternados con sabiduría y acierto con otros cortos en los que la madre y uno de los hijos luchan bajo el agua por la supervivencia.

Sin embargo, cuando la sensación de que la fuerza no iba a disminuir en el metraje, es el instante en que el director somete al argumento a una disección un tanto decepcionante, definida por una búsqueda algo redundante y demasiado rocambolesca.

Imposible8

Frente al mencionado camino narrativo tomado por Bayona, la parte que protagonizan Naomi Watts y el pequeño Lucas (Tom Holland) se encuentra mucho mejor escenificada que la materializada por Ewan McGregor y los otros dos vástagos. Un ejercicio de artesanía mal entendida que no contribuyen a dignificar la puntual exposición de una galería de secundarios bastante deformados (en este apartado, es especialmente llamativa la poca chicha que posee el papel de Geraldine Chaplin).

Imposible9

Después de haber reventado la taquilla, y ser objeto de un bombardeo mediático masificador hasta en sus trailers, Lo imposible genera la comprensión afectiva de los sufrimientos reales, testimoniados por la verdadera familia en la que se basa el libreto. No obstante, la vena empática queda diluida en no pocos tramos secuenciales por un exceso de desmesura artificial, nunca entendida desde la perspectiva de unos personajes con déficit de agarraderas humanas (que no humanitarias).

Imposible10

Crítica de cine: Argo


La carrera en la dirección de Ben Affleck es notablemente diferente a su faceta como actor. Mientras en la interpretación la labor del ex de Jennifer Lopez es bastante irregular; en el apartado de la realización, la actividad del protagonista de Daredevil se ha alimentado hasta ahora con trabajos compactos, y de una calidad muy por encima de la media esgirmida por las producciones que suelen copar las carteleras bajo el sello de la Meca del Cine. En medio de semejantes propósitos de enmienda a golpe de claqueta, Argo sigue la senda de la brillantez, determinada por la inteligente apuesta audiovisual programada por el oscarizado guionista de El indomable Will Hunting.

La crisis de los rehenes norteamericanos en Irán, en el momento del ascenso al poder en el país de Oriente Medio del ayatolá Jomeini, es el motor principal de un filme que genera tensión evolutiva, y que facilita la reflexión efectiva sobre un período en el que la política de USA –junto con la del resto de las potencias occidentales- se llenó más de sombras que de luces.

Affleck trata el espinoso tema del sonrojo estadounidense con el espejismo del docudrama como leitmotiv, para diseñar una trama en la que el antiguo sex symbol de Pearl Harbor procura evitar las dicotomías claras entre lo que es bueno y lo que es malo; al igual que los posicionamientos sentenciosos entre modelos de vida, e incluso de desarrollo social, antagónicos. De esta manera, el cineasta apoya su discurso en un prólogo multimedia, donde deja constancia de los errores de los gobernantes de la tierra de Roosevelt para con los ciudadanos de la nación iraní. En esta breve parte, avalado por imágenes de archivo y cómics de deslumbrante aplomo histórico, el creador esgrime los padecimientos del pueblo bajo el régimen del Sha de Persia, con sus excesos y desmanes. Hasta llegar, con un mínimo de comprensión libertaria, al alzamiento de finales de los setenta encabezado por el líder religioso Jomeini.

Es en ese punto, fechado en 1980, en el que comienza la acción de Argo. Tras la toma de las embajadas -consideradas como protectoras del régimen del derrocado dictador- por los seguidores del ayatolá, seis individuos con pasaporte de EE. UU y currantes del inmueble diplomático de las barras y estrellas se esconden en el domicilio particular del jefe diplomático de Canadá. En medio de la violencia de las masas y del juego a la captura de los compatriotas de Eisenhower, el grupo de perseguidos debe huir antes de ser capturado por los escuadrones revolucionarios.

Estos hechos verídicos son los que sirven al espigado autor de The Town para desarrollar el engranaje temático de la movie, pieza que pivota en torno a una operación de rescate real, que llevó a cabo el agente de la CIA Antonio “Tony” Joseph Mendez (al que da vida el propio director).

