Los lupanares nocturnos y las llamas del despilfarro moral inundaron la paleta de este pintor de beodas formas y grosor en los surcos; pinceles afilados por la filosofía del desencanto, cuyos pelos estaban siempre erizados en busca de la inocencia primitiva, sepultada por la corrupción colectiva y la degradación ética. En las pesadillas de tinta y papel, punzón y pluma, ideadas por el maestro germano, los grises se tornan en muecas satíricas, y los rojos se metamorfosean en espectros candentes: ascuas de fuegos consumidores, que solamente apacigua el apocalipsis inevitable de los tiempos. Agua salvadora que demoniza la bajada a las impudicias humanas, tan anónimas como definitorias.
Esos universos de plásticas absorbentes y necrófagas son los auténticos protagonistas de la exposición George Grosz. De Berlín a Nueva York (1912- 1957), laberinto de cromatismo hiriente y mensajes ácidos y desmitificadores que desvela –por primera vez en España- las claves de la producción del teutón nacido en 1893, desde las trincheras del odio, de la sinrazón, de las insomnes horas de metralla amortiguada por la retina. Amalgama de recuerdos sangrientos y causantes de la asfixia social que acoge, hasta el próximo 2 de septiembre, el edificio en Palma de Mallorca (Baleares) de la institución Caixaforum (Plaza Weyler, 3).
“Mi arte debe ser fusil y sable”, proclamaba a los cuatro vientos el alumno aventajado de Emil Orlik, y copista prodigioso de Rubens y Goya. Semejante pensamiento, de vuelo guerrero y alforjas de caballero templario, es el que planea por las salas del centro isleño; una hoja de ruta que la comisaria Annette Vogel ha intentado preservar en la elección de cerca de 180 obras (muchas de ellas pertenecientes a la inestimable colección privada Sabarsky, de Múnich) generadas por el pulso neurótico y acelerado de uno de los líderes de la pintura del denominado periodo de entreguerras.
Por las esquinas de este caluroso verano, el palaciego contenedor mallorquín exhibe la sabiduría artística del berlinés, a base –en su mayoría- de dibujos esbozados con punta disuelta en los borrones emocionales, acuarelas sumergidas en las profundidades de los sueños realistas o grabados y fotolitografías en los que los temas coincidentes son el descreimiento, la condenación y el ocaso del hombre, por la acción de los mismos seres de su especie y condición.

“George Grosz. De Berlín a Nueva York (1912- 1957)” es el título de la muestra que alberga el Caixaforum de Palma de Mallorca hasta el próximo 2 de septiembre
Dividida en ocho bloques argumentales, la muestra guarda el propósito de convertirse en fiel representante de la viveza existencial de George Grosz, desde sus orígenes e inicios en el circuito de las formas a su etapa de madurez (en la que los vértices se unen con los de su juventud, pero de una manera mucho más desquiciada y carente de la confianza enérgica de sus años de bisoñez frente a la lámina en blanco). De esta manera, el espectador va avanzando por la exhibición como si se tratara de un álbum familiar, en el que el creador desnuda sus influencias, y contrata sus musas visuales por el económico precio de una entrada (que en el caso de Caixaforum cuelga el cartel de gratuidad permanente).
Con este lema a lo cuaderno de memorias selectivas o proyecciones de subconscientes peleados con el cosmos, el visitante puede congraciarse con las experiencias parvularias de un GG en estado embrionario (Los primeros años en Berlín), atisbar el horizonte mortuorio del conflicto embarrado y demoniaco de la contienda del 14 (La Primera Guerra Mundial), abandonarse a la pacificación sellada con trapicheos y prostitución medioambiental (Metrópolis Berlín), jugar en paraísos marcadamente hedonistas (La época dadá), enfrascarse en luchas dialécticas sentenciadas con escupitajos traicioneros (La política), bailar al ritmo de las ilusiones vacías (La sociedad de los veinte), huir a países lejanos donde encontrar algo de calma (Un emigrante en Nueva York) y sucumbir al desengaño y a la hecatombe planetaria materializada por un anticristo bautizado como Adolf Hitler (La Segunda Guerra Mundial).
Series como Ecce Homo, Tiburones y parásitos o cuadros como The Suvivor hablan del espíritu sumamente combativo de un señor que pivotó por multitud de corrientes (del cubismo al futurismo, del dadaísmo al expresionismo y La Nueva Objetividad teutona) para localizar su propia y singular fórmula con que pintar la realidad, normalmente percibida desde la barrera de una figurada corrida taurina en la que los cabestros son los herederos de Adán y Eva. Una antesala del horror en la que es fácil separar las virtudes y los vicios, las beatificaciones y los pecados que laceran la existencia. Al final, cuando se llega al límite expositivo auspiciado por el letrero de “salida”, las reflexiones corren inevitablemente parejas a la catalogación de “Arte degenerado” (Entartete Kunst), como tildó el régimen nazi a las imágenes arrancadas a los trazos de Grosz, en 1937; pero, en coherencia, lo que se levanta con la fuerza del granito es la convicción de que se trata de “Arte plenamente humano”: una plástica que suda, respira, palidece, enferma, teme y fantasea, desde el reino infernal en que le tocó subsistir.

La exhibición es la primera de estas características que se realiza en España sobre el arte de Grosz
Más información, horarios, entradas en http://www.obrasocial/lacaixa.es/nuestroscentros/caixaforumpalma/georgegrosz-es.html





