El buceo por la televisión de los setenta suele premiar a los aventureros de las ondas catódicas con tesoros ocultos en las profundidades abisales; cofres guardados por los tiburones de la memoria audiovisual, que -aún en la actualidad- no han perdido su capacidad para tocar la fibra sensible de los que se emocionaron en su día, con emisiones plagadas de telarañas nostálgicas. Uno de estos programas de afectividad reconocida fue el serial subtitulado El hijo de la selva. Pese a que esta creación juvenil del novelista Alberto Manzi no logró en ningún momento eclipsar el mensaje naturalista del atlético Tarzán, sí concito a una legión de seguidores bastante numerosa; fans que vibraban semanalmente con las hazañas de un adolescente blanco, abandonado a su suerte en el África colonial del siglo XIX.
Orzowei se instaló en las pantallas europeas durante diecisiete episodios, producidos entre Alemania e Italia en el tránsito de 1976 y 1977, bajo la batuta rectora del director francés Yves Allégret (Asnières, Hauts-de-Seine, île-de-France, 1907- París, 1987), creador ya fogueado previamente con títulos de gama media-alta a nivel cinematográfico, como Nariz de cuero y Los orgullosos. El veterano realizador no puso muchas objeciones para grabar uno de los proyectos más ambiciosos en esos momentos albergados por el manto protector de la RAI; aparte de proporcionarle una aventura profesional que era más que nada un reto, ya que trabajar en escenarios naturales del continente negro siempre suele ser sinónimo de intensidad laboral. Y no se equivocaba Allégret. Para empezar, debió resolver el problema de las negativas de muchos de los países dominados por gobiernos dictatoriales (como fue el caso de la Uganda comandada por el violento Idi Amín, o el de la Sudáfrica del apartheid) estudiados como posibles sedes de las localizaciones. Eso sin contar con los asuntos de abastecimiento y de la adecuada seguridad del equipo artístico y técnico.
Pero la preproducción también tuvo que solventar un tema nada baladí: el de encontrar al protagonista, el chico que interpretaría el joven guerrero del título. El director no quería una cara conocida, por lo que se puso a buscar afanosamente un intérprete adecuado a sus exigencias, en centros de enseñanza y escuelas de arte dramático. Al final, el seleccionado fue un muchacho británico matriculado en una institución africana, y que se hizo con el personaje avalado por su condición física (además, ya había materializado algunas colaboraciones breves para la pequeña pantalla). Este chaval respondía al nombre de Peter Marshall (Hull, Reino Unido, 1957- Johannesburgo, 1986); vástago de un ingeniero establecido en el continente negro, el cual vio en la televisión un medio para darse a conocer y probar si ahí estaba su futuro aún sin definir.
Junto a Marshall, el reparto del serial se nutrió con la presencia del emblemático Stanley Baker (País de Gales, GBR, 1928- Málaga, España, 1976), actor de recio carácter y carrera envidiable que no pudo contemplar el resultado de su encarnación como el bóer Paul van Hanks, por causa de su prematuro fallecimiento a los 48 años. Mientras, por la parte femenina, la inclusión de la bella Doris Kunstmann (Hamburgo, Alemania, 1944), que en esa década firmó papeles importantes en obras como Jospeh Balsamo y Hitler: Los últimos diez días, favoreció la solvencia artística de un producto nacido para triunfar.
En esa intención por captar los gustos de la audiencia de finales de los setenta, los responsables de Orzowei contrataron como guionista al autor original de la novela, Alberto Manzi. Con su ayuda, el cineasta francés pudo contar con mayor fiabilidad el argumento del libro, que versa sobre las vicisitudes de Isa: un chico de piel marmórea que crece en medio de África, criado por una tribu bantú perteneciente a la etnia swazi. En el poblado, el joven es bautizado como El Encontrado (Orzowei), y se convierte pronto en uno de los favoritos del rey; lo que le granjea el odio del hijo del jefe: Mesei. Esa enemistad hace que Isa deba abandonar la aldea para enfrentarse a La Gran Prueba. Durante el transcurso de ese viaje obligatorio, el aspirante blanco a adulto (especialmente diestro con el arco) es atacado por una fiera, y recogido y curado por Pao (miembro de los din). Bajo su protección, el tarzan boy es trasladado a un asentamiento bóer (pueblo de origen holandés), donde conoce a los que serán sus amigos y sus antagonistas procedentes del Viejo Continente. Además, la guerra entre los din y los swazi le supondrá una confusión grave para determinar qué parte de su familia adoptiva es más fuerte en su adn.
Los conflictos morales y éticos del papel de Marshall atraparon a miles de televidentes, lo que ocasionó que se hablara y negociara en 1978 la posibilidad de rodar una secuela; algo que nunca llegó a hacerse realidad. No obstante, Orzowei ya había prendido hondo en el álbum memorístico de los teenagers e infantes de la época de los pantalones campana; aunque este dato no se debiera simplemente a las virtudes del serial, sino también al efecto de mercadotecnia consecuente (cromos, cómics, muñecos, etc) que coronó una pegadiza canción, compuesta para la obra a seiscientas veinticinco líneas por el grupo Oliver Onions (formado por Guido y Maurizio de Angelis); y que en España gozó de su propia versión, a cargo de los circenses Enrique y Ana.