Los parámetros definidos mediante los rehenes y el espía le sirven de mapa secuencial a Affleck, para equilibrar la acción de Argo a través de la operación que se montó para acompañar a los inocentes norteamericanos fuera de los dominios de Irán. En esa balanza de emociones filmadas, el responsable de Adiós pequeña, adiós carga las tintas sobre el engranaje de la farsa hollywoodiense, orquestada por Mendez para hacer pasar a los workers de la embajada por personal del equipo de rodaje de un largometraje ficticio titulado Argo.

Con recuerdos remotos de una obra anterior bautizada como La cortina de humo, el mediático Ben construye una cinta asfixiante y creíble, que reproduce con fidelidad casi milimétrica los episodios transcurridos, tal y como los captaron las cámaras de los informativos de la época. Para ello, el famoso actor de Pánico nuclear erige una ambientación sumamente documentada, con los suficientes atisbos de comprobación (solamente hay que esperar a los créditos para hacerla efectiva) como para alcanzar la verosimilitud más deseable.

Pero es en el objetivo de la tensión donde el estadounidense hace que Argo salga airosa en su propósito de provocar el interés creciente del público (conozca o no previamente los acontecimientos descritos en la obra); aunque –no se sabe si por falta de datos o por voluntariedad electiva en el camino narrativo- se echa de menos un poco más de detalle en la elaboración de los personajes que pueblan la película; ya que éstos se muestran generalmente desdibujados, salvo por pinceladas insuficientes como para procurar una identificación más individualizada entre el espectador y los tipos que aparecen proyectados sobre la pantalla.

Crítica de cine: Prometheus


Cuando Ridley Scott hizo oficial que estaba en pleno rodaje de una nueva película de ciencia-ficción, después de unas décadas alejado de este género, los aficionados al cine de epopeyas galácticas se frotaron las manos. Miles de informaciones diversas surgieron respecto a este filme, que prometía refrescar emociones pretéritas. Encima, pese al secretismo con el que se llevó a cabo la gestación y evolución del proyecto, el mensaje subliminal de que se trataba de una precuela de Alien ayudó a que la bola de la curiosidad fuera agrandándose hasta límites inimaginables. Sin embargo, una vez colmado el estreno, la espectacularidad anunciada a bombo y platillo ha quedado más planchada que las camisas de una lavandería.

¿Puede un director traicionar los impulsos vitales de una de sus obras más famosas? A tenor de lo que Scott ha mostrado en Prometheus: no sólo es posible, sino que es un hecho palpable. A pesar de que es cierto que la saga de Alien perdió todo su sentido desde la cuarta entrega, el responsable de Gladiator no queda en mejor lugar que los blockbusters en los que el monstruo de los salivazos de ácido se enfrentaba a Depredador. Es más, incluso puede afirmarse que el producto del realizador inglés es mucho más extraño a la idea generatriz de El octavo pasajero que los hermanos más proactivos del mítico título.

Para empezar, el familiar del efectista Tony no ha hecho nada para defender su propuesta de los ejes labrados por la mercadotecnia, que la publicitaba como un prólogo sobre la formación del argumento narrado en la movie protagonizada en 1979 por Sigourney Weaver. Desde la primera escena, el espectador intuye algo raro, que posteriormente se confirma con un guion enrevesado y más oscuro que los pasillos de la nave extraterrestre. Si en la genial producción de finales de los setenta las cosas estaban meridianamente claras (se trataba de mezclar terror y exotismo espacial, a través de un vehículo en formato de celuloide directo y contundente), en Prometheus todo es demasiado rocambolesco, con una filosofía de mercadillo sobre la creación del hombre; tesis sustentadas a través de revelaciones casi tan endebles como las que los famosos de todo a un euro esgrimen en los programas de culto sobaquero, normalmente de naturaleza televisiva.

