En el siglo XXIII, las empresas de cremas antiarrugas serán un negocio en vías de extinción. Dentro de una sociedad en la que sus individuos no pasan de las treinta primaveras, lo de la aloevera y el pepino tiene menos futuro que un intelectual en un reality televisivo. Por el momento, esta predicción únicamente posee el cuerpo de las distopías de papel y tinta; pero cuando el río suena… Y ese caudal es precisamente el que alumbró la novela más famosa de la pareja profesional formada por William F. Nolan y Saul David: aguas turbulentas en forma de libro bautizado con el nombre de La fuga de Logan.
Según el texto original, la trama tiene lugar en la centuria vigésimo tercera, después de una devastadora guerra nuclear. Tras millones de muertos por las radiaciones, los supervivientes se han refugiado en un paraíso donde el hedonismo y la felicidad son constantes de alienación colectiva. Un marco de placer que tiene la pega de que, cuando el ciudadano apaga las treinta velas en su tarta de aniversario, es sentenciado a muerte en el Carrusel.
Ubicado en ese lugar tan extraño como peligroso, Logan 5 posee la garantía de ser uno de los guardianes de la mortífera norma (policías con placa a los que se les conoce como los Sandmen); cuerpo al que igualmente pertenece su colega Francis. Ambos son uña y carne; sin embargo, la aparición en la vida de Logan de la bella y enigmática Jessica 6 hará que el héroe comience a cuestionarse su existencia en un universo tan injusto, como el que preside su día a día.
Este argumento levantó un best seller literario de la ciencia ficción. Título de referencia obligada para los aficionados a los cosmos visionarios que fue traducido a imágenes en movimiento en un homónimo filme, dirigido en 1976 el también actor Michael Anderson (los curiosos le pueden dibujar rasgos fijándose en el nieto del filántropo millonario de Los hijos del capitán Grant). En la citada producción, que ganó un Oscar al Mejor Montaje en 1977, el británico Michael York fue el intérprete que puso físico al angustiado Logan; mientras era secundado en su labor por los inolvidables Richard Jordan, Peter Ustinov, y las espectaculares Jenny Agutter y Farrah Fawcett.

Desde la izquierda, Randy Powell, Heather Menzies, Donald Moffat y Gregory Harrison/ Photo Credits: CBS
Los buenos comentarios cosechados por la película y el éxito de su historia animaron a los ejecutivos de la CBS (liderados por el productor Leonard Katzman) a probar suerte con una serie para la pequeña pantalla. Aunque el asunto de su traslación a saga televisiva no resultó tan sencilla como pudiera parecer, y eso pese a las mencionadas credenciales aportadas por la literatura y el Séptimo Arte.
Casi al compás de la gala de los Oscar de 1977, los efectivos Ivan Goff y Ben Roberts (creadores entre otras gestas de Los ángeles de Charlie) mostraron a los responsables de la referida cadena estadounidense el proyecto de La fuga de Logan, cuya trama quedaría narrada en catorce entregas. Con el objetivo de alcanzar el visto bueno, los expertos hacedores de fotogramas de ficción adornaron la idea inicial con un plan de efectos visuales de primera línea en esa época (donde triunfaban empresas de similar género, como Galáctica, Espacio 1999 y Buck Rogers). En concreto, lo que ambos tenían en su cerebro bicéfalo se resumía en grabar secuencias de gran espectacularidad pirotécnica, a base de la utilización del vídeo (algo completamente novedoso en la industria audiovisual hogareña made in USA de finales de los sesenta, y que la BBC ya había explotado brillantemente en Yo, Claudio y Los siete de Blake).
Tal magnitud en la gestación de los efectos especiales, siempre arropados por el guion envolvente sobre un mundo autodestructivo, hizo que los financieros pusieran su dinero en una serie que empezó su andadura en 1977, y en la que se invirtió un esfuerzo más que notable a nivel artístico y técnico. Dentro del apartado dramático, los encargados del casting buscaron rostros no excesivamente famosos, destinados a dotar de credibilidad a los personajes principales. En este sentido, para el rol de Logan 5, la CBS contrató a Gregory Harrison (Avalon, Santa Catalina Island, Estados Unidos, 1950), por aquel entonces un secundario con posibilidades, que posteriormente protagonizó el más que atractivo filme Razorback.
Al lado del moreno norteamericano, la canadiense Heather Menzies (la esposa de Robert Urich, que había dado vida a una de las niñas de los Trapp en Sonrisas y lágrimas, y que posteriormente lució sus curvas en Piraña), el británico Donald Moffat (La cosa) y el nacido en Ohio Randy Powell (su colaboración más celebrada fue en el soup serial Dallas) dieron la réplica al de Avalon en una de esas obras que ha ido ganando aplomo con el paso del tiempo, a pesar de que en el momento de su estreno no alcanzara excesivos parabienes.
La incorporación de un androide entre los roles más importantes (Rem/ Donald Moffat) o la aparición de unos alienígenas en clave salvadora no fueron ingredientes sustanciales para hacer olvidar la película, en la que se basaba este remake pensado para la pequeña pantalla; y la CBS decidió retirarlo de su programación nacional antes de llegar al episodio 14. Ni siquiera la suma de invitados de lujo como Kim Catrall (Sexo en Nueva York), Horst Buchholz (Los siete magníficos), algunos de los guionistas de Star Trek, el novelista William F. Nolan, Angela Cartwright (Perdidos en el espacio), Jarred Harris (Viaje fantástico) y Nicholas Hammond (The Amazing Spider-Man) sirvieron para hacer levantar el vuelo a esta inteligente serie. Finalmente, 1978 marcó el año del cierre definitivo del invento; aunque sus aventuras en santuarios de veteranía manifiesta aún se mantienen en la memoria de los fans (sobre todo merced al DVD), de los devoradores de relatos en los que la imaginación se tiñe de valentía: unos escenarios que conocen muy bien Mad Max y Blade Runner. Sitios en los que el telón nunca cae por aburrimiento.
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