Crítica de cine: Prometheus


Cuando Ridley Scott hizo oficial que estaba en pleno rodaje de una nueva película de ciencia-ficción, después de unas décadas alejado de este género, los aficionados al cine de epopeyas galácticas se frotaron las manos. Miles de informaciones diversas surgieron respecto a este filme, que prometía refrescar emociones pretéritas. Encima, pese al secretismo con el que se llevó a cabo la gestación y evolución del proyecto, el mensaje subliminal de que se trataba de una precuela de Alien ayudó a que la bola de la curiosidad fuera agrandándose hasta límites inimaginables. Sin embargo, una vez colmado el estreno, la espectacularidad anunciada a bombo y platillo ha quedado más planchada que las camisas de una lavandería.

¿Puede un director traicionar los impulsos vitales de una de sus obras más famosas? A tenor de lo que Scott ha mostrado en Prometheus: no sólo es posible, sino que es un hecho palpable. A pesar de que es cierto que la saga de Alien perdió todo su sentido desde la cuarta entrega, el responsable de Gladiator no queda en mejor lugar que los blockbusters en los que el monstruo de los salivazos de ácido se enfrentaba a Depredador. Es más, incluso puede afirmarse que el producto del realizador inglés es mucho más extraño a la idea generatriz de El octavo pasajero que los hermanos más proactivos del mítico título.

Para empezar, el familiar del efectista Tony no ha hecho nada para defender su propuesta de los ejes labrados por la mercadotecnia, que la publicitaba como un prólogo sobre la formación del argumento narrado en la movie protagonizada en 1979 por Sigourney Weaver. Desde la primera escena, el espectador intuye algo raro, que posteriormente se confirma con un guion enrevesado y más oscuro que los pasillos de la nave extraterrestre. Si en la genial producción de finales de los setenta las cosas estaban meridianamente claras (se trataba de mezclar terror y exotismo espacial, a través de un vehículo en formato de celuloide directo y contundente), en Prometheus todo es demasiado rocambolesco, con una filosofía de mercadillo sobre la creación del hombre; tesis sustentadas a través de revelaciones casi tan endebles como las que los famosos de todo a un euro esgrimen en los programas de culto sobaquero, normalmente de naturaleza televisiva.

Unir arqueología y viajes galácticos no suele ser una buena idea si el señor que la define no acredita el nombre y el talento de Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Ray Bradbury o Stanley Kubrick. Y Ridley Scott, aunque es un cineasta de contrastada sabiduría audiovisual, no había conseguido establecer un mínimo pensamiento de trascendencia humanística en sus aventuras por el universo, desde la sobrecogedora y casi perfecta Blade Runner. Así, los personajes de Noomi Rapace y Logan Marshall-Green quedan vendidos ante unos diálogos supuestamente importantes, que al final resultan galimatías sin sentido alguno.

No obstante, la necesidad del autor de Los duelistas por explicar -de manera bastante torticera- su opinión sobre la existencia de Dios no es lo único que chirría en Prometheus. En el combate por decidir cuál es el mayor problema del libreto firmado por Jon Spaihts y Damon Lindelof también se acerca a la victoria por puntos esa obligación (probablemente más de índole comercial que por interés creativo) de meter con calzador el enlace con Alien, sea por donde sea. Tal fijación contribuye a que el discurso se confunda mucho más, si es que no lo estaba ya. La obsesión del británico, aparte de redundante, refleja el predecible agotamiento de un director que llevaba demasiado tiempo sin abordar profesionalmente el futuro, y que ha perdido frescura y coherencia en ese lapsus de tiempo.

Pero no todo es malo o reprobable en este atropellado largo de más de dos horas de duración. Como en algunas de las partes precedentes del serial alienígena, el androide es el papel más ambiguo y atrayente de la historia (rol que en la movie encarna con solvencia el camaleónico Michael Fassbender). Junto a él, cabría destacar el correcto empeño del resto del elenco interpretativo y del equipo de efectos especiales y dirección artística (asombrosos los mastodónticos escenarios elaborados artesanalmente en los Pinewood Studios). En ese último apartado, por lo menos, la concepción laberíntica de la nave Prometheus sí guarda una relación nostálgica con la pasada fisonomía de la Nostromo. Sin embargo, ahí se quedan las similitudes fílmicas.

En cuanto al tema, el bueno de Ridley regresa al universo de El octavo pasajero con la trama de un grupo de expertos, que recala en un misterioso planeta para encontrar a los seres que, aparentemente, confeccionaron a los hombres, mujeres y niños. Hasta ahí, el asunto presenta visos de débil lucidez. Las sombras vienen cuando comienzan a morir los miembros de la expedición, a manos de unos tipos que no se sabe muy bien de dónde han surgido… Asesinos programados a los que se suman unos bichejos tentaculares, que el realizador identifica como primitivos aliens. Habrá que esperar a las aportaciones de nuevas entregas para sacar algo medianamente potable. Eso si es que RS diseña más piezas con las que componer este puzle estelar.

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