Unir arqueología y viajes galácticos no suele ser una buena idea si el señor que la define no acredita el nombre y el talento de Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Ray Bradbury o Stanley Kubrick. Y Ridley Scott, aunque es un cineasta de contrastada sabiduría audiovisual, no había conseguido establecer un mínimo pensamiento de trascendencia humanística en sus aventuras por el universo, desde la sobrecogedora y casi perfecta Blade Runner. Así, los personajes de Noomi Rapace y Logan Marshall-Green quedan vendidos ante unos diálogos supuestamente importantes, que al final resultan galimatías sin sentido alguno.

No obstante, la necesidad del autor de Los duelistas por explicar -de manera bastante torticera- su opinión sobre la existencia de Dios no es lo único que chirría en Prometheus. En el combate por decidir cuál es el mayor problema del libreto firmado por Jon Spaihts y Damon Lindelof también se acerca a la victoria por puntos esa obligación (probablemente más de índole comercial que por interés creativo) de meter con calzador el enlace con Alien, sea por donde sea. Tal fijación contribuye a que el discurso se confunda mucho más, si es que no lo estaba ya. La obsesión del británico, aparte de redundante, refleja el predecible agotamiento de un director que llevaba demasiado tiempo sin abordar profesionalmente el futuro, y que ha perdido frescura y coherencia en ese lapsus de tiempo.

Pero no todo es malo o reprobable en este atropellado largo de más de dos horas de duración. Como en algunas de las partes precedentes del serial alienígena, el androide es el papel más ambiguo y atrayente de la historia (rol que en la movie encarna con solvencia el camaleónico Michael Fassbender). Junto a él, cabría destacar el correcto empeño del resto del elenco interpretativo y del equipo de efectos especiales y dirección artística (asombrosos los mastodónticos escenarios elaborados artesanalmente en los Pinewood Studios). En ese último apartado, por lo menos, la concepción laberíntica de la nave Prometheus sí guarda una relación nostálgica con la pasada fisonomía de la Nostromo. Sin embargo, ahí se quedan las similitudes fílmicas.

En cuanto al tema, el bueno de Ridley regresa al universo de El octavo pasajero con la trama de un grupo de expertos, que recala en un misterioso planeta para encontrar a los seres que, aparentemente, confeccionaron a los hombres, mujeres y niños. Hasta ahí, el asunto presenta visos de débil lucidez. Las sombras vienen cuando comienzan a morir los miembros de la expedición, a manos de unos tipos que no se sabe muy bien de dónde han surgido… Asesinos programados a los que se suman unos bichejos tentaculares, que el realizador identifica como primitivos aliens. Habrá que esperar a las aportaciones de nuevas entregas para sacar algo medianamente potable. Eso si es que RS diseña más piezas con las que componer este puzle estelar.

Crítica de cine: Moonrise Kingdom


Wes Anderson es uno de esos tipos que ha sabido crearse una cinematografía diferente, un universo con rasgos de fotogramas y recortes de peluquería infantil, que gestiona su simbolismo y su eficacia mediante un sentido lúdico dinamizador, luminoso y transparente. Esta es la distinción con la que se suelen catalogar las películas surgidas de la mente de este artista de las bobinas, un escudo protector que se usa muchas veces para deslumbrar a la clientela, con el fin de que no se dé cuenta de lo dificultoso que es determinar claramente y con palabras de qué va el cosmos del responsable de Life Aquatic.

Moonrise Kingdom es, por lo tanto, un fiel exponente de las virtudes y los excesos de la paleta del realizador norteamericano: una herramienta abiertamente cromática en la que libertad narrativa y de movimientos se conjuga con la sensibilidad inocente de los que aún se mantienen en esa adultez prohibida, similar a la aparecida en la canción The Logical Song de Supertramp, o a la dolencia mental antienvejecimiento que Peter Pan inmortalizó en un síndrome homónimo. Esta toma de postura explica que la razón en la obra de Anderson -entendida como un edificio imperturbable de recios cimientos- quede marginada en todo planteamiento y escena, y que sea sustituida por un comportamiento altamente impulsivo, unas veces tamizado por el humor del absurdo y otras por unas variaciones existenciales realmente ilusorias.

Fresca y enérgica en su exhibición argumental, la película sabe cómo ganarse al público con elementos tan inspiradores como una galería de personajes de actitudes sorpresivas, unas situaciones de aroma hippy o camp sesentero y unos conflictos dramáticos que transpiran una pura sensación híbrida entre el amor, la ironía y el desconsuelo.

Cuando los niños protagonistas se escapan por un territorio aparentemente salvaje (en la Nueva Inglaterra de 1965), dejando constancia por ejemplo de que sus accesos románticos son mucho más sinceros que el hastío emocional de los padres de la chica, el largometraje toma una altura de agradable fresco humano, comprensible como un diario con trazos de caligrafía escolar, siempre con las reminiscencias de una portada de disco pop, o con la vulnerabilidad de un almanaque enmohecido por el sol.

Anderson se transforma tras la cámara en un boy scout más, un soldado de inusitada valentía que hace peña con Suzy y Sam para favorecer su escapada; todo con el ansia de dotar de posibilidades la unión condenada al fracaso de dos personas, que aún ni siquiera han alcanzado la pubertad. Un discurso que anteriormente a él hicieron con coincidencias tangenciales maestros del pelaje de George Roy Hill (Un pequeño romance contó en 1979 la pasión desatada entre dos críos interpretados por Diane Lane y Thelonius Bernard), Randal Kleiser (El lago azul, 1980) o Stuart Gillard (Paradise, 1982).

Pero, junto con la desenvuelta imaginación del director para construir su relato audiovisual, lo que más llama la atención al visionar Moonrise Kingdom es el nutrido reparto de estrellas que se concitan en el escenario, los cuales se pliegan a las exigencias del creador para que les guíe por un sendero tan fantástico como desconocido, tan de algodón de azúcar como heredero del de Lewis Carroll. En este elenco de relumbrón, es imprescindible citar las esforzadas colaboraciones de Bruce Willis (el héroe de La jungla de cristal expone una vez más su sabiduría frente al objetivo, con una de esas caracterizaciones de hombre normal, como la que regaló a los espectadores con El sexto sentido), Bill Murray, Frances McDormand, Tilda Swinton, Jason Schwartzman y Edward Norton. Sin olvidar la más que meritoria escenificación casi robótica de la hipnótica Kara Hayward (como la extraña Suzy), el aporte aventurero de Jared Gilman (en la piel del prófugo Sam) y la subyugadora narración del tipo con abrigo rojo y gorro al uso, que el cineasta utiliza siempre que tiene ocasión, y que genera un necesario movimiento ascendente en la trama de la cinta.

Resulta más que alentador que, en esta época de blockbusters destinados a generar beneficios multimillonarios y productos indies de marca pero sin emoción, Wes Anderson siga entregando sus obras de primaveras medioambientales, de dadaímismo militante y de secuencias que todavía continúan apaciguando las tormentas con cromáticos atardeceres.

Crítica de cine: Blancanieves y la leyenda del cazador


Cuando los hermanos Grimm publicaron el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, la pareja de escritores dio pie a uno de los mejores relatos de terror fantástico de la literatura universal. Quizás por eso el debutante director Rupert Sanders haya conceptuado su aproximación libre al texto de los fabuladores con una estética más cercana a El señor de los anillos y Krull, que a la bondad multicolor de propuestas como la de Walt Disney (por cierto, que esta obra animada sigue siendo la visión más conseguida de la historia de los centroeuropeos). De esta forma, el realizador tunea su producción a base de paisajes oscuros, monstruos mitológicos y luchas salvajes con escudos y armaduras; elementos que le sirven para confeccionar un fresco que deambula entre las aventuras de capa y espada y el horror gótico de tradición milenaria.

Aunque la trama continúa versando sobre una malvada reina, que desea acabar con la vida de su hijastra -a la que anhela dar matarile para ser calificada como la más bella de la región-; lo que varía el cineasta de nuevo cuño es la manera de ejecutar el ritmo del conocido argumento, alimentando su eficacia con personajes salidos de la mente de los guionistas y con la transformación de muchos de los existentes en el volumen original.

Para empezar, el protagonista más destacado en la cinta de Sanders es el de un cazador con malas pulgas y pendenciero. Un hombre con aspecto parecido al de Conan que enviudó años atrás, y que ayuda a Blancanieves en su cruzada contra la maquiavélica gobernante Ravenna. Este individuo salido de la imaginación de los responsables del libreto cinematográfico es el que encarna en el filme el atlético Chris Hemsworth, siempre con gesto adusto y bruscos modales de guerrero peleado con todo el mundo. Pero esta baza, sobre la mencionada omnipresencia del tipo del hacha, resulta beneficiosa simplemente a medias. En este sentido, la parte más violenta del rol es la que funciona a la perfección; sin embargo, en cuanto intenta profundizar con una confusa relación amorosa entre este cazador y Blancanieves, el resultado sorprende por su incongruencia argumental. En estas lindes, Hemsworth procura jugar al despiste desde el punto de vista sentimental, aunque el actor exhibe sus limitaciones para otorgar similar contundencia a sus acrobacias como luchador que a sus confusiones sentimentales.

Tampoco la actuación de Kristen Stewart, como Blancanieves, ayuda a que el huntsman y ella apuntalen sus vaivenes emocionales. Un asunto que la musa de Crepúsculo corrobora con su incapacidad para elaborar un trabajo más allá de la pose de icono de videoclip. Razón que hace que la heroína ideada por los Grimm pierda enteros en cuanto se le exige algo más que la mera apariencia de joven guapa acosada por múltiples peligros.

Con todo, y desde la perspectiva interpretativa, es Charlize Theron la que se crece con su metamorfosis en la hechicera Ravenna. El incuestionable palmito de la surafricana saca petróleo de sus virtudes dramáticas, y con ellas construye el rol más verosímil y envolvente de la película. Tanto su estudiada gestualidad como su implicación con los departamentos  de efectos especiales y maquillaje hacen que la actriz de Monster brille con una luz cegadora en el metraje de la obra de Sanders.

En cuanto al resto del elenco, los enanitos (liderados por unos más que convincentes Ian McShane y Bob Hoskins) y el aristócrata William (Sam Claflin cumple con un personaje que queda diluido en el guion por el peso específico del cazador/ Hemsworth) aportan un acabado más que decente.

Así, y pese a su listado de estrellas mediáticas, el equipo artístico no es al final lo más destacable de Blancanieves y la leyenda del cazador: sin duda, es la arquitectura visual de los escenarios fantasmagóricos lo que da categoría a esta adaptación del relato de los cuentistas decimonónicos. Unos signos de personalidad que también contribuyen a elevar, por encima de sus logros reales, las comparaciones con la fallida versión estrenada este mismo año, titulada Mirror, Mirror (es difícil firmar algo peor que esta movie protagonizada por Julia Roberts).

Crítica de cine: Sombras tenebrosas


Mitómano y nostálgico, a la vez de gótico y amante confeso del género fantástico, Tim Burton rinde su particular tributo a una de las series que más le marcaron durante la infancia: un producto de vampiros maquillados y afiladas fauces melladas por el atrezo, que comenzó su andadura catódica allá por 1966. Animado por la inquietante atmósfera de ultratumba, con la que los responsables de la obra de la pequeña pantalla asustaron a miles de espectadores durante 594 episodios, el director de Big Fish se mete de lleno en el universo de cartón piedra ideado a finales de la época sesentera, armado simplemente con su extraño sentido del humor y un arcón insondable de escenografía clásica.

Burton traduce con pericia de flautista de Hamelin la trama orquestada en torno a la familia Collins, clan de satánicos influjos cuyo patriarca es un vampiro llamado Barnabas (Johnny Depp); y entre los que se hallan una dictatorial matriarca (Michelle Pfeiffer), un advenedizo heredero masculino (Johnny Lee Miller) y un par de críos definidos por la licantropía y la capacidad para concitar a los muertos. En ese paisaje humano, donde las brumas existenciales son casi tan espectrales como las de las maldiciones que aquejan a la pintoresca familia, es donde Tim despliega sus bártulos, para imponer su estilo desenfadado, deudor de muchos maestros de la claqueta en eso de provocar los gritos de las audiencias.

Como direfencia casual con respecto a su modelo audiovisual, la cinta del filmador estadoundense tiene lugar -a lo largo de su mayor arco secuencial- en el año 1972; aunque lo mejor de la película –por lo menos desde el punto de vista narrativo- está presente en los prolegómenos dieciochescos de la acción, cuando el protagonista era de carne y hueso, sin incisivos crecientes. Con una técnica discursiva y combinatoria entre los textos Perrault y de los hermanos Grimm, el autor de Ed Wood introduce al espectador en el hábitat de Collinwood; un ejercicio que lleva a cabo con pericia de encantador de argumentos, estimulando la parte sensible y emocional –al tiempo que la añoranza pretérita de una infancia de monstruos y hechiceros- de los que han pagado su entrada.

Un listón tan alto, como el ingeniado por Burton para dar las pinceladas iniciales de su filme, habría supuesto un baremo demasiado elevado en otros colegas para mantener el tipo durante el resto del metraje; pero el marido de Helena Bonham Carter consigue salir airoso de la empresa, con su capacidad para exhibir una evolución dramática convenientemente misteriosa y cómica, cínica y proactiva.

En esa hibridación de intenciones es en el terreno en el que crece el enganche de Sombras tenebrosas, como si se tratara de un experimento de laboratorio, cuya distinción viniera más por la dirección artística que por la excesiva utilización de los efectos especiales. Con esta asunción filosófica, el cineasta logra introducir su propuesta en un mundo en el que se siente sumamente a gusto, y donde reside la práctica totalidad de sus gestas curriculares: testimonios en movimiento de claroscuros fantásticos y de storyboards diseñadas contra el cansancio.

Esto se traduce en una apuesta clara y sincera por lustrar el largo a base de las interpretaciones, con un mimo milimétrico y esmerado hacia los papeles principales; lo que hace que los actores brillen con una luz potente desde la primera escena en la que intervienen. En estas tesituras, la francesa Eva Green es la que se lleva la mejor parte, con su magnífica encarnación de la bella y sensual bruja Angelique Bouchard. A su lado, incluso el normalmente locuaz Johnny Depp palidece por momentos, con su caracterización como Barnabas Collins; aunque, pese a las proximidades del abismo, el actor de Piratas de Caribe siempre se salva de la quema absoluta mediante alguna ocurrencia graciosa o un tic de ironía vampírica.

Tras lo expresado, está claro que Tim Burton no ha sometido su talento a la elaboración de un simple remake. Los parámetros creativos en los que se basó Dan Curtis, cuando grabó Dark Shadows, eran notablemente diferentes a los esgrimidos por el último ilustrador de Alicia en el país de las maravillas. No obstante, los tiempos que median entre ambas producciones también han cambiado. En el año en que el serial empezó su andadura, el público percibía a los hijos de Dracula como a tipos de demoniacas connotaciones, y no como a saltimbanquis del verbo. Así, las tramas que protagonizaron de 1966 a 1971 el canadiense Jonathan Frid y la excelente Joan Bennett concitaban al personal para pasar miedo; algo que la movie liderada por Johnny Depp ni siquiera esboza.

Crítica de cine: Los juegos del hambre


En la mayoría de las ocasiones, la calidad no suele ser directamente proporcional al gusto de las masas. Para comprobarlo, solamente hay que darse un garbeo por la lista de los programas más vistos de la televisión, o por muchos de los best sellers que alcanzan cifras astronómicas en números de ejemplares vendidos. Parte de esa realidad es la que se hace patente en esta película firmada por el poco prolífico director Gary Ross (bastante más conocido como guionista que en su faceta como realizador). Avalada por la saga literaria de obligada lectura entre los adolescentes más in (en similar sintonía a otras series de confección de diseño mercantilista, al estilo de Crepúsculo), la cinta elaborada por el responsable de Pleasantville y Seabiscuit es un producto preparado especialmente para reventar las taquillas del planeta, con independencia de su más que cuestionada originalidad o de su acabado cinematográfico.

El visionado previo de Los juegos del hambre posibilita que los espectadores más enterados no puedan evitar retrotraer su memoria hacia relatos mejor construidos, como el agobiante ecosistema descrito en La fuga de Logan (la novela de William F. Nolan, al igual que el homónimo largo de Michael Anderson, planteaba una situación muy similar a la de Collins, salvo que en la trama de setentera los ciudadanos eran sacrificados por sorteo al llegar a los 30 años) o hacia los páramos salvajemente isleños de la movie japonesa Battle Royale (masacre teen en clave reality, firmada en 2000 por Takeshi Kitano). Incluso, si el cliente echa su cadena de asociaciones temáticas más allá, es posible que encuentre en The Hunger Games algo de estética a lo El quinto elemento, y residuos de envoltorio de 1984. Todo esto le sirve a Ross para grabar una obra deudora de demasiados precedentes, a los que en ningún momento consigue emular o simplemente igualar.

Pero no sería justo dilapidar sin más un producto que ha sido del gusto de miles de personas a nivel planetario. Por eso, junto a sus deficiencias, sería necesario poner en la balanza sus pretendidas virtudes. Para empezar, el equipo de Los juegos del hambre logra posicionar la película por encima de otros ejemplos, englobados en la nueva hornada de cine adolescente con ansias de provocar la ingestión multitudinaria. En este sentido, el fresco de Collins alcanza una dignidad que no se encontraba por ejemplo en ninguna de las entregas de la seguida saga vampírica de Crepúsculo. Esto se traduce en unas interpretaciones por lo menos esforzadas, y un trabajo de orquestación artística de factura considerable.

Dentro de esos efectos benéficos se podría mencionar el acertado reparto, en el que destaca el protagonismo de Jennifer Lawrence (en la piel de la atlética Katniss Everdeen). Pese a estar exagerada en no pocas escenas de la primera parte, la chica de Winter’s Bone evita el naufragio conforme evoluciona el argumento, y lo materializa tras despertar el interés por los problemas campestres en los que se halla su personaje. Ella, Donald Sutherland y Wes Bentley son de lo más notable que acontece en pantalla; mientras que Stanley Tucci, Elizabeth Banks y Woody Harrelson individualizan los peores vicios mediante su indigesto histrionismo, sin generar verosimilitud en ninguno de sus diálogos. Lo mismo puede decirse de la fallida historia de amor entre Katniss y Peeta (Josh Hutcherson), en la que los supuestos integrantes de la pareja albergan unos sentimientos light y melifluos que, más que generar el dramatismo buscado, transmiten artificialidad e incomprensión.

Por lo demás, Los juegos del hambre es un largo medianamente eficaz, que entretiene sin guardarse nada en la mochila. Ante lo cual, el público que anhele pasar un rato agradable -viendo cómo unos chicos de entre 12 y 18 primaveras se emplean a fondo en una competición mortal por la supervivencia- disfrutará; aunque con algunas reservas en esta aseveración (Ross no logra encajar el mismo grado de actividad en todas las secuencias, lo que hace que el guion presente algunos flecos en los que el tiempo se ralentiza hasta límites insospechados).

Crítica de cine: La mujer de negro


Las casas embrujadas vienen a ser a la novela gótica como los anillos de oro para una boda. Imprescindibles en cualquier trama medianamente espeluznante de carácter sobrenatural, los inmuebles plagados de espectros han producido grandes éxitos en la literatura del candil en la puerta y los ruidos extraños en noches ventosas; y a ellos han rendido su pluma caballeros de lustroso porte intelectual como Lovecraft y Wilkie Collins. Susan Hill tomó para sí las lecciones vertidas en las páginas de los maestros de la oscuridad, y con ellas elaboró un relato -titulado The Woman In Black- que se ha convertido, merced al teatro y a la televisión, en una pieza de referencia en el género. Tales credenciales no pasaron desapercibidas para la renacida empresa audiovisual Hammer, marca de emblemas de la fantasía y el terror con carne de celuloide, que no dudó ni un instante en adaptar el texto de la mencionada escritora para construir una película aparentemente sobrecogedora, que transita con soltura por la tradición más laureada de las producciones de ánimas en pena generadas en Gran Bretaña.

Mucho más centrados en su legado que en el caso de anteriores y recientes largometrajes –como el norteamericano La víctima perfecta o el remake anglosajón de Déjame entrar- los estudios responsables de Hace un millón de años y el Drácula de Christopher Lee se involucraron de lleno en un proyecto que, en el terreno de las imágenes en movimiento, ya había granjeado numerosas distinciones a un más que aceptable precedente televisivo, dirigido por Herbert Wise (el realizador de muchos de los capítulos de la serie Yo, Claudio grabó una versión del libro de Hill en 1989, protagonizada por Adrian Rawlins, Bernard Hepton y Pauline Moran). A tal efecto, el reconocido sello cinematográfico contrató a un creador especializado en horror movies, llamado James Watkins (Eden Lake). Aunque, la mayor parte de las esperanzas de beneficios en taquilla la pusieron en el actor principal del filme: el mediático Daniel Radcliffe, quien aceptó el encargo de un papel que –casualidades de la vida- había mostrado el rostro en la pequeña pantalla del intérprete que encarnó al padre de la joven estrella en la saga de Harry Potter.

Bajo los mencionados auspicios artísticos, la cosa pintaba realmente bien; y el resultado no ha desmerecido mucho de las pretensiones iniciales. La mujer de negro es un agradable reducto de clasicismo, con cementerios humeantes de nieblas fantasmagóricas, mansiones destartaladas sin el anhelado calor humano, leyendas sobre ahogamientos macabros, experiencias poltergeist supuestamente irrebatibles y espíritus ansiosos de venganza. Sin embargo, tras el visionado se observa algo que chirría, como los goznes de las puertas de la casa donde el abogado Arthur Kipps se topa con el alma atormentada de la finada dama permanentemente de luto. Y esas inconexiones tienen que ver con la excesiva sobriedad del tono escogido por Watkins: un sendero narrativo con muchas más zonas oscuras que claridad medioambiental. Así, el realizador evita acertadamente caer en la somera explicación de los hechos; aunque con ello también secuestra información importante y trascendental, para comprender adecuadamente el comportamiento demoniaco de la señora del título vestida con el color de la muerte. Unas lagunas argumentales que provocan que el espectador quede un poco perdido frente a las motivaciones de la aparición; a la vez de promover la excesiva desconexión con un desenlace un tanto artificial y rocambolesco.

Por lo demás, el cuadro dramático (en el que destacan especialmente Daniel Radcliffe, en una pose mucho más neutra y granítica de la que exhibió en la piel del mago que le otorgó la fama, y los casi siempre efectivos Ciarán Hinds y Janet McTeer) cumple con creces en sus labores; al igual que los autores de los efectos especiales (nunca desmadrados, como sucedía en muchas de sus hermanas con identidad de fotogramas enlazados, del tipo de La Guarida). Sin embargo, la ausencia de una relación nivelada entre los tétricos paisajes de las marismas y la exposición de un miedo verdaderamente aterrador hace que parte de las motivaciones del personal, voluntariamente decidido a sobresaltarse en una sala, quede un tanto teñida por la decepción de las promesas incumplidas.

Los Mejores Juegos de Fútbol

Juegos de chicas

http://www.juegosmotos.tv/ ¡Quema millas, y sé el nuevo Jorge Lorenzo en los circuitos de los mejores juegos de motos!

Juegos Gratis

Acepta el reto de Bob Esponja

Los mejores juegos

Pinterest

Follow Me on Pinterest
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 769 seguidores